lunes, 25 de noviembre de 2013

Ilusión (by Sol)

Si dejo la luz encendida ella va a saber que la espero.  Todos los días cuando sale de trabajar, pasa por la puerta de casa y me toca el timbre para dejarme el pedido.

Yo trato de estar a esa hora. Corro para llegar a esa hora a casa. No puedo dejar de pensar en ella todo el día.  Desde el bondi, llamo al almacén para pedirle cualquier boludez y le digo si me lo pueden entregar en casa. Primero lo hacía una vez por semana. Ahora llamo todos los días. Es como una obsesión: un cuarto de galletitas, medio kilo de queso mantecoso, la leche, el pan lactal… cualquier cosa. Cualquier cosa. Supongo que ella viene porque le dejo propina. Debe pensar que soy un chiflado porque pobrecita, me entrega las cosas, mira el piso me agradece y se va casi corriendo. Esos ojos tan negros, el pelo lacio, es igual, te juro que es igual a Natalia.

No me animo a preguntarle nada. Parece tan frágil que tengo miedo de romperla. Ni siquiera me animo a preguntarle el nombre. Mucho menos el apellido. No sé. Me agarra pánico. No quiero lastimarla. Mirá si es? Que hago si es? Mirá si ella no tiene ni sospechas?


No, no me animo. Pero lo peor, lo peor sería averiguar que esa chica no es mi nieta. Y caer otra vez en la desesperanza y el olvido. Prefiero seguir así, con la ilusión que finalmente la encontré. Total, ya me falta poco. Tengo 90 años. No quiero buscar más. Por ahí algún día, se apiada de este viejo y me deja ser su abuelo de prestado. Quiero llegar a la tumba, con esta mentira cierta. 

Total, que más da. 

Sol
21/11/2013

lunes, 21 de octubre de 2013

El libro - By Mery



Esta historia fue concebida hoy, en mi viaje en colectivo, volvía de dar clases y decidí tomar el 109 en Av. Córdoba, ahí, frente a Ciencias Económicas, en frente esta Medicina, en medio la Plaza Housay, caminando hay grupos de jóvenes con ambos blancos, otros con libros en la mano. Cuando miro esas caras llenas d esperanza y alegría me cambia el humor, mientras espero ese colectivo que no llega nunca, mientras tirito de frío recordando a la madre del colectivero.

Finalmente llega, subí, me quede parada por supuesto, y estacioné al lado del un señor que estaba leyendo y me inundo el olor del libro nuevo con esas pagina aún vírgenes de marcas y anotaciones. Siempre me llena el alma el olor de un libro nuevo, mis paseos por las librerías son interminables, recorro los estantes lentamente, los veo ahí, con sus tapas nuevas brillantes, duras o blandas, uno me llama la atención, leo la reseña, veo otro que parece que me estuviera llamando el mismo proceso lo tomo entre mis manos, acaricio sus tapas, lo giro leo el resumen, lo hojeo, leo algún que otro renglón al azar. Continúo mirando las mesas colmadas de ellos, dispuestos de forma de atractiva, me llaman, me chistan, me guiñan un ojo y ese aroma me sigue embrujando, llevo varios en la mano, y llega el peor momento, me tengo que despedir de alguno, los quiero todos, pero hay que elegir, y entonces dejo que uno me conquiste es ese, no se porque lo elegí, el autor, el dibujo de la tapa, el tema, el momento de vida, una música sonando, algo, no se que hace que sea ese el elegido y no otro.

Y cuando ya es mío, busco un café de esos tantos que hay en Buenos Aires, busco una mesa donde poder dedicarme a él, sin distracciones. Lo abro, comienzo de a poco esperando que me conquiste, me atrape y me lleve hacia el final, ese final desconocido que trato de imaginar, ese final, que cuando era adolescente leía en algún momento del transcurso del camino porque la curiosidad mandaba. Ahora, recorro el sendero lentamente, con placer disfrutando de ese nuevo amigo, que me acompañará durante días, semanas a veces meses, va conmigo en mis viajes, mis recreos en la plaza, una espera, un cigarrillo, una copa de vino, a veces es un amigo condescendiente, otras un amigo que discute, otras me enfrenta a mi realidad, y otras me aleja por caminos inimaginados de ensueños misteriosos

Pero siempre son caminos desconocidos que me llenan de expectativas y que nutren mi imaginación y mi alma.



Hasta que llego al final y me despido, lo cierro, lo vuelvo a mirar y ya no es el mismo que compré, ahora tiene alguna hoja doblada en un extremo, una escritura en un margen, se va a mezclar con otros de mis amigos, buscará su lugar en la biblioteca y algún día nos volveremos a encontrar y compartiremos otra copa de vino, otro cigarrillo y otro café en un bar.

I Ching - By Mery



Estaba leyendo esas líneas en el I Ching tratando de interpretar su significado para que me ayudaran a entender que había sucedido porque no lograba entenderlo por más que le diera vueltas y vueltas en mi cabeza.

Nada de lo sucedido indicaba que los hechos fueran los que fueron, todo paso tan de repente que aún no me repongo de la sorpresa y recurro a este libro que nunca entiendo que es lo que me quiere decir pero me distraigo un rato.

Cada vez que lo abro me pregunto, los chinos entenderán esto?, en ese momento tengo ganas de levantarme del sillón para ir hasta el supermercado de la china frente a mi casa y preguntarle de que me están hablando, cuando estoy a punto de levantar mi osamenta pienso: pero si a la china le entiendo menos que a este libro, al menos está escrito en castellano, ese pensamiento ridículo me hace reír a carcajadas. Hago todo el ritual tirar las monedas, escribir esas seis líneas en el papel, línea llena, línea partida, línea partida, línea llena y abro el libro en el hexagrama correspondiente.

Ventajoso al sudeste. Desaconsejable al noreste. Util ver a un gran hombre. Afortunada la firmeza.

El ratón no tiene nada que reprocharse. Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra. No duden de lo apropiado de sus actos las pirañas.

Por el momento no estoy en condiciones de hacer ningún viaje lo más lejos es Parque Centenario a unas cuadras de casa y nunca me pregunté en qué punto cardinal está, dudo poder encontrar ahí un gran hombre, los que veo pareciera que están lejos de serlo. Después de lo sucedido lo último que me queda es firmeza.

Cuando habla del ratón será alguna persona que no le gusta gastar un mango?. Conozco alguno.

No tiene mucho sentido seguir intentando. Lo cierro, al final como siempre me habrá cambiado el humor, cumplió su cometido, los derroteros de mis pensamientos cambian de rumbo y comienzo a ver las cosas desde un lugar más optimista. Porque he podido reírme de mis propias conclusiones de las cuales seguramente los chinos también se reirían a carcajadas.



Leon Arellano - By Cloe

León Arellano se sentía el dueño del mundo, el más gigante, él
"elegido", si bien no era religioso. Era el líder indiscutido de lo
que denominaba su imperio: una casa modesta, los caballos, las vacas,
y su hijo. Su mujer había muerto hace unos años y su recuerdo no había
tardado en marchitarse junto a ella. Será que su corazón, el de León
digo, enfrío repentinamente, pues para su hijo ella era un refugio
para tanto dolor. Jaime vivía en la penumbra, detrás de los telones,
asegurándose de que todo estuviese impecable. Y aunque todos sabían
que él era el artífice de tanta maravilla, pues el campo se mantenIa
estupendamente,  todos hacían ojos ciegos y elogiaban a León, quien
solo sabía usar sus palabras en pos de un mando
déspota.
Supongo yo que todos eran muy sumisos.  O le tenían miedo: de aquellos que
paralizan, que logran que uno asiente la cabeza automáticamente ante
cualquier decisión. Mi padre decía: "la ignorancia es como la anestesia; solo nos duerme
momentáneamente".
Y fue así como todos se movieron hacia el costado y dejaron que León
tomara de a poco el control total del pueblo. Comenzó a codearse cn
los de más arriba, y eventualmente logró que los desplazaran uno por
uno. Y así, bàsicamente se autodenominó alcalde.  No le gustaba el
título de rey; sentía que era anticuado, y al no tener una reina,
pensaba que todo iba a ser un gran circo. Pero mansión no le faltaba, y
dinero menos.  Los impuestos crecían y nosotros, nada.  Se estableció
un absurdo toque de queda, pero nadie se quejó.  Recordaban allá, hace
setenta años cuando un borracho le mató la mitad del ganado a una familia,
y bueno, aquel recuerdo lejano los convencía.  También
estableció que debíamos entregar un 20% más de nuestra producción.
Nuevamente, mutis por el foro. Era León un líder impulsivo, violento, quien no pensaba en la manada.
Hacía grandes promesas que eran de aire.  Ya nadie las creía, pero
tampoco se esforzaban por reclamarlas.  Mi padre también me había
dicho tiempo atrás que desconfiara de alguien que tratara a su hijo
así, como si fuese un animal más.  Y recuerdo que también se lo había
comentado a quienes integraron la asamblea directiva, pero nadie le
prestó atención porque ellos, en el poder, tenían cosas más
importantes que hacer, aún más que restablecer la justicia.
Pero todos sabían la verdad, todos sabían que Jaime sufría muchísimo y que su bondad se había ido apagando hasta terminar preso del
anonimato, la inseguridad.
Pasaron tan solo unos cuantos meses, las estaciones se reprodujeron,
las agujas se marearon, y todo cambió. Las cosechas murieron, había
hambre, inseguridad, miedo.  Los animales eran huesudos y caminaban con
cuidado, temiendo hacer un paso en falso que terminara siendo fatal.
El pueblo había perdido su brillo, su inocencia, y las puertas de la
Asamblea se encontraban cerradas con un candado habitado por telas
arañas.
Todo había cambiado menos nosotros. Sumisos, miedosos, ignorantes. Y
así, la culpa caía más pesadamente sobre nosotros que sobre León.

Cenizas - By Cloe



Actuar. Fingir. Repetir las escenas amorosas; irlas perfeccionando. Recordar también las escenas violentas.


Tensar con fruición las dos cuerdas, la del amor y la del odio. El odio. Una y otra vez, una y otra vez. De nuevo. Todas las que haga falta porque el Otro, no está.


El Otro se marchó, así como si nada. Soplando las cenizas de lo que fue. Lo que no volverá a ser. Cenizas que eran un fuego; fuego que apagaba, como un manto, cualquier viento, cualquier hielo. Hielo es mi corazón ahora.


Miro atrás y todo es vivo; los colores, tu cara, tus besos, “tu mano sobre mi pecho que es mía”. Lo bueno no dura, dicen por ahí. Pero rompí mi cabeza contra la pared, esperando desmitificar aquella creencia urbana. Entré en un pasillo largo, y seguí; no miré atrás.


Hasta que me choqué.


Y te fuiste.


Tenían razón. ¿Quiénes? No sé. Todos. Menos yo.


Incrédula me dicen. Pero sigo tejiendo lo que se desvaneció entre mis dedos; no lo llegué a atrapar. Azúcar, arena, polvo. Y de repente, la nada frígida y total.


Te fuiste y duele.


Te fuiste y arde.


Te fuiste y me sumí en una agonía. Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo; todo se potenció y mi hamaca va de un lado para el otro. Estoy arriba, creo que puedo tocar las nubes con las puntas de mis dedos fríos, hasta que de repente me alejo, cada vez más y más. Y vuelvo al piso, a la tierra seca, a la realidad.


Corazón que es de hielo. Frágil como el cristal. ¿Tan fácilmente lo dejaste caer? Junté los pedazos pero aún no tuve las fuerzas para armarlo de nuevo. Está guardado, esperando, esperando, esperándote.


Segundos que parecen minutos que se transforman en horas que se mutan en días, semanas, meses y el tiempo hace lo suyo, sin piedad, sin consuelo.


Creí haberte visto en la calle. Te diste vuelta, achinaste tus ojos: sí, era yo. Pero seguiste caminando y te ahogaste en el frenesí callejero. Huiste como un cobarde que no supo amar ni comprender lo que es el amor, la entrega total por el otro.


No vale la pena. Vos, que te fuiste. Vos, que me apuñalaste. Vos, que te robaste mi confianza, mi inocencia. Vos, que ya no sos nadie. Anónimo en el recuerdo; tu cara pintada de acuarelas se desvaneció por el caer de mis lágrimas.


Corté las cuerdas, y te dejé ir. Como una cucaracha que escapa sigilosamente, por el espacio pequeño entre mi puerta y la pared.


Pero mis alas están intactas. Vos escapá, que yo vuelo.

Una mujer sin problemas - By Cloe

Soy una mujer sin problemas.  Todos lo saben.  Y entonces, buscan mi compañía para charlar por las noches.”
Cortinas de terciopelo bordeaux, como un telón.  Luz tenue, sutil, aquella que abraza y esconde nuestras imperfecciones.  Ceniceros llenos de eso.  Hay una cama, pero bien podría ser un diván.  Y yo espero ahí, tirada, con una pose ya automática: las piernas cruzadas, mi cabeza- aturdida de tantas confesiones- descansando sobre mi mano.   
Entran, salen, entran, salen.  Gordos, viejos, petizos, pelados. Ricos, pobres.  Desesperados, todos.  Siempre se cae en lo mismo.  No buscan pasión; saben que acá el amor no está, que los eludirá.  Todo pasa muy rápido: es un trámite para los dos. Y, es que quieren llegar  con ansias a ese momento donde ya no hay misterios y entonces, pueden hablar.  Vomitar lo que está escondido en su laberinto mental.  Soledad.  Frío.  Infelicidad.  Soledad.  Desempleo.  Soledad.  Amigos que no contestan, familiares hipócritas, amores que no supieron ser.  Soledad.
Yo escucho, pero no aconsejo; no necesitan más.  Les doy ese espacio donde pueden, al menos por un rato, tranquilizar aquel grito desesperado.  
Nadie me pregunta cómo estoy, cuáles son mis problemas.  La realidad es que nadie quiere indagar en la soledad en la que está inmersa una puta.

Viajero - By Cloe

Hay algo muy sutil y muy hondo
en volverse a mirar el camino andado…
El camino en donde, sin dejar huella,
se dejó la vida entera
Desertores de la vida,
trapecistas sin rumbo,
Anónimos en la ruta,
Efímeros en el destino.
El polvo va, el polvo viene.
Castillos de arena que se derriten bajo el sol
Y se derrumban con el rugir de las olas
Que los muerden, los mastican
Antes eran algo: un desafío, un sueño, un paraíso
hoy, ya no queda nada.
Viajero. Nómade. Beduino. Todos partícipes de una misma calesita, que gira y gira. No espera, no mira, no se detiene. Pero las caras nunca son las mismas.
Pero yo tengo cara. Y en ella, hay surcos. Raíces que laten, palpitan. Tallados por el amor, que hizo que mis emociones bailen en carne viva.
Hundidos por las lágrimas, que quemaron mi piel, dejando cicatrices que nunca se esfumarán.
Yo tengo cara.
Yo tengo piernas, espalda, manos.
Yo tengo riñones, estómago. Pulmones.
Corazón.
Yo vivo y dejo que me vivan.
Yo vivo y nada más. O mucho más.
Soy un transeúnte.
Soy anónima.
Pero existo. Acá estoy.
Quizás me recuerden, quizás no.
Pero mi paso, mi baile, mi andar es firme, contundente, sincero, honesto.
Porque es mio, mio, mio.
Me marca a mí, a mí, a mí.
Que se borren mis huellas.
Que sople el viento y que las hojas barran lo recorrido.
Que el sol derrita, pudra y queme. Y que el frío congele, tiemble.
Que el tiempo haga envejecer. Y nacer.
Mi vida, no será en vano.

Volvi- By Cloe



"No nos une el amor, sino el espanto. Será por eso que te quiero tanto". Buenos Aires, volví. Buenos Aires, quizás nunca me fui del todo. Ciudad de mis afectos, de mis defectos. Ciudad que abandoné, aunque ella no pudo abandonarme a mí.


Me fui, allá por el 84. Ni la democracia bastó; será porque no rige en el amor. Me acogieron tierras lejanas, que no valen la pena nombrar, pues poco dejaron en mí. Quizás fue porque más allá de los kilómetros recorridos, tu mano nunca dejó de sostenerme. Y por eso volví: necesitaba saber si aquel apoyo era de piedra o de polvo. Si realmente estabas ahí o si era un invento de mi mente cada vez más demoledora.


Era una realidad opresiva, asfixiante, y entre tanto silencio apareciste, con tu paso fuerte y tu porte seguro. Mi realidad se desvaneció en la tuya; nos sumimos en un único andar. Eras mi espalda, mis suspiros.


Pero algo dejó de tener sentido y marché, si bien nunca logré pensar entre todo el frenesí. Calesitas, ruletas, agujas de reloj. Y corrí, ciega.


La yema de mis dedos respiran por los espacios entre las rejas. Si me corto, no importa. Mi sangre teñirá aquellas camparillas azules; ya manchó mi lágrimas. Crucé la esquina y entré. Allí estaban tus huesos que duermen hace más de treinta años.


Buenos Aires, te quiero así, de la misma forma en la que te odio. No hay afectos, tan solo mi cuerpo despojado, que no encontró destino donde seguir vagabundeando. Decí mi nombre, decí mi edad. No importa: los entes somos todos iguales.

jueves, 1 de agosto de 2013

El bar de los violines (by Sol)


Este es el violín más pequeño del mundo tocando para las camareras, me dijo susurrándome al oído.

Algo curioso sucede ni bien el bar cierra sus puertas.

(presioná play)



El abandona la barra, toma su instrumento, lo recorre con sus dedos y apenas desliza el arco en las cuerdas, ellas parecen caminar en papel de seda, el aire se pone más liviano, los movimientos se suavizan, el cansancio se olvida.

Fijate como limpian las mesas, acariciándolas- me dijo- los trastos se van ordenando de a poco, sin chocar las copas, casi al ritmo de los pensamientos que entran en letargo para más tarde.

El tiempo es más lento, los ánimos se entregan, el oído disfruta esta danza etérea de sonidos largos. 

Me quedé en silencio, abstraída en esa magia intangible, inundada de paz.

No sé cuánto estuve así. La única taza de café que quedaba en las mesas era la mía. Las luces se apagaron y una luna nublada se apropió de las ventanas. Una musa rubia me tocó suavemente el brazo.
   
             -- Te quedaste dormida -  me dijo. 

        -  Y el músico? – le pregunté - el del violín! – insistí.

     Ella dudó un instante.

  -  Te gustó?

  - Si, claro, pero donde está? 

  - Y donde está la música? - me retrucó- alguna vez la viste? Alguna vez te lo preguntaste? Importa realmente? En el reverso de la vida, cuando uno comprende que todo tiene su ritmo, que cuando   algo concluye, algo empieza, se aprende a disfrutar la melodía.       

Y entonces, el violín volvió a sonar. Afuera llueve y las gotas se agolpan en el vidrio, dibujando rebeldes pentagramas. La noche invita otra vuelta. 

Sol
31/07/2013

sábado, 27 de julio de 2013

Ausencia, by Sol

Actuar. Fingir. Repetir las escenas amorosas, irlas perfeccionando, recordar también las escenas violentas: tensar con fruición las dos cuerdas, la del amor y la del odio una y otra vez, una y otra vez, todas las que haga falta porque el OTRO no está.

Construir un ahora que se escurre como agua entre los dedos en un océano de pasado profundo y oscuro.  Y que me importa el recuerdo, si el ayer se inscribe con la impronta del presente, pensando en un mañana que ya no tendremos. Y cerrar los ojos, vencida. Soñar esa vigilia que detiene el tiempo, que lo confunde y lo envuelve en la espesa bruma del dormir.

Y despertar.  Y aferrarse como náufrago sedienta de realidad  a esos pedazos de memoria que flotan en el olvido. Y puta madre… sale el sol. Y de nuevo subirse al bote de la rutina, sin rumbo, hacia ningún lado. Navegando las aguas seguras del trabajo, remando las horas que me separan de las seis.

Volver a casa  e imaginar una discusión porque hoy es viernes y vas a llegar tarde porque te fuiste a jugar al fútbol con tus amigos… y paso la puerta y me recibe el silencio. Tu bolso, sigue ahí, como lo dejaste preparado la última vez.  No me atrevo a tocarlo. Porque si lo hago, si lo desarmo, me voy a desarmar con él. Prefiero odiarte. Prefiero recordar las veces que discutimos por pavadas, y las ganas que me daban de echarte a patadas.


Prefiero fingir que estoy enojada.  Prefiero no ver. Prefiero pensar que viajaste de apuro y no hubo tiempo de despedirse. Imaginarte  soldado en una guerra inexistente, en un país lejano… prefiero que me hubieras dejado por otra, mirá lo que te digo. O que fueras gay. O monje. Preferería mil veces que estuvieras preso, o encerrado en un manicomio. Incluso… leer tu nombre en los diarios, en un accidente e ir los domingos al cementerio, y llorar en tu lápida, saber que por lo menos tus huesos, están un poco más cerca de los míos.  

Cualquier cosa es mejor que saber que hoy es viernes, el mismo maldito viernes de hace 35 años, cuando pasaste a ser un desaparecido más. 

Sol
04/07/2013

Loco amor, by Sol

¿Me querés decir que escribir el amor es estar loca? No lo imagino, lo siento en grafos. Pasa de mi corazón a mis manos para garabatearlo en un papel.  Sé que ese hombre que tengo dentro, que se dibuja en la hoja en blanco, existe allá fuera.  Está viviendo su vida a través de mis palabras. Y cada frase lo acerca a mí. El no lo sabe, pero vendrá. Como un perro perdido encontrará el camino a casa.  Lo llamo sin que lo sepa.

No me digas que no existe, cómo podrías saberlo? Para el caso, prefiero vivir así, enamorada de él, saberlo lejos y cerca a la vez. Prefiero eso, eso a estar como vos, amargada y despotricando diciendo que todos los hombres son iguales. No lo son. No es así. El es diferente.  Mi realidad es esta ilusión. Y prefiero esta linda ilusión a la tuya, que destila veneno y amargura. Si, no me lo digas, ya sé que tengo 90 años y que es probable que pronto muera.  Ya mandé a escribir mi lápida, como si fuera él.  Al menos, si no pudo acompañarme en vida, lo hará después. Nada más eterno que este amor muerto. 

Sol
4/07/2013

Umbría, by Sol


Hacía tiempo que no escuchaba nada de ese lugar. Es como restaurar un back up en la memoria.  Qué será eso que a uno le hace olvidar? Umbría…

Al instante, como aparece un dibujo al unir los puntos, todo volvió intacto, el perfume de los eucaliptos con ramas desfallecidas al costado del camino, el sol colándose entre las hojas y las sombras largas del verano. El arrullo de las olas. Las playas grandes y desoladas. El rincón exacto donde te conocí. El único rincón de ese desierto salado de médanos, entre paredes de arena, pinos y esa gran ventana el mar.

No te volví a ver. Qué extraño recordarte hoy y así. Qué lindo saberte tan intacta de perfumes y colores en mi recuerdo. Qué saludable, sentir el golpeteo en mi corazón después de tanto tiempo. Cuanto habrá pasado 50 o 60 años?  Mucho tiempo, demasiado tiempo. Que puedo darte? Que puedo ofrecerte ahora mejor de lo que fue?...

Hola Juan, soy Verónica, de Umbría… te acordás?

Ud. disculpe, pero está equivocada... no soy quien busca.

Sol
18/07/2013


El regalo, by Sol

Una mujer camina lento por la vereda, a contramano del caótico tránsito peatonal. Nadie nota su presencia, más que para esquivarla, pero da lo mismo que sea un mástil, un tacho de basura o una mesa de bar. El centro de la ciudad, a la hora pico, es el mejor lugar para pasar desapercibido, aunque uno vaya en sentido contrario.

Sus ropas sencillas, el semblante curtido y el cansancio que arrastra sus pies, no logran opacar el brillo de sus ojos negros.  La noche tiñe de azul,  la ciudad prepara sus galas encendidas, los comercios cierran las puertas del descanso y de a poco, la procesión de autos estira sus filas raleando su paso al ritmo del reloj de la catedral. Ella sigue allí, deteniéndose varias veces en la misma cuadra, desanudando bolsas como tesoros olvidados. 

Hace frío, su carro está lleno y cuesta empujarlo. Es hora de volver. En la esquina, detrás del vidrio de un bar, un grupo de mujeres canta el feliz cumpleaños. La agasajada sonríe y sopla las velas. Ella mira hacia arriba, cierra los ojos y pide un deseo. También es el suyo. Algo simple, Dios, un beso, un abrazo, una flor. Algo que le recuerde por que festejar. Se queda un instante así, contagiada de alegría ajena.

Detrás, una pareja discute acaloradamente. Ella lo insulta, arroja algo al suelo, cruza a mitad de la calle y para un taxi. El hombre intenta detenerla, pero ella se suelta y se va. El maldice y camina hacia el lado contrario.

Allí está, su regalo de cumpleaños, desmayado en el asfalto esperando su socorro. Seis tulipanes blancos, envueltos en papel de seda.  Uno por cada década vivida. No alcanzó a ver que el semáforo estaba en rojo. Tampoco oyó la frenada y apenas si sintió el impacto. Llegó a abrazar el ramo, agradeció en silencio y un millón de estrellas secuestraron su alma del suelo.

Los tulipanes deberían estar encerrados, como animales peligrosos (Sylvia Plath)

Sol
25/07/2013


martes, 11 de junio de 2013

La cantante



Se llamaba Haydee, le decían la Gardela.

Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora. Se había comprado un vestido, el otro estaba tan gastado que era transparente, lustro los viejos zapatos con tacón muy alto, que habían pasado varias veces por el zapatero para que arreglara las marcas del tiempo.

El estaba acostado en el viejo camastro de su pieza en el conventillo, miraba el techo tratando de dormir agotado del dia e la fabrica limpiando los pisos y cargando bolsas, al menos la changa de ese día le había dado para comer a la noche un sanguche de milanesa completa y desayunar un mate cocido con pan a la madrugada siguiente antes del entrenamiento.

Esa noche ella cantaba en el viejo burdel de la Boca donde los jueves a la noche concurrían los niños bien. Dejaban buenas propinas, borrachos de alcohol, cigarros caros y mujeres baratas, con los labios pintados de rojo brillante, zapatos con taco aguja, que escondían su pobreza tras grandes sonrisas y vestidos gastados con remiendos disimulados en largas y llamativas bufandas. Las noches de jueves eran las mejores se aseguraban la comida de una semana con la guita que le esquilmaban a la muchachada que buscaba nuevas experiencias que las señoritas de sociedad no se las darían y esas mujeres les hacían creer que eran los mejores.

Los vecinos de la pieza de al lado no lo dejaban dormir, como tantas noches se trenzaban en una pelea interminable y comenzaban a los gritos cuando él llegaba borracho y al intentar abrir la puerta tratando de meter la llave en la cerradura de la pieza despertaba a su mujer y al crio que dormía en un colchón tirado al lado de la cama.

Cuando el piano comenzaba a sonar se hacía silencio en el burdel, era el preludio a que ella empezara a cantar con esa voz de zorzala que cautivaba a los presentes haciendo vibrar las fibras recónditas de los duros corazones de mujeres cansadas de acariciar y sonreír , fingiendo pasión para satisfacer las necesidades de los demandantes clientes. A esas mujeres, que noche a noche vendían su cuerpo y su alma, cuando la Gardela cantaba se les llenaban los ojos de lágrimas y recordaban que tenían un corazón, que alguna vez habían amado.

Terminaron los gritos de reproches, el llanto del niño, ahora podría dormir, el reloj sonaría a las cinco y quedaba poco tiempo, debía que descansar para enfrentar el día siguiente. Toda su vida había sido siempre igual, mendigando un poco de comida porque su madre con el trabajo de sirvienta no llegaba a alimentar a los nueve hijos que tenía. Dormían todos juntos en una pieza que su madre mantenía limpia y brillante. Ahora tenía la oportunidad de salir de esa vida y no la iba a desperdiciar por nada.

Haydee esa noche cantaba en el burdel de la boca, cuando él ganara esa pelea la sacaría de esa vida que ella odiaba pero era la que le daba de comer, le compraría una casita donde vivirían juntos. Hacía cuatro años la había conocido en el club, ella cantaba, lo había cautivado con su voz, durante un mes iba al club todos los sábado para escucharla cantar, era la única noche de la semana que se acostaba tarde. La miraba desde lejos con las manos metidas en los bolsillos, embelesado se olvidaba de todo lo malo que le había pasado en la vida. El último sábado de mayo cuando bajo del escenario se animo a hablarle porque había juntado unos mangos con las changas de la semana y podría invitarla a tomar un café. Ella le aceptó el café, se sentaron en una mesa del club alejada del gentío que danzaba y comenzaron a hablar, conversaron toda la noche, el no le dijo que tenía que volver a su pieza, que necesitaba dormir para estar descansado para el entrenamiento del día siguiente, y ella no le dijo que tenía que volver al conventillo porque la esperaba su hijo de siete años que lo dejaba durmiendo solo.

Cuando se separaron quedaron en encontrarse el sábado siguiente, ambos ansiosos esperaban ese día de la semana, el hizo lo imposible para juntar unos pesos para pagarle el café, esa vez le permitió que la acompañara hasta el lugar donde vivía, asi fue durante varios sábados hasta que se animó a darle un beso, fue un beso cariñoso, tranquilo, ese beso de dos personas que se conocen mucho y hace tiempo, ese beso con un abrazo desesperado, él le apoyo la cabeza en su pecho y ella se quedo ahí como descansando del cansancio del día, de la semana, de la vida. Se sintió protegida, cuidada, el era un hombre fuerte, de músculos entrenados, con una mirada triste, esa tristeza que da la pobreza. Ella nunca había sentido tanta calidez como en ese abrazo, quería que nunca terminara y el sintió una emoción que no sentía desde niño.

Porque recordaba esa noche en particular hoy?, el recuerdo no lo dejaba dormir y las horas pasaban.

Ella esa noche no canto como con la calidez habitual, estaba distraída, sería porque cantaba por primera vez en ese burdel?. Estuvo todo el día pensando en lo mismo, después de la pelea de Andrés esa vida terminaría, podría estudiar canto, perfeccionarse y cantar en los mejores clubes de Buenos Aires, se irían a vivir juntos a una casita que ya habían visto. Faltaba un mes. Habían esperado tanto esa pelea. Durante esos años charlaron, soñaron, imaginaron, no tenían dudas que ganaría y eso le cambiaría la vida a los dos.

Termino de cantar, salió a la calle apurada, quería llegar al conventillo lo más rápido posible, había ganado buen dinero, los jóvenes de la sociedad dejaban buenas propinas y el dueño del burdel pagaba bien la noche. Faltaba poco para no volver a ese lugar. Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora, no se dio cuenta que la seguían, sólo sintió un golpe muy fuerte en la cabeza y un dolor en el costado derecho donde están las costillas, se derrumbó en piso con un golpe sordo, le arrancaron la cartera, sangraba, se arrastró como pudo tratando de volver al burdel.

El se entero el sábado de lo que había pasado cuando fue al club para escucharla cantar y después tomar un café, cuando entro escucho otra voz cantando, le extraño, le preguntó al cantinero por ella. Salió desesperado y comenzó a correr a buscarla, llegó al conventillo agotado, golpeó la puerta llamando a Haydee con gritos desgarradores. Nadie le respondió. Estaban todos fuera velando a la Gardela.



jueves, 6 de junio de 2013

Decisiones - by Mery



Un golpe en la puerta que se cerraba, sonó como un disparo.

Aquel día había comenzado como otros tantos, se levanto temprano para ir a trabajar, desayuno, se cambio, el dormía, siempre había sido así, ella era la que se levantaba temprano y trataba de no molestarlo, en realidad también le gustaba estar sola por la mañana y disfrutar del silencio.

Salía temprano siempre a la misma hora, no sabía a que hora retornaba. Por la noche se encontraban en la casa donde vivían juntos, cenaban, se acostaban, miraban un rato televisión, ella se dormía y el continuaba despierto por unas cuantas horas mas.

Desde hacia unas semanas que lo veía raro, extraño, pero como siempre, cerrado, en un mutismo total, cuando ella se lo preguntaba se lo atribuía a razones laborales.

Aquel día llego más temprano que lo habitual, el estaba en casa, se sentó frente a ella, le dijo que hacia un tiempo que ya no se sentía cómodo con esa relación que quería separarse un tiempo y ver que le sucedía, que ya no sentía lo mismo, y todas las cosas que hombre le dice a una mujer cuando quiere dejarla.

Ella no quiso escucharlo, no podía entender que sucedía, lo miro, se sentó, pensó un rato que sería lo mejor, ese hombre al que tenía delante a quien amaba, no cambiaria de opinión, cuando quería algo lo hacía, no importaba lo que los demás pensaran.

Está bien, tomate el tiempo que consideres necesario y se fue al dormitorio, no pidió explicaciones, tampoco las quería, no necesitaba escuchar ,, en el fondo de su alma sabia que esto sucedería.

El también la conocía, sabía que ella no le pediría explicaciones, nunca pedía explicaciones de nada, dejaba que él le contara lo que quería contarle, nunca indago en sus cosas, nunca lo persiguió, nunca dudo, siempre creyó en todo lo que le decía, confiaba. Por eso se sentía tan mal, hacía mucho tiempo que la estaba engañando con otra mujer.

Una mujer distinta en todo, era lo que el necesitaba en ese momento de su vida, una mujer que no fuera tan independiente, que lo necesitara mas allá de lo afectivo, que su trabajo no fuese tan importante , que lo esperase con la cena , la mesa puesta. Ella no le daba ninguna de esas cosas, nunca se lo había dado, tampoco él se lo pidió, pero al conocer a Alicia todo eso se transformó en una necesidad y no quería dejar la oportunidad de tener lo que deseaba.

Estaba seguro de lo que estaba haciendo no dudaba.

Después de aquella corta conversación, cuando dejó su casa en la que habían vivido juntos durante quince años, no habían vuelto a hablar, él tenía que volver en algún momento a buscar sus cosas, se fue sin nada. No se animaba a volver a enfrentarla, decidió que lo mejor sería pasar por el departamento a la tarde, para no verla. Era una actitud cobarde, lo sabía, pero no tenía el coraje para enfrentarla.

A las tres de tarde llegó a la que fue su casa sabía que ella a esa hora no estaba, subió al ascensor sintiéndose culpable por lo que haría, pero estaba convencido, era lo mejor para los dos. Puso la llave en la cerradura intentó abrir la puerta, no pudo, había cambiado la cerradura?. Intentó nuevamente, efectivamente, cambió la cerradura. Sonrió, lo conocía tan bien, si quería sus cosas tendría que pedirlas, y volver a verla.

Se fue, sería difícil.

Cuando llegó a casa de Alicia, ella le preguntó, trajiste tu ropa? – . Le contó lo había sucedido, -que vas a hacer?, son tus cosas y tenes que traerlas – afirmó.

No entendía porque le costaba tanto llamarla, lo había intentado varias veces, pero cada vez que se enfrentaba al teléfono lo invadía un desasosiego que no podía explicar.

Alicia todas las noches insistía con lo mismo, era el único tema del que hablaban, insistía con mucho tesón que debía traer sus cosas y hacer la división de todo lo que tenían en común. –No puede ser que ella se quede con todo- repetía como un disco rayado.

Ella no había llamado ni una vez por teléfono. ¿Cómo estará?.

Al cabo de un mes había hartado de Alicia, no le alcanzaba todo lo que él había supuesto que lo haría feliz, no le alcanzaba, necesitaba otras cosas, extrañaba a su mujer.

Decidió ordenar su vida, alquiló un departamento donde vivir solo, tenía que recuperarla y para eso su vida debía estar en orden, ella no aceptaría otra cosa.

Dejar a Alicia no fue fácil, hubo llantos, crisis, desesperación, interminables llamadas por teléfono a cualquier hora, del día y de noche. No podía volver a Fernanda hasta no poder terminar con Alicia y eso no sabía cuándo sería, se presentaba a cualquier hora en su empresa, lo esperaba horas en la puerta. Si seguía así se volvería loco. El colmo fue el día que salía a una reunión con su secretaria y Alicia le hizo una escena de celos en plena calle a la luz de día en frente a varios de sus empleados que salían a almorzar.

Ese día, le dijo a la secretaria que suspendiera la reunión, tomo a Alicia del brazo , la subió al taxi que lo estaba esperando en la puerta, la llevó hasta su casa, cuando llegaron a la puerta la amenazó con pedir una orden de restricción si continuaba en la misma actitud, no podía seguir soportando a esa mujer.

Después de esa conversación con Alicia las cosas se fueron calmando de a poco no se presentó más en la oficina, ni en su departamento. Continuaba llamando, pero él no respondía a sus llamadas.

Habían pasado seis meses desde dejó a la que fue su mujer.

La llamó al celular varias veces, sin respuesta. Se lo merecía. Llamo a la oficina donde ella trabajaba. Lo sorprendió escuchar que no trabajaba mas ahí, ella amaba ese lugar.

Insistió en su casa al teléfono fijo, sin respuesta.

Finalmente decidió llamar a la mejor amiga de su ex, quedaron en encontrarse a la seis de la tarde. Se sentaron, pidieron una gaseosa cada uno, sin reparos le contó que estaba tratando de comunicarse con Fernanda. Lo que escuchó lo desbastó.

Después que él se fue, Fernanda se metió en la cama, lloró por horas, por días hasta quedarse sin aliento, le dolía el pecho, le dolía el alma. Un mes después de seguir viviendo y cumpliendo con todas sus obligaciones como un autómata, renunció al trabajo, canceló su celular, cerro las cuentas de mail, sacó un pasaje de avión, se fue, hacia meses que nadie conocía su paradero.



miércoles, 5 de junio de 2013

Cenizas para dos, by Sol

Son jóvenes. No les importa que el viento les desordene el pelo y la ropa. Buscan un farol para iluminarse y se miran para reconocerse y tranquilizarse.  Hacen planes.

Se enciende una luz: un hombre y una mujer llegan a su casa. Él se frota las manos: está contento, ella lo mira y da vuelta la cara. Se desnudan sin mirarse. Ella tiene los pechos fláccidos. Él se palpa el vientre gordo. Viejos gladiadores.

Hace mucho que imaginan esa noche.  Ella dejó ese trabajo en el local de lencería que le consumía las mejores horas de sus veinte años. Él, vendió su guitarra, renunció el reparto de diarios y se despidió de sus amigos. El futuro, por fin, es hoy.

La cama, prólogo de pasiones,  está deshecha. Ella evita el espejo. Él  deja las medias debajo el cochón para más tarde –después del amor, le da frío- se acuesta y por fin, la mira. Ella suspira e improvisa una sonrisa cómplice un poco forzada.

Él la ayuda a cargar la mochila en su espalda y agarra la suya con destreza. Se toman de la mano y empiezan a caminar los primeros minutos de un sueño tejido a pulmón. Sonríen. Se abrazan. Hablan a la vez, se pisan y vuelven a reír. Felices, como niños desenvolviendo regalos, se descubren las intenciones.

Ella, por fin, se acuesta. Él le apoya la mano en el vientre –detesta que haga eso, delata sus rollos- y la pellizca un poco. Se fastidia y se pone de costado. Él la atrae hacia sí. Sabe lo que vendrá. Diez, quince minutos de arrumacos  cansados y por fin, lo vence el sueño. Ella se queda despierta, revolviendo recuerdos. 

Caminan hasta la estación de tren, rumbo al norte.  Se sientan en un banco, aún es temprano y el sol, apenas está despuntando. No durmieron en toda la noche. Un vendedor de flores, les interrumpe el idilio. Él  compra un ramo de aromas en colores y le hace cosquillas en la nariz. Ella saca un papel del bolsillo con el trayecto garabateado en lápiz: Rosario, Tucumán, Salta y después La Paz.  Piensan trepar bien alto en el mapa. El tiempo es infinito y eterno. Ella saca una flor del ramo y la guarda, dentro de su diario “para recordar cuando sean viejitos”.

Son las 6 de la mañana. Él todavía duerme. Tantos años y aún no se acostumbra a sus ronquidos. De todas maneras, es hora de levantarse. Esta mañana tiene que ir a hacer un trámite y necesita su libreta cívica. Se levanta, y va al cuarto de “los chicos”.  Hace 16 años que Rodrigo, el menor, se fue de casa. Pero ese siempre, seguirá siendo el cuarto de los chicos. Si hasta el empapelado de barcos  y los posters de Boca, están allí. Como una autómata, se dirige al primer cajón. Lo abre, saca una pila de papeles y los pone sobre el escritorio. Algo en el medio los desequilibra, se caen hacia un costado y queda al descubierto un diario.  Ella se queda un instante inmóvil. Sus ojos se humedecen un poco. Sin pensar demasiado, lo abre. Una flor seca, cae al piso. Con dulzura, la levanta, la huele profundamente, la besa y la vuelve a dejar en su lugar.


Lo único atemporal, es el amor. 

Sol

02/06/13

lunes, 3 de junio de 2013

Cita a ciegas, by Mery



Su charla, su compañía, nada, una mezcla de inutilidades y disparates que podían alargarse horas, un encaje de palabras tan finas que solo contenían vacios, estas cosas pensaba sentada frente a él y seguía divagando en mis pensamientos imaginando en el viaje que haría ese fin de semana mientras el mantenía un monólogo.

Porque había aceptado esa cita a ciegas que mi querida amiga Ana insistió en generar?. Aún no lo sé, creo que lo hice para que no siguiese insistiendo con lo mismo diciendo –Dale es un tipo para vos- ese es el momento en que una mujer debería declarase con gripe A y en cuarentena. No, no es el tipo para mi, es el tipo que tus amigas creen que es para vos, y están a diez mil kilómetros de distancia de lo que vos queres. A esa frase, la rematan con un -es bueno-, y si.., pensas -es bueno porque no mató a nadie-.

En esos pensamientos discurría mi cabecita mientras que mi rostro mostraba una sonrisa interesada cuando me di cuenta que se había hecho un silencio, no sabía desde cuando él había dejado de hablar. Me preguntó ¿y vos que pensás de eso?, le mostré una sonrisa mas grande, tome la copa de vino y me la lleve a la boca para tener el tiempo necesario de pensar en algo, rápido, velozmente, que le digo? Ya se!! –y vos porque crees que es así?, - le pregunté con la mirada fija en sus ojos mostrándome muy interesada en sus disquisiciones.

No termine de pronunciar la pregunta que le sonó el celular, gracias a los dioses del Olimpo, pensé, se olvidará del tema en el que estaba tan interesado y del que no escuché una sola palabra en cuanto vuelva a sentarse a la mesa. Y si, ni que fuera bruja, cuando se sentó comenzó con otro discurso al que traté de prestar atención, pero fue difícil. Mientras hablaba, y hablaba, cada tanto largaba un –entendiste?- y continuaba sin esperar ninguna respuesta.

En el que supuse era el último, -¿entendiste?- , hice lo que siempre quise hacer con los que te hacen esa odiosa pregunta, le contesté – la verdad? No entendí nada de lo que me dijiste- y sonrió mirándome como si delante tuviese la rubia tarada, que entre paréntesis ya entendí, la rubia, no es tan tarada..

sábado, 1 de junio de 2013

Viaje de egresados, by Sol

Su charla se componía de casi nada, una mezcla de inutilidades y disparates que podían alargarse horas, un encaje de palabras tan fino que solo contenía vacíos.

Y justo a mí, me había tocado la desdicha, de tenerla como compañera de cuarto, en el viaje de egresados de nuestros hijos.

Desde hacía un año atrás, cuando supimos quienes íbamos a ser los padres acompañantes, yo venía tejiendo excusas para zafar de su compañía. Seis madres fuimos las “afortunadas”, y sabíamos, de antemano, que habría tres cuartos de dos.

Con diversos pretextos, invité meses antes a las otras madres a casa, por separado, para conocernos mejor y llegado el momento, que el pacto tácito, no fuera tan obvio… nada de eso dio resultado.

Llegó el día. Tenía planeado hasta el asiento del micro en el cual iba a sentarme. Llegué bien temprano al colegio, para poder elegir ubicación.  Como nuestros hijos no se ponían de acuerdo en cómo sentarse, el coordinador no tuvo mejor idea que proponer que las madres  nos ordenáramos alfabéticamente, para dar el ejemplo.

Mi apellido es Zapata, y el de ella, Valle.  Adiós planificación. Treinta horas, lo que dura el viaje de Buenos Aires a Bariloche escuchando a Roxana hablar cosas sin sentido.  

Treinta horas, en las que mi mente se entretuvo pensando mil formas sutiles de deshacerme de ella: envenenarla con el bidón de nafta que había visto guardar al chofer en el buche de las valijas, con el laxante que guardaba en mi cartera; incendiarle ese pelo queratínico  con el zipo que abría y cerraba una y otra vez de manera maníaca, tajearla con el cuchillo de plástico que nos habían dado en el almuerzo, y después, cuando todos durmieran (TODOS dormían menos ella!) dejarla encerrada en el baño de alguna de las paradas obligadas que hicimos en el camino, amordazándola con la horrible chalina que llevaba puesta… en fin.

Inventé en esas horas tantas maneras horribles de matarla, que temí convertirme en una asesina serial.  Por supuesto, ella no se había percatado de nada. Cuando volví a prestarle atención, seguía tan entusiasmada hablando sinsentidos como cuando arrancamos. Era como una mala novela de la tarde.  

Faltando  2 km para destino, supuse que tenía al fin, el cielo ganado. Bajé corriendo del micro, aduciendo ganas incontenibles de ir al baño del hotel y tardé menos de diez segundos en entrar y salir para pararme firme, en el mostrador y “cazar” la primera madre que se acercara para que sea mi compañera de cuarto.

Unos minutos después, entraron las demás. Alborozada, emocionada, agradecida, casi en un ataque de histeria, como si fuera yo la egresada, las abracé y besé, una por una. Me miraron un poco raro, debo admitirlo.

Pero antes  que pudiera emitir palabra, Amanda me ataja:  “Ay Marta, estábamos conversando con  “las chicas”, que suerte que te llevás tan bien con Roxana, recién, nos pidió especialmente a todas estar en el cuarto con vos… la verdad, es que, nos da un poco de vergüenza admitirlo, porque ya somos gente grande, pero  ninguna de nosotras la soporta… tenés una paciencia de oro y no sabés el peso que nos sacás de encima!”

Quedé pasmada. No podía soportar semejante tragedia con la misma sonrisa estúpida con la que intenté disimular mis pensamientos las últimas horas… diez días!  DIEZ DÍAS CON ESA MÁQUINA INFERNAL DEL HABLA AL LADO! Cualquier cosa, pero realmente cualquier cosa era mejor que eso.  Cinco minutos, tardó mi  entrenado cerebro maquiavélico en reaccionar. Corrí aduciendo que había olvidado mi billetera en el micro, a sabiendas que el hielo de la vereda podría hacerme resbalar. No me importó. Es más, resbalé a propósito, con tan buena suerte que me esguincé.

Fue un recurso desesperado, irracional, un maltrato hacia mí misma que preferí, antes de pasar una semana con esa cotorra enqueratinada en un mismo cuarto.

Nadie entendió de mi risa descontrolada, mi alegría incontenible y la aceptación inmediata cuando un par de horas después, el traumatólogo indicó que el seguro médico, había autorizado un vuelo inmediato, de regreso a casa.

Llegué al aeropuerto en ambulancia. Hasta el ruido de la sirena me pareció una sinfonía de Beethoven . No recordaba estar tan dolorida y feliz, desde el día que nació Leo.  Leo!  Mi chiquito, confieso que me dio algo de culpa dejarlo en manos de esa “cosa”. Pero bueno, tenía a sus compañeros y las otras madres.  En diez minutos, él estaría disfrutando su viaje y yo, en el avión.

La azafata me ayudó a acomodarme en el asiento. Lo único que quería, era dormir. Cerré los ojos casi de inmediato y entonces…  sentí esa voz chillona familiar… familiar dije?  Naaa, debía ser una pesadilla. Si, si, era eso.  Tranquilizate Marta –pensé para mis adentros- no puede ser, estás a salvo. Estás obsesionada…
Alguien se sentó al lado mío, parloteando como… como…  Roxana!

¡Marta! Martitaaaaa!!!! Ay querida, ni bien me enteré, le dije al médico que de ninguna manera iba a permitir que te mandaran de vuelta sola! Viste que siempre el seguro médico paga un acompañante. Pero querida, no te pongas así, vos harías lo mismo por mi… o no?

Nooooooooooooooooooooo! Grité con todas mis fuerzas y algo se estrelló contra el piso. Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Solo escuchaba los latidos de mi corazón. Estaba empapada.
De golpe, se abre la puerta. Era Leo.

Mamá estás bien? Acaba de llamar Roxana, la mamá de Juan que nos están esperando en el colegio. Nos quedamos dormidos!

Sol
27/05/2013

miércoles, 29 de mayo de 2013

Papelitos de colores -By Mery



Era una niña que andaba siempre deambulando por la casa aburrida, miraba por la ventana y veía ese parque tan grande y verde lleno de flores , pajaritos y mariposas volando por todos lados, pero ella no tenia ganas de salir.

El papa siempre le regalaba cosas, tenia muchísimas muñecas , peluches y juguetes pero ella ya había jugado con todos y ninguno le llamaba la atención.

Un día se levantó y después de desayunar decidió salir a dar una vuelta porque su Nana le insistió mucho, camino por acá y por allá, hasta que le llamo la atención una mariposa roja que aleteaba sus grandes alas sobre las prímulas violetas que estaban plenas de flores.

Se acerco a ella muy despacio en puntas de pie para no espantarla, y la mariposa que la había escuchado dejo que se acercara, cuando la niña estiró la mano para agarrarla, la mariposa voló hasta las margaritas. La niña nuevamente lentamente intento agarrarla , y la mariposa salió volando hasta las rosas que se movían como invitándola a que se posara sobre ellas. Blanca, así se llamaba la niña, iba detrás de la mariposa tratando de alcanzarla. En un momento la vio posada sobre las glicinas que formaban una pared de flores, hojas y ramas, Blanca nunca había llegado tan lejos en el parque , la mariposa se interno entre las hojas verdes y las flores violeta pálido de las glicinas, el aroma inundaba el lugar, Blanca se sintió fascinada, y continuo apartando de su camino las flores, las ramas duras, fuertes de la planta, en cuanto Blanca posaba sus manitos sobre ellas se abrían a su paso sin ninguna dificultad. De pronto se encontró en un lugar muy amplio, tan grande como el living de su casa, era limpio, fresco , se escuchaba el sonido del caer de agua.

Había una mesa pequeña y unos banquitos alrededor de ella invitándola a sentarse de la tetera que estaba sobre la mesa salía humo con olor a jazmines, de pronto los platitos se llenaron de caramelos, tortas y galletitas.

La mariposa estaba apoyada sobre un confite amarillo y movía las alas para invitarla a comer uno, Blanca se acerco, tomo el confite se lo metió en la boca y se sentó. La tetera comenzó a servir te en una hermosa tacita celeste con flores rosas , las galletitas comenzaron a danzar sobre los platos, Blanca reía a carcajadas, de pronto comenzaron a caer papelitos del techo , aparecieron danzando alegremente lapiceras y lápices de colores verde brillante, anaranjado fluo, rojo carmín, sobre una lapicera rosa con lunares marrones venia montada un hada blandiendo su varita, se sentó sobre la torta de chocolate mirando con unos enormes ojos negros, y le dijo – queres dibujar ?– Blanca se refregó los ojos con sus manitas sucias de dulce de leche – Quien sos? – preguntó, -Margarita, tu hada madrina – dijo el hada con una voz chillona mientras agitaba sus largas pestañas sin cesar.

-Yo no se dibujar – Blanca musitó con voz triste, Si sabes!!! Si sabes!!!- gritaron al unísono la mariposa posada en el hombro de la niña y las galletitas bailarinas.

Margarita gritaba – Tronco trae los cuadernos para que Blanca dibuje!!!!. Apareció un duende de muy mal humor, con un gorro violeta enorme sobre la cabeza, tan torcido que le tapaba un ojo, cargaba unos cuadernos llenos de hojas de colores, diciendo – ya llego , ya llego no me apuren!!!, estos cuadernos pesan mucho!!!. Dejo los cuadernos sobre la mesa, los lápices de colores bailaban por toda la habitación

-Vengan para acá!- llamaba Margarita, venga para acá o uso la varita!!!!.

Llamalos vos le dijo Margarita a Blanca, con que color te gustaría pintar, llamalo?-

-Bordo – dijo Blanca llamo tímidamente,- y el lápiz bordo se entrelazo entre sus dedos. Blanca comenzó a dibujar y pintar el techo de una casita, - blanco!- , llamo y el lápiz blanco aterrizo en sus manos, mientras el bordo bailaba a su alrededor , diciendo orgullosamente – Mira que lindo techo!!!!!, mientras Blanca pintaba unas hermosas paredes debajo del techo. Así paso la tarde entre colores, papeles, lápices, cantaba alegremente mientras pintaba , comía galletitas y confites, mientras Margarita el hada la incitaba a seguir adelante.

En un momento llego Tronco el duende muy apurado, había estado afuera lejos del bullicio toda la tarde, dijo – es tarde se esta haciendo de noche el papa de la niña la esta buscando y tiene cara de preocupado-.

En ese momento la mariposa se poso nuevamente en el hombro de Blanca y le dijo – vamos te llevare hasta tu casa, mañana te voy a buscar cuando vuelvas del colegio.




Pelotas de papel, by Sol

A mí, desde siempre, me gustaron los papelitos, las lapiceras y lápices, el olor de los cuadernos, las revistas de chistes, y mi papá estimulaba mis gustos.

Recuerdo que tenía que hacer un esfuerzo por ocultar mi alegría cada marzo, al comienzo de clases. A la mayoría de los niños, no les gusta el colegio, y yo no era la excepción. Pero comenzar, significaba también tener que ir a comprar útiles nuevos: un lápiz entero para gastar, con la punta bien filosa. Cuadernos llenos de hojas en blanco, de renglones definidos e inmaculados, libros de texto que al abrirlos, largaban ese aroma a tinta seca. Era un placer secreto, que solo compartía con mi padre.

Yo era un bicho raro y lo sabía, pero trataba por todos los medios, de ocultar mis preferencias. Ser diferente, nunca fue tarea sencilla. Mi padre, que intuía la vergüenza que sentía por mi adicción a la tinta y el papel, hacía todo lo posible por fortalecer la confianza en mí mismo. Nunca habíamos hablado del tema, pero él lo sabía. Lo supe poco después de los ocho.

No teníamos demasiado dinero. Nuestra casa era sencilla, en el pueblo de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires. Mi hermano, dos años mayor y yo, dormíamos en el mismo cuarto. A Esteban, le encantaba el fútbol y era el goleador del barrio. No es fácil tener un hermano crac. Además, ya sabía que el fútbol no era lo mío. Lo peor, era que los demás también lo habían notado.

Una de esas tardes, en que no logré tocar ni una vez la pelota, mis amigos votaron porque saliera del equipo. Volví a casa llorando de vergüenza y me refugié, como siempre, en las ramas del limonero del jardín para escribir mis desventuras en un diario.

Mi padre era carpintero y tenía un pequeño taller en el fondo de casa. Muy reservado y respetuoso, jamás nos obligó a aprender su oficio, ni hacía mención de las obvias diferencias futbolisticas que había entre mi hermano y yo. Ese día, me llamó para que fuera a su taller. Bajé del árbol, me limpié la nariz y las lágrimas con la manga del buzo, y entré. Él estaba lijando una mecedora. Mientras la limpiaba con una franela, me preguntó que me pasaba. Le dije que nunca más tocaría una pelota. Por un momento, creí que lo había decepcionado, pero no me importó. Jamás sería como mi hermano. Jamás. Él sonrió y me invitó a sentarme.

Con mucha calma y ceremonia, como quien honra a un santo ante un altar, sacó de uno de los estantes, una caja, prolijamente pintada. Dentro, había un montón de libros que yo nunca había visto.

Según me contó, una viejita a quien hacía muchos años iba a repararle las puertas y postigos que en invierno se le hinchaban con la humedad, insistió en regalarle toda su biblioteca, en compensación por su trabajo. “Nunca supe muy bien qué hacer con todos estos libros” dijo, señalando un montón de cajas pintadas apiladas prolijamente a un costado de los estantes de su taller de carpintero, “Pero cuando comenzaste a escribir ese diario, supe que había encontrado el destinatario correcto”.

Comenzó a acomodar los libros prolijamente, en lo que ahora me daba cuenta, era una biblioteca. Siempre me llamó la atención esas filas de estantes vacíos del taller de mi papá, pero nunca me hubiera imaginado que estaban esperando ser llenadas con libros.

Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne; El Banquete, de Platón; Las mil y una noches; El Aleph de Borges y hasta un ejemplar de Rayuela, de Cortázar iban dando color a los estantes. Yo estaba emocionado. Salvo en la biblioteca del pueblo, nunca había visto tantos libros juntos.

Desde ese día, cada tarde, mientras mi hermano se lucía jugando al fútbol, yo me sentaba en la mecedora y le leía en voz alta alguna historia a mi padre. Mi infancia, que hasta allí había sido una tortura, convirtió a cada día, en una aventura diferente.

Años después, le pregunté a mi padre por qué había esperado tanto tiempo en darme todo ese tesoro, si él ya sabía de mi pasión secreta. “Era necesario que vos solo te dieras cuenta, que no podías vivir bajo la sombra de tu hermano y que el fútbol, por más que fuera la pasión de todos los demás, no era la tuya. Renunciar es parte de crecer. Además, debía dejar que tu amor por tu propio talento se fortaleciera. Un talento no viene listo para usar. Es necesario trabajar en él, quitarle la maleza, cuidarlo, cultivarlo, verlo crecer y mientras tanto, disfrutar el camino.

Un hombre, debe tomar sus propias decisiones, porque si otros las toman por él, no será dueño de sus aciertos y seguro, encontrará culpables para sus fracasos. Y yo no quería que eso sucediera con vos.” 

Sol
26/05/2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Una cronista Azucena Morelli, by Cloe



Azucena Morelli tenía ese qué se yo que la hacía parecer una tonta. Quizás era el pelo, rubio y ruloso, que le tapaba la oreja derecha.
Azucena Morelli sabía cómo mutar en diferentes personajes. Ser cronista, hoy, no es fácil. Nunca lo fue, ahora que lo pienso. Los mismos enigmas perdurarán, dotándole así a la profesión una dulce adrenalina. Cómo ganar la confianza de un total extraño, y lograr que me diga aquello que mi lector quiere saber. Cómo frenar que mi subjetividad chorreé, diluyendo la verdad de los hechos (sería un pecado darle a la historia un agregado irreal, artificial; los hechos hablan por sí solos). Cómo transmitir, hacer sentir, conmover mediante algo que uno no vivió (la crónica transmite verdades ajenas). Cómo ir sin temor a cada lugar, a cada encuentro, aún sabiendo que están marcados por historias, en su mayoría, atroces, insólitas. Incluso macabras.
Ella tenía la capacidad de convertirse en la receptora ideal, según quien estuviese del otro lado del grabador. Y a veces daba esa imagen que encajaba en el típico estereotipo de "rubia tonta". Pero esa era su estrategia. Todos abusaban de esa imagen, la subestimaban, y sin darse cuenta, caían en su trampa. Hablaban sin autocensurarse, y las preguntas simples que formulaba Azucena le daban aún más espacio a los entrevistados para abrirse.
Azucena parecía una nena. No intimidaba ni a una mosca. ¿Quién callaría frente a una cara tan inocente y angelical?
Era el 2000. Silvina había acuchillado a su padre frente a su hermana, Gabriela, alegando que los había despojado del demonio. Gabriela estuvo luego en prisión, pero la soltaron. Ella, si fue culpable de algo, fue de haber visto esas puñaladas agonizantes, que la atormentarían por siempre.
Ahora era el 2002. Azucena había investigado incesantemente el caso. Sabía que gran parte de los medios habían teñido al hecho con las trampas amarillistas. "Acuchilló a su padre porque vio al diablo", "Su padre fue víctima de un rito satánico", leían los titulares. Pero Garbiela había sido muy clara: "A mi hermana le agarró la locura".
Azucena tocó el timbre de aquel departamento de microcentro. Sabía que Garbiela era inocente, pero todo lo ocurrido le daba a aquel momento un olor a sangre seca.
Tocó la puerta. Antes, se había corrido el pelo detrás de la oreja izquierda.
"Pasá", dijo Garbiela. "¿Te estás re cagando de miedo, no?

Martes de Carnaval, by Sol


Fui vestida de diablo y muy temprano al banquete. Mi disfraz tenía olor a aceite de ricino. Asistí a todos los preparativos de la fiesta. Nadie querría perderse un evento de la familia Arizmendi. Al fin, tendría algo diferente que contar a mis amigas del colegio.

Conocí a Matilde un verano, allá por el año 78, cuando mis padres me llevaban de prepo a ese lugar perdido en las costas de la provincia de Buenos Aires. Tenía entonces, 13 años. Mis compañeras de secundario, frecuentaban lugares más de moda como Villa Gesell y Mar del Plata y a pesar de que mis mejores amigas, compadecidas de mi desdicha, me invitaban a pasar unos días con sus familias, mis padres siempre se negaron. 

Entendí más tarde su decisión: yo asistía por esos días al Nacional Buenos Aires, y el clima político de esa época tenía divididas las aguas… aún en el colegio. Algunos hablaban de desaparecidos y otros defendían a rajatabla el gobierno de facto.

Mi padre, cauteloso, cada vez que yo le pedía opinión al respecto, me respondía: “Hay que escuchar todas las voces Juana. Ahora no lo vas a entender, pero todos tienen sus razones para hacer lo que hacen y eso no significa que tengan razón. El odio, nunca razona bien.”

Mi carácter rebelde insistía: “Pero papá… vos, de qué lado estás?” Y siempre, me respondía igual: “del lado de la paz, Juana”. 

Íntimamente, pensaba que mi padre era un cobarde. Así que por las dudas, cada vez que se desataba una discusión en el colegio… intentaba solo escuchar. Si alguno me preguntaba, decía que era demasiado joven para entender.

Esa tarde de verano… todo cambió.

En Reta, solo hay dos cosas por hacer: renegar con uno mismo y entregarse al atardecer.  El único que trabaja a esa hora, es Febo. Aún en invierno, aún los días de lluvia, el horizonte barre las nubes y por la tarde, durante los diez minutos que demora el sol en hundirse en el mar,  hay función. Un acuerdo tácito circula entre los pobladores: no se admite el fenómeno ante extraños. En verano, cuando a algún turista nota el hechizo, los lugareños se encargan de restarle importancia.

Mi padre, trabajaba en una de las empresas de la familia, y era la mano derecha y el hombre de confianza del Don Arizmendi.  Un martes de carnaval, en esas aburridas playas costeras, mi padre apareció vestido de traje  (siempre venía los fines de semana) y con voz muy seria me dijo: “Juana, vestite. Nos vamos a visitar a los Arizmendi.” Mi madre intentó dibujar una sonrisa cuando mi rostro se contagió de espanto: “¿Pasa algo mamá?” “Nada querida, papá tiene una reunión urgente de negocios… tranquila, mientras tanto, nosotras vamos a casa a ponernos lindas, Don Adolfo nos invitó a una fiesta de disfraces”.

Si bien sabía que los dueños de la empresa donde trabajaba papá, tenían una casa cerca del pueblo, nunca nos habían invitado formalmente. La mansión Arizmendi, era una leyenda en Reta… y tan misteriosa como sus atardeceres.

Papá nos llevó a la casa que alquilábamos todos los veranos, a una calle de la playa y partió raudamente sin dar explicaciones. Mamá, como era su costumbre, no preguntó nada. A pesar que podía percibir que mi padre estaba ocultándome algo grave –nunca lo había visto tan serio y preocupado- mamá se encargó de restarle importancia.

Yo estaba un poco decepcionada: la única noche divertida en Reta, era el martes de carnaval. Ese día, como todos los años, después de la cita obligada al atardecer en la playa, cuando el sol dejaba a todos absortos en su deslumbre habitual, los adultos encendían miles de velas en improvisados candelabros de cartón enterrados en la arena (el viento, es igual en toda la costa) y los niños, disfrazados, nos divertíamos tratando de adivinar quién se escondía tras el antifaz.

Ese día, me invadió una sensación ambigua. Ya me sentía grande para andar disfrazada pero a la vez, me daba nostalgia no asistir al único evento popular de  Reta… Por otro lado, la fiesta en la mansión era realmente tentadora. Con el correr de las horas, mi entusiasmo fue creciendo, de la mano por develar el misterio de la familia Arizmendi.

Un auto muy lujoso nos pasó a buscar a las siete y media. Faltaba una hora para el atardecer. Mi mamá me había contado, que la hija mujer de la familia, había regresado esa tarde de Europa. Matilde, tenía en ese entonces 14 años, y desde los doce, residía en un colegio pupila en las afueras de Londres para perfeccionar su inglés.

Nunca voy a olvidar el camino de sauces y pinos que bordeaba el camino después de la tranquera que franqueaba el ingreso a la estancia. El sol teñía miles de verdes y sombras veloces acariciaban nuestro paso.

Al fondo, la silueta de la mansión se recortaba perfecta, en el horizonte marino.  El chofer nos dejó en la puerta de la entrada principal, ingresando por un cul de sac.

Nos recibió el ama de llaves que sonrió divertida ante mi disfraz. Me alegró tener un antifaz que velara mi timidez. Enseguida se acercó la dueña de casa para invitarnos a pasar a la galería, frente al mar, donde estaban dispuestas varias mesas pequeñas y juegos de living, para confort de los invitados. Mi madre y yo, éramos las primeras en llegar. La Señora Pilar nos hizo sentir como en casa. Enseguida nos pidió disculpas por aún estar con los preparativos de la fiesta y ordenó que nos trajeran algunos canapés para comer.

Ahí nomás, apareció Matilde, con un etéreo disfraz de ángel “Vos debés ser Juana, vení, vamos a caminar por la playa antes que empiece la fiesta.” Enseguida nos hicimos amigas. Me contó que su hermano había egresado del Nacional Buenos Aires y que ahora, estaba en primer año de abogacía en la UBA. A ambas nos gustaban los Bee Gees y The Beatles, odiábamos hablar de política y Reta casi por igual, nos quejábamos de nuestros padres y los chicos de nuestra edad nos parecían tontos y horribles. Matilde se acordó  que había conseguido una foto autografiada de Lennon, en un bar de Liverpool. Así que me tomó de la mano y me llevó a la rastra a su cuarto para mostrármela. Entramos como trombas a la casa y subimos las escaleras muertas de risa. Cuando llegamos al descanso, me dice por lo bajo que en el escritorio, estaban reunidos su papá con el mío. “Ah si –le dije- hoy mi papá vino muy preocupado… sabés algo?” “Que raro… el mío también… es más, adelantaron la fecha de mi llegada una semana y me dijeron que era por la fiesta, y que mamá se había confundido la fecha, pero mucho no le creí…”.

Nos miramos un instante, Matilde me tomó de la mano y me llevó al balcón de su cuarto, el cual, lindaba con el ventanal del escritorio. Nos quedamos allí en silencio y los oímos conversar.  Hablaban de Eduardo, el hermano de Matilde. Al parecer, militaba en la juventud peronista a espaldas de su padre y  dos noches atrás, había asistido a una reunión en una clandestina unidad básica junto con dos amigos y no habían vuelto a saber de él. Su madre, aún no sabía nada. 

Matilde palideció al instante y me abrazó. No recuerdo cómo llegamos nuevamente a la playa. Justo a esa hora, estaba cayendo el sol. Una nube negrísima oscureció el cielo y un viento huracanado nos llenó de arena. Unos metros más allá, las copas de cristal que había sobre la mesa, se estrellaron contra el piso.

De pronto, un silencio eterno y negro, cubrió el cielo y se hizo de noche. No sé cuántas horas pasamos en la playa. No hubo fiesta, ni más vacaciones en Reta.


Esa noche, murió nuestra inocencia y nació una amistad. Papá tenía razón: el odio, nunca razona bien.