miércoles, 29 de mayo de 2013

Papelitos de colores -By Mery



Era una niña que andaba siempre deambulando por la casa aburrida, miraba por la ventana y veía ese parque tan grande y verde lleno de flores , pajaritos y mariposas volando por todos lados, pero ella no tenia ganas de salir.

El papa siempre le regalaba cosas, tenia muchísimas muñecas , peluches y juguetes pero ella ya había jugado con todos y ninguno le llamaba la atención.

Un día se levantó y después de desayunar decidió salir a dar una vuelta porque su Nana le insistió mucho, camino por acá y por allá, hasta que le llamo la atención una mariposa roja que aleteaba sus grandes alas sobre las prímulas violetas que estaban plenas de flores.

Se acerco a ella muy despacio en puntas de pie para no espantarla, y la mariposa que la había escuchado dejo que se acercara, cuando la niña estiró la mano para agarrarla, la mariposa voló hasta las margaritas. La niña nuevamente lentamente intento agarrarla , y la mariposa salió volando hasta las rosas que se movían como invitándola a que se posara sobre ellas. Blanca, así se llamaba la niña, iba detrás de la mariposa tratando de alcanzarla. En un momento la vio posada sobre las glicinas que formaban una pared de flores, hojas y ramas, Blanca nunca había llegado tan lejos en el parque , la mariposa se interno entre las hojas verdes y las flores violeta pálido de las glicinas, el aroma inundaba el lugar, Blanca se sintió fascinada, y continuo apartando de su camino las flores, las ramas duras, fuertes de la planta, en cuanto Blanca posaba sus manitos sobre ellas se abrían a su paso sin ninguna dificultad. De pronto se encontró en un lugar muy amplio, tan grande como el living de su casa, era limpio, fresco , se escuchaba el sonido del caer de agua.

Había una mesa pequeña y unos banquitos alrededor de ella invitándola a sentarse de la tetera que estaba sobre la mesa salía humo con olor a jazmines, de pronto los platitos se llenaron de caramelos, tortas y galletitas.

La mariposa estaba apoyada sobre un confite amarillo y movía las alas para invitarla a comer uno, Blanca se acerco, tomo el confite se lo metió en la boca y se sentó. La tetera comenzó a servir te en una hermosa tacita celeste con flores rosas , las galletitas comenzaron a danzar sobre los platos, Blanca reía a carcajadas, de pronto comenzaron a caer papelitos del techo , aparecieron danzando alegremente lapiceras y lápices de colores verde brillante, anaranjado fluo, rojo carmín, sobre una lapicera rosa con lunares marrones venia montada un hada blandiendo su varita, se sentó sobre la torta de chocolate mirando con unos enormes ojos negros, y le dijo – queres dibujar ?– Blanca se refregó los ojos con sus manitas sucias de dulce de leche – Quien sos? – preguntó, -Margarita, tu hada madrina – dijo el hada con una voz chillona mientras agitaba sus largas pestañas sin cesar.

-Yo no se dibujar – Blanca musitó con voz triste, Si sabes!!! Si sabes!!!- gritaron al unísono la mariposa posada en el hombro de la niña y las galletitas bailarinas.

Margarita gritaba – Tronco trae los cuadernos para que Blanca dibuje!!!!. Apareció un duende de muy mal humor, con un gorro violeta enorme sobre la cabeza, tan torcido que le tapaba un ojo, cargaba unos cuadernos llenos de hojas de colores, diciendo – ya llego , ya llego no me apuren!!!, estos cuadernos pesan mucho!!!. Dejo los cuadernos sobre la mesa, los lápices de colores bailaban por toda la habitación

-Vengan para acá!- llamaba Margarita, venga para acá o uso la varita!!!!.

Llamalos vos le dijo Margarita a Blanca, con que color te gustaría pintar, llamalo?-

-Bordo – dijo Blanca llamo tímidamente,- y el lápiz bordo se entrelazo entre sus dedos. Blanca comenzó a dibujar y pintar el techo de una casita, - blanco!- , llamo y el lápiz blanco aterrizo en sus manos, mientras el bordo bailaba a su alrededor , diciendo orgullosamente – Mira que lindo techo!!!!!, mientras Blanca pintaba unas hermosas paredes debajo del techo. Así paso la tarde entre colores, papeles, lápices, cantaba alegremente mientras pintaba , comía galletitas y confites, mientras Margarita el hada la incitaba a seguir adelante.

En un momento llego Tronco el duende muy apurado, había estado afuera lejos del bullicio toda la tarde, dijo – es tarde se esta haciendo de noche el papa de la niña la esta buscando y tiene cara de preocupado-.

En ese momento la mariposa se poso nuevamente en el hombro de Blanca y le dijo – vamos te llevare hasta tu casa, mañana te voy a buscar cuando vuelvas del colegio.




Pelotas de papel, by Sol

A mí, desde siempre, me gustaron los papelitos, las lapiceras y lápices, el olor de los cuadernos, las revistas de chistes, y mi papá estimulaba mis gustos.

Recuerdo que tenía que hacer un esfuerzo por ocultar mi alegría cada marzo, al comienzo de clases. A la mayoría de los niños, no les gusta el colegio, y yo no era la excepción. Pero comenzar, significaba también tener que ir a comprar útiles nuevos: un lápiz entero para gastar, con la punta bien filosa. Cuadernos llenos de hojas en blanco, de renglones definidos e inmaculados, libros de texto que al abrirlos, largaban ese aroma a tinta seca. Era un placer secreto, que solo compartía con mi padre.

Yo era un bicho raro y lo sabía, pero trataba por todos los medios, de ocultar mis preferencias. Ser diferente, nunca fue tarea sencilla. Mi padre, que intuía la vergüenza que sentía por mi adicción a la tinta y el papel, hacía todo lo posible por fortalecer la confianza en mí mismo. Nunca habíamos hablado del tema, pero él lo sabía. Lo supe poco después de los ocho.

No teníamos demasiado dinero. Nuestra casa era sencilla, en el pueblo de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires. Mi hermano, dos años mayor y yo, dormíamos en el mismo cuarto. A Esteban, le encantaba el fútbol y era el goleador del barrio. No es fácil tener un hermano crac. Además, ya sabía que el fútbol no era lo mío. Lo peor, era que los demás también lo habían notado.

Una de esas tardes, en que no logré tocar ni una vez la pelota, mis amigos votaron porque saliera del equipo. Volví a casa llorando de vergüenza y me refugié, como siempre, en las ramas del limonero del jardín para escribir mis desventuras en un diario.

Mi padre era carpintero y tenía un pequeño taller en el fondo de casa. Muy reservado y respetuoso, jamás nos obligó a aprender su oficio, ni hacía mención de las obvias diferencias futbolisticas que había entre mi hermano y yo. Ese día, me llamó para que fuera a su taller. Bajé del árbol, me limpié la nariz y las lágrimas con la manga del buzo, y entré. Él estaba lijando una mecedora. Mientras la limpiaba con una franela, me preguntó que me pasaba. Le dije que nunca más tocaría una pelota. Por un momento, creí que lo había decepcionado, pero no me importó. Jamás sería como mi hermano. Jamás. Él sonrió y me invitó a sentarme.

Con mucha calma y ceremonia, como quien honra a un santo ante un altar, sacó de uno de los estantes, una caja, prolijamente pintada. Dentro, había un montón de libros que yo nunca había visto.

Según me contó, una viejita a quien hacía muchos años iba a repararle las puertas y postigos que en invierno se le hinchaban con la humedad, insistió en regalarle toda su biblioteca, en compensación por su trabajo. “Nunca supe muy bien qué hacer con todos estos libros” dijo, señalando un montón de cajas pintadas apiladas prolijamente a un costado de los estantes de su taller de carpintero, “Pero cuando comenzaste a escribir ese diario, supe que había encontrado el destinatario correcto”.

Comenzó a acomodar los libros prolijamente, en lo que ahora me daba cuenta, era una biblioteca. Siempre me llamó la atención esas filas de estantes vacíos del taller de mi papá, pero nunca me hubiera imaginado que estaban esperando ser llenadas con libros.

Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne; El Banquete, de Platón; Las mil y una noches; El Aleph de Borges y hasta un ejemplar de Rayuela, de Cortázar iban dando color a los estantes. Yo estaba emocionado. Salvo en la biblioteca del pueblo, nunca había visto tantos libros juntos.

Desde ese día, cada tarde, mientras mi hermano se lucía jugando al fútbol, yo me sentaba en la mecedora y le leía en voz alta alguna historia a mi padre. Mi infancia, que hasta allí había sido una tortura, convirtió a cada día, en una aventura diferente.

Años después, le pregunté a mi padre por qué había esperado tanto tiempo en darme todo ese tesoro, si él ya sabía de mi pasión secreta. “Era necesario que vos solo te dieras cuenta, que no podías vivir bajo la sombra de tu hermano y que el fútbol, por más que fuera la pasión de todos los demás, no era la tuya. Renunciar es parte de crecer. Además, debía dejar que tu amor por tu propio talento se fortaleciera. Un talento no viene listo para usar. Es necesario trabajar en él, quitarle la maleza, cuidarlo, cultivarlo, verlo crecer y mientras tanto, disfrutar el camino.

Un hombre, debe tomar sus propias decisiones, porque si otros las toman por él, no será dueño de sus aciertos y seguro, encontrará culpables para sus fracasos. Y yo no quería que eso sucediera con vos.” 

Sol
26/05/2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Una cronista Azucena Morelli, by Cloe



Azucena Morelli tenía ese qué se yo que la hacía parecer una tonta. Quizás era el pelo, rubio y ruloso, que le tapaba la oreja derecha.
Azucena Morelli sabía cómo mutar en diferentes personajes. Ser cronista, hoy, no es fácil. Nunca lo fue, ahora que lo pienso. Los mismos enigmas perdurarán, dotándole así a la profesión una dulce adrenalina. Cómo ganar la confianza de un total extraño, y lograr que me diga aquello que mi lector quiere saber. Cómo frenar que mi subjetividad chorreé, diluyendo la verdad de los hechos (sería un pecado darle a la historia un agregado irreal, artificial; los hechos hablan por sí solos). Cómo transmitir, hacer sentir, conmover mediante algo que uno no vivió (la crónica transmite verdades ajenas). Cómo ir sin temor a cada lugar, a cada encuentro, aún sabiendo que están marcados por historias, en su mayoría, atroces, insólitas. Incluso macabras.
Ella tenía la capacidad de convertirse en la receptora ideal, según quien estuviese del otro lado del grabador. Y a veces daba esa imagen que encajaba en el típico estereotipo de "rubia tonta". Pero esa era su estrategia. Todos abusaban de esa imagen, la subestimaban, y sin darse cuenta, caían en su trampa. Hablaban sin autocensurarse, y las preguntas simples que formulaba Azucena le daban aún más espacio a los entrevistados para abrirse.
Azucena parecía una nena. No intimidaba ni a una mosca. ¿Quién callaría frente a una cara tan inocente y angelical?
Era el 2000. Silvina había acuchillado a su padre frente a su hermana, Gabriela, alegando que los había despojado del demonio. Gabriela estuvo luego en prisión, pero la soltaron. Ella, si fue culpable de algo, fue de haber visto esas puñaladas agonizantes, que la atormentarían por siempre.
Ahora era el 2002. Azucena había investigado incesantemente el caso. Sabía que gran parte de los medios habían teñido al hecho con las trampas amarillistas. "Acuchilló a su padre porque vio al diablo", "Su padre fue víctima de un rito satánico", leían los titulares. Pero Garbiela había sido muy clara: "A mi hermana le agarró la locura".
Azucena tocó el timbre de aquel departamento de microcentro. Sabía que Garbiela era inocente, pero todo lo ocurrido le daba a aquel momento un olor a sangre seca.
Tocó la puerta. Antes, se había corrido el pelo detrás de la oreja izquierda.
"Pasá", dijo Garbiela. "¿Te estás re cagando de miedo, no?

Martes de Carnaval, by Sol


Fui vestida de diablo y muy temprano al banquete. Mi disfraz tenía olor a aceite de ricino. Asistí a todos los preparativos de la fiesta. Nadie querría perderse un evento de la familia Arizmendi. Al fin, tendría algo diferente que contar a mis amigas del colegio.

Conocí a Matilde un verano, allá por el año 78, cuando mis padres me llevaban de prepo a ese lugar perdido en las costas de la provincia de Buenos Aires. Tenía entonces, 13 años. Mis compañeras de secundario, frecuentaban lugares más de moda como Villa Gesell y Mar del Plata y a pesar de que mis mejores amigas, compadecidas de mi desdicha, me invitaban a pasar unos días con sus familias, mis padres siempre se negaron. 

Entendí más tarde su decisión: yo asistía por esos días al Nacional Buenos Aires, y el clima político de esa época tenía divididas las aguas… aún en el colegio. Algunos hablaban de desaparecidos y otros defendían a rajatabla el gobierno de facto.

Mi padre, cauteloso, cada vez que yo le pedía opinión al respecto, me respondía: “Hay que escuchar todas las voces Juana. Ahora no lo vas a entender, pero todos tienen sus razones para hacer lo que hacen y eso no significa que tengan razón. El odio, nunca razona bien.”

Mi carácter rebelde insistía: “Pero papá… vos, de qué lado estás?” Y siempre, me respondía igual: “del lado de la paz, Juana”. 

Íntimamente, pensaba que mi padre era un cobarde. Así que por las dudas, cada vez que se desataba una discusión en el colegio… intentaba solo escuchar. Si alguno me preguntaba, decía que era demasiado joven para entender.

Esa tarde de verano… todo cambió.

En Reta, solo hay dos cosas por hacer: renegar con uno mismo y entregarse al atardecer.  El único que trabaja a esa hora, es Febo. Aún en invierno, aún los días de lluvia, el horizonte barre las nubes y por la tarde, durante los diez minutos que demora el sol en hundirse en el mar,  hay función. Un acuerdo tácito circula entre los pobladores: no se admite el fenómeno ante extraños. En verano, cuando a algún turista nota el hechizo, los lugareños se encargan de restarle importancia.

Mi padre, trabajaba en una de las empresas de la familia, y era la mano derecha y el hombre de confianza del Don Arizmendi.  Un martes de carnaval, en esas aburridas playas costeras, mi padre apareció vestido de traje  (siempre venía los fines de semana) y con voz muy seria me dijo: “Juana, vestite. Nos vamos a visitar a los Arizmendi.” Mi madre intentó dibujar una sonrisa cuando mi rostro se contagió de espanto: “¿Pasa algo mamá?” “Nada querida, papá tiene una reunión urgente de negocios… tranquila, mientras tanto, nosotras vamos a casa a ponernos lindas, Don Adolfo nos invitó a una fiesta de disfraces”.

Si bien sabía que los dueños de la empresa donde trabajaba papá, tenían una casa cerca del pueblo, nunca nos habían invitado formalmente. La mansión Arizmendi, era una leyenda en Reta… y tan misteriosa como sus atardeceres.

Papá nos llevó a la casa que alquilábamos todos los veranos, a una calle de la playa y partió raudamente sin dar explicaciones. Mamá, como era su costumbre, no preguntó nada. A pesar que podía percibir que mi padre estaba ocultándome algo grave –nunca lo había visto tan serio y preocupado- mamá se encargó de restarle importancia.

Yo estaba un poco decepcionada: la única noche divertida en Reta, era el martes de carnaval. Ese día, como todos los años, después de la cita obligada al atardecer en la playa, cuando el sol dejaba a todos absortos en su deslumbre habitual, los adultos encendían miles de velas en improvisados candelabros de cartón enterrados en la arena (el viento, es igual en toda la costa) y los niños, disfrazados, nos divertíamos tratando de adivinar quién se escondía tras el antifaz.

Ese día, me invadió una sensación ambigua. Ya me sentía grande para andar disfrazada pero a la vez, me daba nostalgia no asistir al único evento popular de  Reta… Por otro lado, la fiesta en la mansión era realmente tentadora. Con el correr de las horas, mi entusiasmo fue creciendo, de la mano por develar el misterio de la familia Arizmendi.

Un auto muy lujoso nos pasó a buscar a las siete y media. Faltaba una hora para el atardecer. Mi mamá me había contado, que la hija mujer de la familia, había regresado esa tarde de Europa. Matilde, tenía en ese entonces 14 años, y desde los doce, residía en un colegio pupila en las afueras de Londres para perfeccionar su inglés.

Nunca voy a olvidar el camino de sauces y pinos que bordeaba el camino después de la tranquera que franqueaba el ingreso a la estancia. El sol teñía miles de verdes y sombras veloces acariciaban nuestro paso.

Al fondo, la silueta de la mansión se recortaba perfecta, en el horizonte marino.  El chofer nos dejó en la puerta de la entrada principal, ingresando por un cul de sac.

Nos recibió el ama de llaves que sonrió divertida ante mi disfraz. Me alegró tener un antifaz que velara mi timidez. Enseguida se acercó la dueña de casa para invitarnos a pasar a la galería, frente al mar, donde estaban dispuestas varias mesas pequeñas y juegos de living, para confort de los invitados. Mi madre y yo, éramos las primeras en llegar. La Señora Pilar nos hizo sentir como en casa. Enseguida nos pidió disculpas por aún estar con los preparativos de la fiesta y ordenó que nos trajeran algunos canapés para comer.

Ahí nomás, apareció Matilde, con un etéreo disfraz de ángel “Vos debés ser Juana, vení, vamos a caminar por la playa antes que empiece la fiesta.” Enseguida nos hicimos amigas. Me contó que su hermano había egresado del Nacional Buenos Aires y que ahora, estaba en primer año de abogacía en la UBA. A ambas nos gustaban los Bee Gees y The Beatles, odiábamos hablar de política y Reta casi por igual, nos quejábamos de nuestros padres y los chicos de nuestra edad nos parecían tontos y horribles. Matilde se acordó  que había conseguido una foto autografiada de Lennon, en un bar de Liverpool. Así que me tomó de la mano y me llevó a la rastra a su cuarto para mostrármela. Entramos como trombas a la casa y subimos las escaleras muertas de risa. Cuando llegamos al descanso, me dice por lo bajo que en el escritorio, estaban reunidos su papá con el mío. “Ah si –le dije- hoy mi papá vino muy preocupado… sabés algo?” “Que raro… el mío también… es más, adelantaron la fecha de mi llegada una semana y me dijeron que era por la fiesta, y que mamá se había confundido la fecha, pero mucho no le creí…”.

Nos miramos un instante, Matilde me tomó de la mano y me llevó al balcón de su cuarto, el cual, lindaba con el ventanal del escritorio. Nos quedamos allí en silencio y los oímos conversar.  Hablaban de Eduardo, el hermano de Matilde. Al parecer, militaba en la juventud peronista a espaldas de su padre y  dos noches atrás, había asistido a una reunión en una clandestina unidad básica junto con dos amigos y no habían vuelto a saber de él. Su madre, aún no sabía nada. 

Matilde palideció al instante y me abrazó. No recuerdo cómo llegamos nuevamente a la playa. Justo a esa hora, estaba cayendo el sol. Una nube negrísima oscureció el cielo y un viento huracanado nos llenó de arena. Unos metros más allá, las copas de cristal que había sobre la mesa, se estrellaron contra el piso.

De pronto, un silencio eterno y negro, cubrió el cielo y se hizo de noche. No sé cuántas horas pasamos en la playa. No hubo fiesta, ni más vacaciones en Reta.


Esa noche, murió nuestra inocencia y nació una amistad. Papá tenía razón: el odio, nunca razona bien.  

Radio Pasillo, by Sol

Un largo pasillo de damero es el tablero de ajedrez, donde se teje esta historia. Estoy ansiosa por mudarme. Cada vez que abro la puerta, un olor extraño, difícil de describir, me invade y me deprime.

Jorge y María, viven adelante. Son un matrimonio mayor. Ella, completa la magra jubilación cocinando para afuera. Juana, su joven vecina de enfrente, levanta los pedidos al mediodía de un edificio de oficinas que está en la esquina y después, se encarga del reparto.

Pero hace muchos meses ya, que a María le cuesta mucho estar de pie. Así que como ahora vienen las vacaciones, decidió que era hora de operarse de la cadera. Su hijo la acompañó a hacerse todos los estudios y tiene fecha para la semana que viene.

Jorge, está casi todo el tiempo ausente, parálisis facial, Alzheimer y Parkinson hacen lo suyo para arrastrar su cuerpo de la silla a la cama.

Carlos, hermano de María, vive atrás con su mujer, Ana. Él es sordo como una tapia. Sé todos sus movimientos por los gritos de ella: Cerrá la puerta, Carlos, por favor!!! Te olvidaste abierta la canilla!!! Apagá la luz!!! Que te llaman por teléfono!!! Tu hermanaaaaaaaaaaa!!! Te llama tu hermana!!!! Cómo que hermana? Y así todas las noches.

Por suerte, pronto sus gritos dejarán de sobresaltarme.

Hoy, como todos los días, llegué de trabajar a eso de las siete. La puerta del pasillo estaba abierta, pedí permiso y ni bien entré, un fuerte olor a gladiolos y claveles inundo mi nariz antes que pudiera ver la fila de coronas apoyadas en la medianera. Saludé a algunos conocidos y enseguida Ana salió a mi encuentro.

Ana: - Ay, Carlita. Que suerte que llegaste, corazón. Estamos de velorio. Jorge tuvo un paro cardíaco esta mañana y ahora lo estamos velando…-

Yo: -¿Acá? Que macana-

Ana: - Si, María no tiene plata para el velorio.  Y bueno, era esperable. Mejor para él. Vos no podrías prepararnos café? Ella está agotada, y hay que atender toda esta gente…-

Yo: -Si, no te preocupes-

Entré. Nadie parecía demasiado preocupado, excepto María, que estaba sentada al lado el cajón, con la mirada perdida. Me arrodillé a su lado y le di un abrazo.

Yo: -Lo siento mucho, ahora te preparo un café, querés?-

María: - Gracias querida. La verdad, lo necesito-

Cuando volví de la cocina, estaban las dos conversando. Apoyé la bandeja en la mesita del living, detrás de ellas y me dispuse a servir el café.

María: -Que desgracia, por Dios-

Ana: - Bueno, por lo menos, terminó-

María: - Sé. Pero me tuvo que joder hasta el último día de su vida. No podía haber esperado a que me opere, eh? Sabés lo que me costó conseguir el turno para la cirugía en Pami, hacerme los estudios y tomar la decisión? Ahora voy a tener que postergar todo. Mañana a las 9 tendría que estar en el hospital – mirando al muerto- Sos un egoísta. Y tuviste que serlo hasta el último minuto-

Ana: - Vos te quejás? Mirá a tu hermano- señalando a Carlos, que estaba entretenido mirando hacia afuera por la ventana-, hace años que no me toca, desde que Carlita se casó que tiene un amante, y encima, me lo tengo que bancar en casa-

María: -No sé qué es peor, mirá. A mí, éste –señalando otra vez al muerto con la cabeza- me buscó hasta hace poco-

Ana: - ¿Todavía le funciona?

María: - Naaaaa, que va.  Los recuerdos le funcionan. La “cosa” no.  Se murió mucho antes que él-

Ana: - Ah, pero que viejo asqueroso –

Suficiente. No quería oír más. Me acerqué, les dí el café con una sonrisa y enfilé a la puerta. Respiré profundo y por fin, pude identificar ese olor. Era olor a amores muertos. Hasta me parecieron apropiadas, las coronas. 


No sé por qué, uno tiene que mirar antes de irse. Mirar atrás, digo, a lo que se está por dejar. Sería mejor empezar enseguida el largo trabajo del olvido. Pero se mira, siempre. 

Desidia, by Sol

Los viejos están sentados en el banco, rotundos como estatuas. Los hombros caídos, los años, como surcos, dibujados en los gestos.  La vida les pesa  en la espalda. Él, apenas le sostiene la mano. Ella se deja, como si ya nada importara. A sus pies, dos gorriones se disputan un pedazo de pan mojado.

Un gato camina acompasado y elegante, rodeando un charco en la vereda. El viento le sopla en la cara el aleteo de sus víctimas.  Gira un poco su cabeza y los ve, ajenos a su presencia. Con la destreza con la que un arquero tensa la cuerda y apunta la flecha acomoda, lento, su cuerpo en dirección al blanco. Relame su victoria anticipando un círculo alrededor de sus bigotes.  

Una mosca, revolotea sobre restos de comida que asoman de una bolsa. No hay tiempo para divertirse. El instinto apremia.

Baja un poco la cabeza y calcula la distancia. Se agazapa al suelo y armoniza sus movimientos en cámara lenta. Sabe que en instantes, tendrá que elegir. 

Elegir. Hace mucho que no hacen nada de eso.  Ni siquiera saben si están juntos por amor o costumbre. No se lo preguntan, tampoco. ¿Acaso, no hay amor en las costumbres? Levantarse tempranito, ni bien asoma el sol, y desandar la cuadra y media a golpe de bastón hasta la panadería.

Ella es un poco más remolona, y pone los pies en las chinelas gastadas, ni bien la puerta se cierra, para poner el agua en el fuego. Él regresa poco después, con un cuarto de miñones y el diario de ayer, que le regalan en el bar de enfrente. Todas las noticias son tardías. Qué más da.

Les gusta tomar mate en la vereda. Se contentan mirando una y otra vez, la rutina de sus vecinos. Verónica es la primera en salir, a las siete y media en punto. Abre el portón, se asoma un poco asustada (ha habido muchos robos en los últimos años) y busca cruzar la mirada con la de ellos. Entonces sonríe. Se mete en el viejo VW 1500 y les grita a los chicos que se apuren. Los melli, hacen justo lo contrario: arrastran los pies hasta subirse al auto.
-         
     -Vas a ver que ahora vuelven porque se olvidan algo- Le anticipa.

Arrancan, avanza unos metros y frena. Sale uno de los melli corriendo de nuevo para la casa.

Él la mira y sonríe satisfecho de su predicción. Ella se fastidia un poco.
-         
     -Vaya novedad, todos los días hacen lo mismo.-

Su hija Laura vive en Buenos Aires. Viene de vez en cuando, a llenarles la heladera, y un poco el corazón de historias nuevas.  Igual, respiran aliviados cuando se va. Es como una pequeña batalla ganada. Es que Laura está empecinada en llevarlos a un asilo, cerca de su casa. Les dice que estaría más tranquila, que ellos estarían más cuidados, que la casa se está viniendo abajo… No quieren saber nada. Hace más de 60 años que viven en La Plata. Sesenta años.

Hoy no salió el sol. Tampoco pudo ir a comprar el pan. Ni siquiera, pudieron dormir. 

Pasaron la noche sin luz, arriba la mesa, abrazados.

Recién a las cuatro empezó a bajar. Todavía está inundada la calle. Ella está descalza. 

El agua se llevó hasta sus chinelas. Afuera, desastre y desolación. Verónica,  les acercó un banco para que pudieran sentarse a esperar a Laura.  El viejo VW 1500, está media cuadra más allá, amontonado entre un árbol y la vereda.


Los únicos contentos son los melli, que por suerte, no irán al colegio. 

Hoy el olvido, se apoderó del barrio.  

Encrucijada, by Sol

“Mire, Sebastián, es en la calle Juncal. Venga, acérquese; voy a decirle el número al oído –es mejor que nadie lo sepa, hay secretos que conviene guardar muy bien-."

Sentí un nudo en la garganta por cada número que iba diciéndome al oído. Mi padre me enseñó a enfrentar la realidad desde muy chico. Recuerdo que me decía: "Mire m`hijo. Si espera a tomar la decisión correcta, nunca hará nada. El secreto está en tomar una decisión y llevarla a cabo. Sepa que siempre cometerá errores. Y lo único que puede hacerse con los fracasos, es superarlos. En cambio para el éxito, no es necesario que lo eduque. Si supera sus errores, el éxito vendrá por sí solo."

Tenía 7 años. Nunca olvidé esa lección. Había pasado momentos dificilísimos en mi vida, y siempre salí airoso. A veces, cuando no sabía que camino tomar, recordaba las palabras de mi padre, y elegía... uno cualquiera.

Pero nadie me había educado para esto. Esto era diferente. Había que acompañar y ni siquiera, sabía cómo hacerlo. Eso era cosa de mujeres. Ellas siempre saben cómo cuidar sin invadir, como escuchar sin brindar soluciones, como transmitir sentimientos con palabras, con gestos, con abrazos.

Tenía que obedecer sus deseos y a la vez, yo era responsable por ella. Desde que su madre murió, nunca quise que nadie, se ocupara de ella. Y pude hacerlo bastante bien… hasta ahora. Esto ni siquiera podía compartirlo con mi hermana, no lo entendería. Me llamaría salvaje, inconsciente, asesino… y un montón de cosas más que no estoy dispuesto a escuchar.

Lo que más me aterra, es lo que pueda pasarle. Puedo bancarme que me digan asesino… pero nadie jamás, me sacaría la culpa de quedarme sin mi hija.

Juncal 3275, quinto piso. Esperé dos minutos en la puerta y la ví venir. Mi chiquita. En ese momento, la vi tan nena, tan mía, tan joven para padecer esto, que me olvidé de mí.

 - ¿Estás segura mi amor? Aún hay tiempo.

 - Si papá.

Subimos al consultorio y un cartel en la puerta, rezaba “Obstetra”. Qué ironía –pensé - el encargado de traer niños al mundo, es el mismo que se los lleva.

sábado, 25 de mayo de 2013

Coral Fernandez, by Mery

La vi venir desde lejos, cuando se acercó la reconocí, sonreí, daba placer verla llegar, solo la había visto un par de veces en Londres.

Se llamaba Coral Fernandez llevaba siempre la oreja izquierda cubierta con el pelo y la derecha descubierta. Era tan bonita que en el primer momento se podía pensar que era tonta, pero me equivoque. Su andar liviano, elegante y refinado mostraban inteligencia, sagacidad y astucia

Donde entraba, todos se daban vuelta a mirarla, era el orgullo de quien la llevaba y la envidia de quien no la tenia. Ella hacía sentir seguro, confiado y tranquilo a cualquier hombre. Coral sabía que hacer, en el momento preciso tomaba velozmente la decisión correcta.

Aquella tarde de noviembre , nos llamo la atención a todos los presentes verla en Buenos Aires, pensábamos que estaba en Inglaterra porque era donde debía estar, a ese lugar pertenecieron por siglos sus antepasados, era de estirpe real.

Cuando la vieron entrar acompañada por Adolfo se hizo un silencio generalizado aseguraría que todos pensábamos lo mismo: ¿como hizo para tenerla?. La realidad es que si alguien podía tenerla era él, nadie mas.

Entendí porque Adolfo sonreía misteriosamente cuando la noche anterior cené en su casa. Varios de los invitados hablaron de la ausencia de Coral en los eventos Europeos, se escuchaban comentarios de dolencias varias, pero nadie sabia nada a ciencia cierta, todas eran suposiciones.

Imagino lo que habrá sufrido Williams York al separarse de Coral, pero se comentaba que no podía mantenerla, perdió mucho dinero con la caída de las bolsas en Europa y EEUU y ella necesitaba dinero para lucir con el brillo y elegancia habitual.

Esa tarde de noviembre al verlos juntos nadie dudó que aquella seria una tarde memorable, de esas de las que hablarían todos durante mucho tiempo y no nos desilusionaron, ni ella, ni él. Esperamos expectantes durante una hora para verlos por eso estallamos en un aplauso cerrado todos de pie cuando lo vimos a Adolfo montando a Coral Fernández en el último chukker del Abierto de Polo de la Argentina y marcar el gol del triunfo, indudablemente, una reina para un rey.

domingo, 19 de mayo de 2013

El señor que siempre deseaba cosas



Había una vez un hombre muy, muy serio que siempre estaba deseando cosas y como quería tantas cosas trabajaba mucho para obtenerlas. Pero había una sola no podía lograr, ni comprar con dinero. El quería bailar y no podía, cuando lo intentaba se le trababan los pies, se le desataban los cordones de los zapatos y se caía al piso golpeándose la cabeza. Todos los que estaban alrededor se reían a carcajadas, él se enojaba mucho y siempre dejaba las fiestas con un Chichón en la cabeza, lleno de vergüenza.

Un día lo invitaron a una fiesta, cuando llego vio que había muchos niños , colgaban muchos globos de colores en todas partes, globos azules, rojos, amarillos, verdes y anaranjados.

Los niños jugaban a reventar globos con palos, cada vez que uno explotaba de adentro caían chupetines redondos, cuadrados, rayados de todos colores. Los niños gritaban de felicidad y continuaban rompiendo globos.

El globo mas grande, era enorme, estaba en el medio del parque colgando orgulloso de la rama de un ombú , tenía un color plateado tan brillante que parecía una luna llena resplandeciente en una noche oscura.

Cuando los niños rompieron ese hermoso globo un chupetín dorado cayo en las manos del hombre que siempre estaba deseando cosas. Miro el chupetín extrañado porque de él se desprendían pequeños rayos amarillos, y despedía un olor a frambuesas muy tentador. Mientras lo miraba muy seriamente escucho una vocecita en su oreja derecha que le decía: ábrelo, cómelo, siente su sabor es exquisito.


El hombre que todo lo deseaba fue desenvolviendo el chupetín lentamente, mientras la vocecita en la oreja le decía ábrelo, cómelo, apúrate. Cuando finalmente terminó de sacar el papel se encontró con un chupetín de color violeta, tan violeta como una uva madura y decidido se lo metió en la boca, el chupetín comenzó a hacer pequeñas explosiones que le despertaban sonrisas y carcajadas, el hombre de pronto se sintió feliz, tan feliz que se levantó de su silla como si hubiese tenido un resorte en la cola, y comenzó a bailar por todo el parque dando vueltas y vueltas mientras los niños hacían una ronda a su alredor.

sábado, 18 de mayo de 2013

A la carta - by SOL



A LA CARTA

Había una vez un hombre que siempre estaba deseando cosas… y otro, que era autoritario y hablaba en voz baja. Un día, se encontraron en un bar.

Y como en los cuentos, puede pasar cualquier cosa, vamos a imaginar que uno era mozo y el otro un cliente. Y bueno, vean uds.

Mozo: Sr. que puedo servirle?

Cliente: Traiga una carta.

Mozo: Ahhh, una carta… que lindo era antes, no? Cuando uno recibía cartas… me acuerdo que…

Cliente: Disculpe, pero no quiero conversar.

Mozo: Si, claro, Sr. Ya le traigo la carta.

El cliente abre su notebook, una hoja en blanco del Word y empieza a escribir:

“8 de noviembre. Bar. Ya es de noche. Me cuesta creer que me dejó. Es la tercera vez en mi vida que una mujer me deja. Pero lo peor no es eso, sino su última frase: Sos muy…”

El mozo interrumpe.

Mozo: Delicioso. El plato del día es un manjar. El Sr. desea cenar? Si yo fuera ud…

Cliente: Si ud. fuera yo, seguramente querría estar solo sin que lo interrumpan.

Mozo: Si claro. Es que son casi las once de la noche e imaginé que tendría hambre… No se lo tome a mal, pero se vé algo cansado… Cuando yo estoy así a mi me gusta que…

El cliente extiende la mano, sin mirarlo. El mozo le alcanza la carta y de paso, espía de reojo la notebook.

Mozo: Una carta! Mire que casualidad, justo conversábamos sobre eso…

El cliente baja la tapa de su notebook, visiblemente molesto. Abre la carta que le ofrece el mozo y ordena automáticamente sin leer.

Cliente: Tráigame cuatro empanadas de carne.

Mozo: Me gustaría insistir con el plato del día…

Cliente: Y a mi que no lo haga.

Mozo: Si, claro, lo que ud. ordene.

“Maldito mozo”. El cliente abre nuevamente su notebook y prosigue con su escritura: “… sos muy autoritario. Vos no necesitás una mujer sino un súbdito.”

Hija de puta. Me dijo en una frase lo que me costó años de terapia averiguar. Hasta el pelotudo del mozo que me está atendiendo se dio cuenta… “lo que ud. ordene…” Maldición maldición, maldición! Supongo que el imbécil de mi terapeuta tenía razón. Abandoné el diván el mismo día que el muy caradura se atrevió a decirme eso. Con lo que le pagaba!!!! Acaso no le habían enseñado en la facultad que el cliente…

Mozo: El cliente siempre tiene razón. Le traje las mejores empanadas de carne de Buenos Aires.

El mozo apoya el plato justo en el hueco que dejaban la notebook y sus brazos. Lo único que le faltaba era un mozo pitoniso. ¿Tan obvio estaba resultando? Sintió ganas de hacerle tragar una por una las empanadas a ese mozo de mierda. Levantó la empanada como si fuera arrojarla, pero algo lo detuvo: Recordó una frase que había leído en un grafiti antes de entrar: “Si esperas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Su terapeuta, la muy conchuda y ahora este pelotudo de moño… Indudablemente, algo estaba haciendo muy mal.

Todavía con la empanada en el aire y el mozo mirándolo con cara de susto, reflexionó, y lo más pausado que pudo le dijo:

Cliente: Por favor, si tiene un minuto, siéntese aquí. Disculpe, tuve un mal día. Que me decía de las cartas?

Con la mano libre, sacó una servilleta del servilletero, la puso en la mesa y apoyó la empanada. El mozo, aún perplejo, no se animó a desobedecerlo… además, él también tenía hambre.



Y colorín colorado… en los cuentos, en tres minutos, los ogros son domesticados.

lunes, 13 de mayo de 2013

Al Amanecer - by Cloe



“Ahora está amaneciendo y la aurora es como neblina blanca en las arenas de la playa. Todo es mío, entonces.”


Entonces te imagino. Porque no te tengo pero sé que te encontraré. O que me encontrarás, si de algo sirve la aclaración. Pero no importa, porque cierro mis ojos y escucho como las olas, enojadas, expresivas, rompen en la orilla. La arena ya raspa las palmas de mis manos, pero tampoco me importa porque cierro los ojos y viajo. Y sos mío, y tengo tantas ganas de abrazarte y de no dejarte ir. Y esa sensación áspera en mis manos se vuelve real. Te estoy agarrando.


Imagino y descubro un poco de eso tan íntimo que anhelo. Esas cosas chicas que me enamoran, aún sin conocerte. Despertar juntos, pero continuar sumidos en un sueño, donde nos rodea un silencio en el que no caben las palabras, que tantas veces no alcanzan. O no son necesarias. Y cerrar los ojos y volver a la playa, a esas olas, a esa neblina que nos abraza, que nos hace viajar de nuevo.


Gestos y detalles. Porque sé que te conoceré y que mi instinto, o no sé, algo me dirá que sí, que me voy a enamorar. Porque me sacas sonrisas aunque trate de esconderlas. Porque la risa escapa en todo su esplendor aún cuando intente disimularla. Me querrás así, con mis defectos y manías. Me querrás entera, porque difícilmente pueda cambiar esos detalles que en definitiva, son parte de mí.


Vuelvo y sonrío. Y sé que todo lo que pienso, lo que imagino, y lo que escribiré luego, pasará. Olvidaré una parte, pero no me sentiré distinta.




Me voy y todo sigue igual. Pero me llevo conmigo, en algún recoveco de mí ser, ese deseo.

sábado, 11 de mayo de 2013

La Reina, by Mery



Es de noche: el monasterio
que alzó Felipe Segundo
para admiración del mundo
y ostentación de su imperio,
yace envuelto en el misterio …

Aquella noche venían a mi mente esas estrofas rítmicamente una y otra vez. Estábamos detrás de la gran construcción de piedras protegidas por el foso que habían creado nuestros antepasados para protección de los moradores.

.. y en las tinieblas sumido

Hundidos en la niebla de la noche que aquel día comenzó temprano, casi con el atardecer llegaron las primeras nubes y las primeras llovizna que como un buen augurio nos protegían de aquello que estaba enfrente.

Los caballos inquietos relinchaban atados a los palenques, ensillados para el momento de la partida. Las cinchas flojas esperando a ser ajustadas por esos hombres entrenados desde su nacimiento para enfrentar aquel momento, se podía oler el miedo de las bestias.

Cuando se abrieran las puertas y  bajara el puente levadizo. Caballos y cabalgaduras se fundirían en un conocimiento como el de los amantes en el momento del amor descontrolado adolescente.

Desde donde estaba sentado en las escaleras los veía pasar ataviados con sus vestiduras que ya no tenían el resplandor de otros tiempos.

Se escuchaba el chocar de los metales, los petos, los cuchillos, las espadas.

Los herreros al calor de sus forjas, mugrientos, desarrapados, transpirados , trabajan desenfrenadamente contra el tiempo para tallar aquellas armas que volverían con el sabor de la gloria en la boca; o serian entregadas con dolor, entre lagrimas sucias de sudor, tierra y sangre con el fracaso inmerso hasta los huesos.

Venían el resto de las estrofa del aquel poema, las evitaba.

El sonar de las campanas que tañían denodadamente por el resoplar del viento huracanado que aquella noche comenzó como un murmullo, se hacia insoportable aunque nadie parecía escuchar.

Ese viento era beneficioso para las naves que estaban escondidas en el recodo que hace el mar detrás del Monasterio a la espera de desplegar las velas.

Los marinos salieron con el caer de la tarde, protegidos por la niebla. Iban en silencio, uno detrás de otro en formación rígida a ocupar sus puestos con el orgullo marcado en el rostro, en su marcha pisotearon los jardines cuidados con ahínco por orden del abad, que disfrutaba el sentarse a leer bajo los rayos del sol de la primavera que se había ido, dejando paso a un invierno tórrido.

Los perros caminaban, olfateaban con las orejas gachas y el rabo entre las patas, estaban asustados, no entendían que pasaba en ese lugar habitualmente tranquilo.

Todo comenzó cuando la reina se negó rotundamente a entregar a su hija mayor como esposa del hijo del rey de las tierras mas allá de los mares, esa unión generaría una alianza que habría sido repudiada por el pueblo. Lo habían intentado por generaciones y siempre les fue negada la mano de las hijas del reino. En tiempos de reyes hombres cuando el imperio era el mas poderoso entre los reinos, ningún otro soberano se hubiese permitido si quiera pensar una guerra, porque sabían que iban a una derrota segura.

Ahora desde que la reina Ana estaba en el sillón del trono las intrigas eran carne corriente en palacio, cada uno intentaba sacar su propia tajada. Fue uno de los consejeros el que trajo la propuesta de la alianza argumentando que nos beneficiaría con las debilidades del reino, que en este momento no tenía el esplendor de otros tiempos. Desde hacia dos años las inclemencias climáticas hicieron que las tierras quedaran magras, ya no se veían los campos sembrados cuando cruzabas los caminos. Estábamos consumiendo nuestras últimas reservas de granos. Veíamos morir los animales sin poder hacer nada, porque esos pastos duros los envenenaban.

Aquella mañana tres águilas sobrevolaron el Monasterio y Palacio, buenos augurios.

.. de nuestro poder, ya hundido.
Ultimo resto glorioso,
Parece que esta el coloso
Al pie del monte, rendido…

Todos pensaban que la reina era débil, influenciable, que desconocía lo que estaba sucediendo, que únicamente le preocupaban sus vestidos, porque cuando le planteaban los problemas que estábamos teniendo ella no respondía nada, solo sonreía, luego les decía ustedes son inteligentes todos, reúnanse para encontrar la mejor solución. Ustedes son los nobles del reino , los que hicieron que llegáramos a ser lo que fuimos, los que acompañaron a mi padre en su gobierno. Ustedes son los que me darán los mejores consejos y así los mantenía casi en reunión permanente , tejiendo y destejiendo madejas de intrigas y maquinaciones.
Luego de una de esas reuniones apareció la propuesta de casamiento de la hija mayor de la reina, Alegra, con el hijo del rey Hermes.
Los que estábamos cerca de la reina sabíamos que ella les dejaba pensar que era tonta y la llevarían a hacer lo que ellos quisieran. Lo que pocos conocían era que Ana fue preparada por su padre en las artes de gobernar.
Después de muerta su esposa, mujer a la que el rey amo con locura, decidió no volver a casarse a pesar de la insistencia de todos. Con su mujer habían tenido solo una hija , insistían porque querían un varón para que heredase.

El rey había hecho preparar una habitación para la pequeña Ana lindera a la suya y se comunicaban por una puerta de la que pocos sabían de su existencia, estaba disimulada por una gran biblioteca. Solo el rey y después con los años Ana, tenían la llave. Todas las noches el rey esperaba que las doncellas acostaran a Ana y él se presentaba en su habitación donde la entrenaba en la lides de gobernar, lo hizo hasta su último respiro. Cuando Ana creció discutía con ella todos los asuntos del reino.

Ella estaba al tanto de todos y cada uno de los secretos de su padre, sabía perfectamente quien era quien, donde residía el poderío que los había hecho fuertes e invencibles. Por eso, desde que comenzó la crisis, los mantenía a todos en reunión permanente, ella estaba informada de todo lo que se tramaba en esas reuniones, tenía informantes, pocos, pero estaban mezclados entre los miembros del consejo, estaban mezclados entre el pueblo.

Cuando su padre murió transformo su dormitorio en salita de té, nadie se preocupaba cuando éramos invitados a pasar la tarde con la reina a degustar exquisiteces, ella hacia salir a sus doncellas con cara pícara y nos quedábamos solos, así lográbamos trasmitirle información sin que nadie sospechase. Por eso, se enteró antes que nadie del la unión que le propondrían, el objetivo era sacarla del trono para fuese ocupado por su primo Aristóbulo uno de los grandes conspiradores ,él estaba a cargo de la armada real.
Aquella noche como otras noches, se vistió con ropas de aldeana, llamo a Isaías quien estaba a cargo de las cuadras, le pidió que preparara su caballo negro y lo sacara subrepticiamente de palacio como lo había hecho otras tantas noches desde que Ana estaba en el trono.,y como antes había hecho su padre.

Esas noches esperaba que todo estuviese en calma, que no se escucharan mas ruidos y salía por uno de las pasadizos ocultos que estaban debajo de las construcciones de palacio, ese era uno de los secretos que solo lo conocían quienes habían sido reyes, y se trasmitía entre generaciones, desde allí se llegaba al Monasterio o se salía de los límites de palacio. Esos pasadizos eran usados por los reyes para ir a visitar a los magos, los grandes y reales asesores del reino desde hacia siglos, otro de los grandes secretos. Ellos habían sido los responsables de las grandes decisiones reales.

Muchas veces los gobernantes tomaban decisiones que nadie esperaba, que contradecían los dichos del consejo, y nadie se explicaba el porque. La respuesta: lo que el oráculo aconsejó.

En esas andazas cabalgaba conmigo que la esperaba montado con las riendas del caballo en la mano, cuando llegamos la estaban esperando, como siempre que Ana llegaba, ellos sabían.

Salió tres horas después, teníamos que llegar antes que amaneciera, no dijo una sola palabra en todo el recorrido, cabalgamos sin espiro hasta llegar a la puerta que la llevaría a sus habitaciones, estaba amaneciendo. Esa mañana la llamarían a reunión de consejo para comunicarle las buenas nuevas.

Cuando se presentó ante el consejo estaba sonriente, como se presentaba siempre, simulando una inconciencia de todo lo que estaba pasando, saludo con amabilidad y se sentó en su lugar en la cabecera de la mesa. Fue Aristóbulo el encargado de trasmitirle las conclusiones a las que habían llegado dijo: luego de mucho discutir y conversar entre nosotros creemos que es conveniente dadas las condiciones en que hoy se encuentra el imperio que sean aceptado el ofrecimiento que tan generosamente nos ha hecho llegar el rey Hermes, él ofrece para ayudarnos a salir de esta crisis dándonos generosamente granos, animales y alimentos para nuestro pueblo, a cambio sólo quiere que cedas la mano de tu hija Alegra para que se case con su hijo, con esta alianza se aseguran tanto tu como él tener el territorio mas grande del mundo.

Cuando Aristóbulo termino su discurso, Ana les preguntó, y si me niego a esa alianza? Que sucederá?. Estaba vez respondió Francisco el responsable de los impuestos, atacarán, conocen nuestras debilidades, saben que seremos vencidos en la primer batalla. Perderíamos las tierras por las cuales tu abuelo y luego tu padre gobernaron con orgullo. Si cedemos a sus requerimientos nos aseguramos seguir como hasta ahora, cada uno en su trono hasta que tu mueras y tu hija te herede.

Tu me aseguras que solo porque aceptamos una alianza de matrimonio Hermes aceptará darnos comida sin límite hasta que nos recuperemos de esta crisis y para eso no sabemos cuanto falta. Dijo Ana y prosiguió: Según me dijese mi padre nuestras tierras son las mas productivas, ellos apenas pueden sembrar en el 40% de su territorio, como hará para alimentar su pueblo y el mío?, además entiendo que solo tiene ovejas y las están matando porque estos malos tiempos también han llegado a sus tierras, sus ovejas están muriendo por falta de agua, solo mantienen en pie sus caballos porque los necesitan para ir a la guerra.


Se quedaron mirándola incrédulos por lo que estaban escuchando, era la primera vez que ella exponía tan claramente sus ideas.


Ana continuo :nuestro pueblo aun sigue comiendo, no con la misma abundancia, pero según pude observar también paga sus impuestos rigurosamente, a no ser que ustedes me hayan mentido durante todo este tiempo. Entonces no es necesario que hagamos una alianza con Hermes, díganle que para mi es un honor que el quiera la mano de mi hija y que desee tan desinteresadamente ayudarnos, pero es mi obligación continuar con la voluntad de mi padre y mi abuelo de no unir nuestro reino a ningún otro. Cuando finalizó su discurso se retiro a sus aposentos, no dejo a ninguno presentar sus argumentos para tratar de convencerla. Ella había escuchado al oráculo y estaba segura de su decisión.


En los días subsiguientes, desfilaron por su salón de té todos los consejeros, tratando de convencerla, los despedía diciéndoles vean como haremos para enfrentar lo que se avecina. Espero su respuesta al final de la semana.


Mientras tanto ella se reunía cada noche con los generales al mando del ejercito y de la marina sin que Aristóbulo o algún otro ni siquiera los sospechara. Entraba en la taberna a las afueras vestida de aldeana con la capucha de su capa cubriéndole la cara y subía a las habitaciones del capitán, allí formulaba la estrategia a seguir en la guerra que se avecinaba y que sería inevitable. En esa habitación se tejía el destino del reino.


Envío a Alegra al Monasterio, a cargo del Abad que la defendería con su propia vida si fuese necesario. Allí la ocultaron porque estaban seguros que los consejeros tomarían alguna medida desesperada cuando vieran peligrar sus tierras, sus riquezas y sus vidas con una guerra. Día a día seguían insistiendo que era la única solución. No se le ocurría ponerse frente a las tropas a organizar y lo hacían porque Ana se encargaba de que siguieran pensando que ella no se daba cuenta del peligro. Pasaba el día en el salón del té con sus amigas y de vez en cuando recibía a alguno de ellos a quien escuchaba con cara aburrida. Salían de ese salón desesperados.


Mas se desesperaron la mañana cuando se dieron cuenta que Alegra no estaba en palacio. Preguntaban a todos y cada uno, la nana lloraba desesperada suponiendo que habían raptado a la princesa, fueron a contarle a Ana las buenas nuevas y ella comenzó a los gritos, se organizo una búsqueda. Cada consejero al frente de un grupo de soldados


Cuando volvieron, al caer la tarde, Ana los esperaba en la sala del consejo. Todos traían las mismas noticias, ninguno pudo encontrar a Alegra , preguntaron a todos los que fueron encontrado por el camino, nadie la vio. Pero estaban nerviosos y asustados porque además de no encontrar a la princesa, los que mas se alejaron vieron entrar las tropas de Hermes en sus tierras. Eran cientos. Se miraban entre ellos preguntándose que hacer, sin la princesa, no quedaba mas remedio que enfrentarse a la realidad, esa realidad tan temida.


Ana sentada a la cabecera de la mesa escuchaba las noticias en silencio, espero que llegara el último de sus consejeros. Todos escucharon cuando se cerraban las puertas con golpes secos y vieron entrar la guardia real que los rodeó, cada uno de los consejeros tenía dos guardias armados detrás. El capitán a cargo detrás de la reina. Ana de pie les dijo: en momentos extremos hay que tomar medidas extremas, ustedes los caballeros de mi reino, de quien esperaba defendieran estas tierras con su propia vida, solo intentaron convencerme de entregar todo a un rey que desde siempre ha deseado ocupar el trono de mi familia. Ninguno de ustedes se acercó para sugerirme como nos armaríamos para enfrentar esta guerra. Antes de pelear la primer batalla estaban vencidos. Privilegiaron su bienestar y riqueza al bienestar de nuestro pueblo. Es por eso que me veo obligada a tomar estas medidas drásticas.


Los consejeros fueron llevados uno a uno a los calabozos debajo del castillo. Ana se aseguro que ninguno de ellos pudiese informar de sus planes al enemigo. Esta era su guerra y ella la pelearía de frente hasta el final, fuese cual fuese.


Estamos listos para salir de palacio a enfrentarnos a un enemigo superior en fuerzas.


Los aldeanos fueron replegados hasta los confines del monasterio, el abad se encargaría que mujeres y niños estuviesen cuidados y protegidos. Los hombres fueron llamados a empuñar las armas.


Se podían ver desde el castillo las columnas de humo. Estaban incendiando todo a su paso.


Ana frente a sus tropas cumplió hasta el último detalle de la estrategia que armaron en la habitación de la posada.


Ana montó su caballo negro, tan negro como la noche, todos montaron con ella, dio la orden de abrir las puertas y bajar el puente levadizo. Sus tropas se desplegaron detrás en formación. Se podía ver al enemigo en frente con las primeras luces de la madrugada, venían a galope tendido decididos a matar o morir. Nos llamo a todos la atención cuando vimos a Ana asirse de la bandera levantarla haciéndola flamear. Fue sorpresivo, el tronar de cañones enfurecidos disparaban sin cesar, no podían ver desde donde los estaban atacando. Observábamos incrédulos el pandemónium.


Lo que nadie podía saber es que las naves navegaron de noche con el viento del Guadarrama soplando, en medio de la oscuridad de la noche se internaron en las aguas ubicándose en lugares impensados por los enemigos y por nosotros, fue una maniobra arriesgada.


Voltee la cabeza para mirar a Ana, ella solo sonreía.




Recordar, by Mery

Porque darnos vuelta, olvidar y no mirar atrás? Acaso no miramos las fotos de un viaje y nos trae una sonrisa a la boca, se nos iluminan los ojos y nos vienen sentimientos olvidados en algún rincón del alma.?
No nos trae un recuerdo una música a la que escuchamos cuando pasamos por algún lugar y buscamos la excusa para entrar, esperando que ese tema no termine nunca porque nos vuelve a latir el corazón como aquella vez?
Y si sentimos el aroma de una flor, un perfume, una comida ,  y evocamos recuerdos de una casa , una lugar , un hombre , un amor, revivimos sensaciones únicas, porque no importa la edad que tengamos, volvemos a aquel momento  único e irrepetible.
No somos lo que somos hoy por esas historias que vivimos?, ese pasado  nos ha hecho  crecer, seguir, avanzar, detenernos, llorar,  dormir 24 horas y volver a empezar.
Cuando nos damos cuenta que estamos recorriendo un camino conocido donde ya tropezamos una vez, no es ese recuerdo que aparece de repente dar un volantazo a tiempo y tomar otra bifurcación  que nos permite transitar por un camino distinto para ver otros mares, otros campos , otras rutas, otras caras, conocer otros amores?. Solo podemos hacerlo si tenemos la memoria dispuesta a recordar. La habilidad de poder sacar de los cajoncitos de la memoria el recuerdo oportuno en el momento adecuado es lo que nos hace lo que somos.
Ese recuerdo olvidado como un diario en un cajón, nos trae la emoción de una sorpresa cuando aparece de golpe, esta ahí sin explicación , y te preguntas y esto? De donde salió?.
Y están esos otros recuerdos que no vivimos nunca , que vienen de otras vidas, de otras épocas ,de otras memorias, las memorias ancestrales. Será cierto que llevamos  en nuestras células las memorias de otros tiempos, otra gente y otros mundos?.
Podré despojarme de mi pasado, pero no podré olvidar, recuerdo con desapego, porque cada experiencia me hizo crecer, agradezco a todos y cada uno de ellos, el que me hizo reír, el que me hizo llorar, por el que goce , por el que sufrí , todo eso me hizo llegar hasta acá. Las arrugas de mis ojos que no me quiero borrar , me hacen saber que viví, y que viviré mucho mas. Me hacen saber porque estoy parada en mis piernas, de donde saque fuerza donde ya no había. Me hacen saber porque hoy estoy acá.  


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sábado, 4 de mayo de 2013

Un viaje, by Mery

Hacia unas semanas que estaba en Sonsonate ese lugar inhóspito en El Salvador, perdido en el mapa y que solo sus habitantes saben que existe. 
Esa semana había estado averiguando como ir hasta Antigua en Guatemala, me hablaron mucho de ese lugar en el Salvador y sentía la necesidad de ir. 
Aquella mañana me levanté temprano, llovía , esa lluvia tropical que en instante te cala hasta los huesos, y al siguiente un sol brillante hace que tu ropa despida ese humito de la humedad indicando que se está secando. 
Me levanté decidida a partir como fuese, pregunté en el hotel si alguien sabia como llegar y me miraron como siempre me miraban, con una mirada absorta que parecía atenta, pero que no entendían absolutamente nada de los que estaba diciendo. Todos hablamos castellano pero no nos entendemos unos a los otros , nosotros , los argentinos hablamos tan rápido que no permitimos que los que nos están escuchando procesen la información, y se nos quedan mirando con la vergüenza de decir no entendí nada de lo que dijiste. Así que con mi mochila al hombro salí a la búsqueda de algún medio de transporte que me llevara a destino. Pensé en alquilar un auto, pero fue el pensamiento de un instante, fue una especie de delirio pretender encontrar en ese lugar un auto para rentar. Llegué a la terminal de colectivos , allí me enteré que el único colectivo que sale hacia Antigua , había partido temprano por la mañana. Y si, así viajo yo, sin planificar nada, absolutamente nada , siempre me arrepiento en el momento, pero indefectiblemente hago lo mismo en el próximo viaje.
Taxi a la frontera, cruce caminando, entré en Guatemala y me trajo tantos recuerdos olvidados de otra frontera, otro lugar, otro país. Me sorprendió encontrar una oficina de informes donde un joven muy educado me dijo: tome ese micro que esta ahí , bájese en un pueblo que no recuerdo el nombre, y de ahí suba al otro micro que la llevara a Antigua. Me saqué el reloj, lo guardé en el bolsillo de esos pantalones que me acompañan desde hace años y si hablaran contarían historias, quizás hasta recuerde cosas que yo ya he olvidado.
Allí fui, subí al micro donde lo único que faltaban eran gallinas poniendo huevos. Me senté dispuesta a disfrutar del paisaje. Cuando salimos a la ruta se desató una lluvia furiosa y alrededor verde, selva, ruta, olor a vegetación mojada.
Cuando bajé del colectivo para hacer transbordo, a veces me río de mis propios pensamientos, trasbordo es demasiado decir. Entre en otro mundo , otro siglo, otra vida, escaparates revestido son bolsas de plástico negras, esas que usamos para la basura del consorcio. Vendían todo lo que te imagines choclos, comida, frutas, zapatos, ropa, cacharros, yuyos y esos olores exacerbados por la humedad donde se mezcla todo el olor de tierra, los fritos, los asados, la transpiración , los orines, un sahumerio, olores indescriptibles. Mirabas alrededor y había niños corriendo, jugando con perros vagabundos, barro , lluvia y levantas la cabeza, cerros , verdes, verdes opacos, brillantes, casi marrones y esas miradas torvas que me miraban pasar, preguntándose quizás que hace esta gringa aquí.
Así, chapoteando, mojada, preguntado, llegué a subir al otro micro. Idéntico al anterior. Salimos a la ruta y otra vez llegó a mi corazón esa sensación que despierta cuando ando por esos caminos de Dios: tengo en mis bolsillos todas las tarjetas de crédito, dólares, celular, laptop, seguro de salud y para que? En estos lugares nada de esto sirve, siempre tengo esa sensación de desprotección , indefensa es la palabra correcta. Soy la única extranjera en ese micro, me miran extrañados nadie se acerca a hablarte, son reservados, desconfiados, vergonzosos, tímidos, callados, resignados, hoscos de miradas torvas. Si en esos lugares alguien se acerca a hablarte te preguntan de donde sos y decís Argentina, solo en ese momento es cuando la mirada cambia y susurran Maradona, grande el Diego, si supiera cuanta gente conocí por él es un recurso infalible, el gol con la mano a los ingleses, te permite entablar una charla con cualquiera , con una sonrisa cómplice, menos con los ingleses , por supuesto.
En esos pensamientos discurría mi mente cuando el micro se detiene, llegamos a Antigua, Guatemala, bajé caminé unos pasos , surgió en mi una emoción tan grande que luchaba porque no saltaran las lágrimas detrás de los anteojos negros, y tenía que dejarla salir porque era esa emoción que te ahoga. Pocas veces me pasó y cada vez que recuerdo esos lugares me despiertan una sonrisa y la necesidad imperiosa de volver.

Eran las siete de la tarde, había salido temprano, estaba cansada tendía que encontrar rápidamente un lugar donde pasar la noche, pero ese lugar es mágico , seguí caminando por las calles, mirando la gente pasar, algo me llamaba la atención lo sentía en cuerpo, pero no podía darme cuenta que. Me senté en el banco de una plaza y comencé a observar, rubios, altos, blancos, hablando ingles, francés, alemán se mezclaban con los pueblerinos era tal el contraste que te invitaba a seguir mirando y mezclarte entre ellos. Eso me llamó tanto la atención , no me esperaba encontrar ese crisol de razas en ese lugar que jamás había escuchado nombrar acá en este país al sur del mundo.