domingo, 26 de mayo de 2013

Martes de Carnaval, by Sol


Fui vestida de diablo y muy temprano al banquete. Mi disfraz tenía olor a aceite de ricino. Asistí a todos los preparativos de la fiesta. Nadie querría perderse un evento de la familia Arizmendi. Al fin, tendría algo diferente que contar a mis amigas del colegio.

Conocí a Matilde un verano, allá por el año 78, cuando mis padres me llevaban de prepo a ese lugar perdido en las costas de la provincia de Buenos Aires. Tenía entonces, 13 años. Mis compañeras de secundario, frecuentaban lugares más de moda como Villa Gesell y Mar del Plata y a pesar de que mis mejores amigas, compadecidas de mi desdicha, me invitaban a pasar unos días con sus familias, mis padres siempre se negaron. 

Entendí más tarde su decisión: yo asistía por esos días al Nacional Buenos Aires, y el clima político de esa época tenía divididas las aguas… aún en el colegio. Algunos hablaban de desaparecidos y otros defendían a rajatabla el gobierno de facto.

Mi padre, cauteloso, cada vez que yo le pedía opinión al respecto, me respondía: “Hay que escuchar todas las voces Juana. Ahora no lo vas a entender, pero todos tienen sus razones para hacer lo que hacen y eso no significa que tengan razón. El odio, nunca razona bien.”

Mi carácter rebelde insistía: “Pero papá… vos, de qué lado estás?” Y siempre, me respondía igual: “del lado de la paz, Juana”. 

Íntimamente, pensaba que mi padre era un cobarde. Así que por las dudas, cada vez que se desataba una discusión en el colegio… intentaba solo escuchar. Si alguno me preguntaba, decía que era demasiado joven para entender.

Esa tarde de verano… todo cambió.

En Reta, solo hay dos cosas por hacer: renegar con uno mismo y entregarse al atardecer.  El único que trabaja a esa hora, es Febo. Aún en invierno, aún los días de lluvia, el horizonte barre las nubes y por la tarde, durante los diez minutos que demora el sol en hundirse en el mar,  hay función. Un acuerdo tácito circula entre los pobladores: no se admite el fenómeno ante extraños. En verano, cuando a algún turista nota el hechizo, los lugareños se encargan de restarle importancia.

Mi padre, trabajaba en una de las empresas de la familia, y era la mano derecha y el hombre de confianza del Don Arizmendi.  Un martes de carnaval, en esas aburridas playas costeras, mi padre apareció vestido de traje  (siempre venía los fines de semana) y con voz muy seria me dijo: “Juana, vestite. Nos vamos a visitar a los Arizmendi.” Mi madre intentó dibujar una sonrisa cuando mi rostro se contagió de espanto: “¿Pasa algo mamá?” “Nada querida, papá tiene una reunión urgente de negocios… tranquila, mientras tanto, nosotras vamos a casa a ponernos lindas, Don Adolfo nos invitó a una fiesta de disfraces”.

Si bien sabía que los dueños de la empresa donde trabajaba papá, tenían una casa cerca del pueblo, nunca nos habían invitado formalmente. La mansión Arizmendi, era una leyenda en Reta… y tan misteriosa como sus atardeceres.

Papá nos llevó a la casa que alquilábamos todos los veranos, a una calle de la playa y partió raudamente sin dar explicaciones. Mamá, como era su costumbre, no preguntó nada. A pesar que podía percibir que mi padre estaba ocultándome algo grave –nunca lo había visto tan serio y preocupado- mamá se encargó de restarle importancia.

Yo estaba un poco decepcionada: la única noche divertida en Reta, era el martes de carnaval. Ese día, como todos los años, después de la cita obligada al atardecer en la playa, cuando el sol dejaba a todos absortos en su deslumbre habitual, los adultos encendían miles de velas en improvisados candelabros de cartón enterrados en la arena (el viento, es igual en toda la costa) y los niños, disfrazados, nos divertíamos tratando de adivinar quién se escondía tras el antifaz.

Ese día, me invadió una sensación ambigua. Ya me sentía grande para andar disfrazada pero a la vez, me daba nostalgia no asistir al único evento popular de  Reta… Por otro lado, la fiesta en la mansión era realmente tentadora. Con el correr de las horas, mi entusiasmo fue creciendo, de la mano por develar el misterio de la familia Arizmendi.

Un auto muy lujoso nos pasó a buscar a las siete y media. Faltaba una hora para el atardecer. Mi mamá me había contado, que la hija mujer de la familia, había regresado esa tarde de Europa. Matilde, tenía en ese entonces 14 años, y desde los doce, residía en un colegio pupila en las afueras de Londres para perfeccionar su inglés.

Nunca voy a olvidar el camino de sauces y pinos que bordeaba el camino después de la tranquera que franqueaba el ingreso a la estancia. El sol teñía miles de verdes y sombras veloces acariciaban nuestro paso.

Al fondo, la silueta de la mansión se recortaba perfecta, en el horizonte marino.  El chofer nos dejó en la puerta de la entrada principal, ingresando por un cul de sac.

Nos recibió el ama de llaves que sonrió divertida ante mi disfraz. Me alegró tener un antifaz que velara mi timidez. Enseguida se acercó la dueña de casa para invitarnos a pasar a la galería, frente al mar, donde estaban dispuestas varias mesas pequeñas y juegos de living, para confort de los invitados. Mi madre y yo, éramos las primeras en llegar. La Señora Pilar nos hizo sentir como en casa. Enseguida nos pidió disculpas por aún estar con los preparativos de la fiesta y ordenó que nos trajeran algunos canapés para comer.

Ahí nomás, apareció Matilde, con un etéreo disfraz de ángel “Vos debés ser Juana, vení, vamos a caminar por la playa antes que empiece la fiesta.” Enseguida nos hicimos amigas. Me contó que su hermano había egresado del Nacional Buenos Aires y que ahora, estaba en primer año de abogacía en la UBA. A ambas nos gustaban los Bee Gees y The Beatles, odiábamos hablar de política y Reta casi por igual, nos quejábamos de nuestros padres y los chicos de nuestra edad nos parecían tontos y horribles. Matilde se acordó  que había conseguido una foto autografiada de Lennon, en un bar de Liverpool. Así que me tomó de la mano y me llevó a la rastra a su cuarto para mostrármela. Entramos como trombas a la casa y subimos las escaleras muertas de risa. Cuando llegamos al descanso, me dice por lo bajo que en el escritorio, estaban reunidos su papá con el mío. “Ah si –le dije- hoy mi papá vino muy preocupado… sabés algo?” “Que raro… el mío también… es más, adelantaron la fecha de mi llegada una semana y me dijeron que era por la fiesta, y que mamá se había confundido la fecha, pero mucho no le creí…”.

Nos miramos un instante, Matilde me tomó de la mano y me llevó al balcón de su cuarto, el cual, lindaba con el ventanal del escritorio. Nos quedamos allí en silencio y los oímos conversar.  Hablaban de Eduardo, el hermano de Matilde. Al parecer, militaba en la juventud peronista a espaldas de su padre y  dos noches atrás, había asistido a una reunión en una clandestina unidad básica junto con dos amigos y no habían vuelto a saber de él. Su madre, aún no sabía nada. 

Matilde palideció al instante y me abrazó. No recuerdo cómo llegamos nuevamente a la playa. Justo a esa hora, estaba cayendo el sol. Una nube negrísima oscureció el cielo y un viento huracanado nos llenó de arena. Unos metros más allá, las copas de cristal que había sobre la mesa, se estrellaron contra el piso.

De pronto, un silencio eterno y negro, cubrió el cielo y se hizo de noche. No sé cuántas horas pasamos en la playa. No hubo fiesta, ni más vacaciones en Reta.


Esa noche, murió nuestra inocencia y nació una amistad. Papá tenía razón: el odio, nunca razona bien.  

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