Los viejos
están sentados en el banco, rotundos como estatuas. Los hombros caídos, los
años, como surcos, dibujados en los gestos.
La vida les pesa en la espalda.
Él, apenas le sostiene la mano. Ella se deja, como si ya nada importara. A sus
pies, dos gorriones se disputan un pedazo de pan mojado.
Un gato
camina acompasado y elegante, rodeando un charco en la vereda. El viento le
sopla en la cara el aleteo de sus víctimas.
Gira un poco su cabeza y los ve, ajenos a su presencia. Con la destreza
con la que un arquero tensa la cuerda y apunta la flecha acomoda, lento, su
cuerpo en dirección al blanco. Relame su victoria anticipando un círculo
alrededor de sus bigotes.
Una mosca,
revolotea sobre restos de comida que asoman de una bolsa. No hay tiempo para divertirse.
El instinto apremia.
Baja un poco
la cabeza y calcula la distancia. Se agazapa al suelo y armoniza sus
movimientos en cámara lenta. Sabe que en instantes, tendrá que elegir.
Elegir. Hace
mucho que no hacen nada de eso. Ni
siquiera saben si están juntos por amor o costumbre. No se lo preguntan,
tampoco. ¿Acaso, no hay amor en las costumbres? Levantarse tempranito, ni bien
asoma el sol, y desandar la cuadra y media a golpe de bastón hasta la
panadería.
Ella es un
poco más remolona, y pone los pies en las chinelas gastadas, ni bien la puerta
se cierra, para poner el agua en el fuego. Él regresa poco después, con un
cuarto de miñones y el diario de ayer, que le regalan en el bar de enfrente.
Todas las noticias son tardías. Qué más da.
Les gusta tomar
mate en la vereda. Se contentan mirando una y otra vez, la rutina de sus
vecinos. Verónica es la primera en salir, a las siete y media en punto. Abre el
portón, se asoma un poco asustada (ha habido muchos robos en los últimos años)
y busca cruzar la mirada con la de ellos. Entonces sonríe. Se mete en el viejo
VW 1500 y les grita a los chicos que se apuren. Los melli, hacen justo lo
contrario: arrastran los pies hasta subirse al auto.
-
-Vas a ver que ahora vuelven porque se olvidan algo- Le anticipa.
Arrancan,
avanza unos metros y frena. Sale uno de los melli corriendo de nuevo para la
casa.
Él la mira y
sonríe satisfecho de su predicción. Ella se fastidia un poco.
-
-Vaya
novedad, todos los días hacen lo mismo.-
Su hija
Laura vive en Buenos Aires. Viene de vez en cuando, a llenarles la heladera, y
un poco el corazón de historias nuevas.
Igual, respiran aliviados cuando se va. Es como una pequeña batalla
ganada. Es que Laura está empecinada en llevarlos a un asilo, cerca de su casa.
Les dice que estaría más tranquila, que ellos estarían más cuidados, que la
casa se está viniendo abajo… No quieren saber nada. Hace más de 60 años que
viven en La Plata. Sesenta años.
Hoy no salió
el sol. Tampoco pudo ir a comprar el pan. Ni siquiera, pudieron dormir.
Pasaron
la noche sin luz, arriba la mesa, abrazados.
Recién a las
cuatro empezó a bajar. Todavía está inundada la calle. Ella está descalza.
El
agua se llevó hasta sus chinelas. Afuera, desastre y desolación. Verónica, les acercó un banco para que pudieran
sentarse a esperar a Laura. El viejo VW
1500, está media cuadra más allá, amontonado entre un árbol y la vereda.
Los únicos
contentos son los melli, que por suerte, no irán al colegio.
Hoy el olvido, se
apoderó del barrio.
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