domingo, 26 de mayo de 2013

Desidia, by Sol

Los viejos están sentados en el banco, rotundos como estatuas. Los hombros caídos, los años, como surcos, dibujados en los gestos.  La vida les pesa  en la espalda. Él, apenas le sostiene la mano. Ella se deja, como si ya nada importara. A sus pies, dos gorriones se disputan un pedazo de pan mojado.

Un gato camina acompasado y elegante, rodeando un charco en la vereda. El viento le sopla en la cara el aleteo de sus víctimas.  Gira un poco su cabeza y los ve, ajenos a su presencia. Con la destreza con la que un arquero tensa la cuerda y apunta la flecha acomoda, lento, su cuerpo en dirección al blanco. Relame su victoria anticipando un círculo alrededor de sus bigotes.  

Una mosca, revolotea sobre restos de comida que asoman de una bolsa. No hay tiempo para divertirse. El instinto apremia.

Baja un poco la cabeza y calcula la distancia. Se agazapa al suelo y armoniza sus movimientos en cámara lenta. Sabe que en instantes, tendrá que elegir. 

Elegir. Hace mucho que no hacen nada de eso.  Ni siquiera saben si están juntos por amor o costumbre. No se lo preguntan, tampoco. ¿Acaso, no hay amor en las costumbres? Levantarse tempranito, ni bien asoma el sol, y desandar la cuadra y media a golpe de bastón hasta la panadería.

Ella es un poco más remolona, y pone los pies en las chinelas gastadas, ni bien la puerta se cierra, para poner el agua en el fuego. Él regresa poco después, con un cuarto de miñones y el diario de ayer, que le regalan en el bar de enfrente. Todas las noticias son tardías. Qué más da.

Les gusta tomar mate en la vereda. Se contentan mirando una y otra vez, la rutina de sus vecinos. Verónica es la primera en salir, a las siete y media en punto. Abre el portón, se asoma un poco asustada (ha habido muchos robos en los últimos años) y busca cruzar la mirada con la de ellos. Entonces sonríe. Se mete en el viejo VW 1500 y les grita a los chicos que se apuren. Los melli, hacen justo lo contrario: arrastran los pies hasta subirse al auto.
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     -Vas a ver que ahora vuelven porque se olvidan algo- Le anticipa.

Arrancan, avanza unos metros y frena. Sale uno de los melli corriendo de nuevo para la casa.

Él la mira y sonríe satisfecho de su predicción. Ella se fastidia un poco.
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     -Vaya novedad, todos los días hacen lo mismo.-

Su hija Laura vive en Buenos Aires. Viene de vez en cuando, a llenarles la heladera, y un poco el corazón de historias nuevas.  Igual, respiran aliviados cuando se va. Es como una pequeña batalla ganada. Es que Laura está empecinada en llevarlos a un asilo, cerca de su casa. Les dice que estaría más tranquila, que ellos estarían más cuidados, que la casa se está viniendo abajo… No quieren saber nada. Hace más de 60 años que viven en La Plata. Sesenta años.

Hoy no salió el sol. Tampoco pudo ir a comprar el pan. Ni siquiera, pudieron dormir. 

Pasaron la noche sin luz, arriba la mesa, abrazados.

Recién a las cuatro empezó a bajar. Todavía está inundada la calle. Ella está descalza. 

El agua se llevó hasta sus chinelas. Afuera, desastre y desolación. Verónica,  les acercó un banco para que pudieran sentarse a esperar a Laura.  El viejo VW 1500, está media cuadra más allá, amontonado entre un árbol y la vereda.


Los únicos contentos son los melli, que por suerte, no irán al colegio. 

Hoy el olvido, se apoderó del barrio.  

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