Un largo pasillo de damero es el tablero de ajedrez, donde
se teje esta historia. Estoy ansiosa por mudarme. Cada vez que abro la puerta,
un olor extraño, difícil de describir, me invade y me deprime.
Jorge y María, viven adelante. Son un matrimonio mayor.
Ella, completa la magra jubilación cocinando para afuera. Juana, su joven
vecina de enfrente, levanta los pedidos al mediodía de un edificio de oficinas
que está en la esquina y después, se encarga del reparto.
Pero hace muchos meses ya, que a María le cuesta mucho estar
de pie. Así que como ahora vienen las vacaciones, decidió que era hora de
operarse de la cadera. Su hijo la acompañó a hacerse todos los estudios y tiene
fecha para la semana que viene.
Jorge, está casi todo el tiempo ausente, parálisis facial,
Alzheimer y Parkinson hacen lo suyo para arrastrar su cuerpo de la silla a la
cama.
Carlos, hermano de María, vive atrás con su mujer, Ana. Él
es sordo como una tapia. Sé todos sus movimientos por los gritos de ella: Cerrá
la puerta, Carlos, por favor!!! Te olvidaste abierta la canilla!!! Apagá la
luz!!! Que te llaman por teléfono!!! Tu hermanaaaaaaaaaaa!!! Te llama tu
hermana!!!! Cómo que hermana? Y así todas las noches.
Por suerte, pronto sus gritos dejarán de sobresaltarme.
Hoy, como todos los días, llegué de trabajar a eso de las
siete. La puerta del pasillo estaba abierta, pedí permiso y ni bien entré, un
fuerte olor a gladiolos y claveles inundo mi nariz antes que pudiera ver la
fila de coronas apoyadas en la medianera. Saludé a algunos conocidos y
enseguida Ana salió a mi encuentro.
Ana: - Ay, Carlita. Que suerte que llegaste, corazón. Estamos
de velorio. Jorge tuvo un paro cardíaco esta mañana y ahora lo estamos velando…-
Yo: -¿Acá? Que macana-
Ana: - Si, María no tiene plata para el velorio. Y bueno, era esperable. Mejor para él. Vos no
podrías prepararnos café? Ella está agotada, y hay que atender toda esta gente…-
Yo: -Si, no te preocupes-
Entré. Nadie parecía demasiado preocupado, excepto María,
que estaba sentada al lado el cajón, con la mirada perdida. Me arrodillé a su
lado y le di un abrazo.
Yo: -Lo siento mucho, ahora te preparo un café, querés?-
María: - Gracias querida. La verdad, lo necesito-
Cuando volví de la cocina, estaban las dos conversando.
Apoyé la bandeja en la mesita del living, detrás de ellas y me dispuse a servir
el café.
María: -Que desgracia, por Dios-
Ana: - Bueno, por lo menos, terminó-
María: - Sé. Pero me tuvo que joder hasta el último día de
su vida. No podía haber esperado a que me opere, eh? Sabés lo que me costó
conseguir el turno para la cirugía en Pami, hacerme los estudios y tomar la
decisión? Ahora voy a tener que postergar todo. Mañana a las 9 tendría que
estar en el hospital – mirando al muerto- Sos un egoísta. Y tuviste que serlo
hasta el último minuto-
Ana: - Vos te quejás? Mirá a tu hermano- señalando a Carlos,
que estaba entretenido mirando hacia afuera por la ventana-, hace años que no
me toca, desde que Carlita se casó que tiene un amante, y encima, me lo tengo
que bancar en casa-
María: -No sé qué es peor, mirá. A mí, éste –señalando otra
vez al muerto con la cabeza- me buscó hasta hace poco-
Ana: - ¿Todavía le funciona?
María: - Naaaaa, que va. Los recuerdos le funcionan. La “cosa” no. Se murió mucho antes que él-
Ana: - Ah, pero que viejo asqueroso –
Suficiente. No quería oír más. Me acerqué, les dí el café
con una sonrisa y enfilé a la puerta. Respiré profundo y por fin, pude
identificar ese olor. Era olor a amores muertos. Hasta me parecieron
apropiadas, las coronas.
No sé por qué, uno tiene que mirar antes de irse. Mirar
atrás, digo, a lo que se está por dejar. Sería mejor empezar enseguida el largo
trabajo del olvido. Pero se mira, siempre.
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