domingo, 26 de mayo de 2013

Radio Pasillo, by Sol

Un largo pasillo de damero es el tablero de ajedrez, donde se teje esta historia. Estoy ansiosa por mudarme. Cada vez que abro la puerta, un olor extraño, difícil de describir, me invade y me deprime.

Jorge y María, viven adelante. Son un matrimonio mayor. Ella, completa la magra jubilación cocinando para afuera. Juana, su joven vecina de enfrente, levanta los pedidos al mediodía de un edificio de oficinas que está en la esquina y después, se encarga del reparto.

Pero hace muchos meses ya, que a María le cuesta mucho estar de pie. Así que como ahora vienen las vacaciones, decidió que era hora de operarse de la cadera. Su hijo la acompañó a hacerse todos los estudios y tiene fecha para la semana que viene.

Jorge, está casi todo el tiempo ausente, parálisis facial, Alzheimer y Parkinson hacen lo suyo para arrastrar su cuerpo de la silla a la cama.

Carlos, hermano de María, vive atrás con su mujer, Ana. Él es sordo como una tapia. Sé todos sus movimientos por los gritos de ella: Cerrá la puerta, Carlos, por favor!!! Te olvidaste abierta la canilla!!! Apagá la luz!!! Que te llaman por teléfono!!! Tu hermanaaaaaaaaaaa!!! Te llama tu hermana!!!! Cómo que hermana? Y así todas las noches.

Por suerte, pronto sus gritos dejarán de sobresaltarme.

Hoy, como todos los días, llegué de trabajar a eso de las siete. La puerta del pasillo estaba abierta, pedí permiso y ni bien entré, un fuerte olor a gladiolos y claveles inundo mi nariz antes que pudiera ver la fila de coronas apoyadas en la medianera. Saludé a algunos conocidos y enseguida Ana salió a mi encuentro.

Ana: - Ay, Carlita. Que suerte que llegaste, corazón. Estamos de velorio. Jorge tuvo un paro cardíaco esta mañana y ahora lo estamos velando…-

Yo: -¿Acá? Que macana-

Ana: - Si, María no tiene plata para el velorio.  Y bueno, era esperable. Mejor para él. Vos no podrías prepararnos café? Ella está agotada, y hay que atender toda esta gente…-

Yo: -Si, no te preocupes-

Entré. Nadie parecía demasiado preocupado, excepto María, que estaba sentada al lado el cajón, con la mirada perdida. Me arrodillé a su lado y le di un abrazo.

Yo: -Lo siento mucho, ahora te preparo un café, querés?-

María: - Gracias querida. La verdad, lo necesito-

Cuando volví de la cocina, estaban las dos conversando. Apoyé la bandeja en la mesita del living, detrás de ellas y me dispuse a servir el café.

María: -Que desgracia, por Dios-

Ana: - Bueno, por lo menos, terminó-

María: - Sé. Pero me tuvo que joder hasta el último día de su vida. No podía haber esperado a que me opere, eh? Sabés lo que me costó conseguir el turno para la cirugía en Pami, hacerme los estudios y tomar la decisión? Ahora voy a tener que postergar todo. Mañana a las 9 tendría que estar en el hospital – mirando al muerto- Sos un egoísta. Y tuviste que serlo hasta el último minuto-

Ana: - Vos te quejás? Mirá a tu hermano- señalando a Carlos, que estaba entretenido mirando hacia afuera por la ventana-, hace años que no me toca, desde que Carlita se casó que tiene un amante, y encima, me lo tengo que bancar en casa-

María: -No sé qué es peor, mirá. A mí, éste –señalando otra vez al muerto con la cabeza- me buscó hasta hace poco-

Ana: - ¿Todavía le funciona?

María: - Naaaaa, que va.  Los recuerdos le funcionan. La “cosa” no.  Se murió mucho antes que él-

Ana: - Ah, pero que viejo asqueroso –

Suficiente. No quería oír más. Me acerqué, les dí el café con una sonrisa y enfilé a la puerta. Respiré profundo y por fin, pude identificar ese olor. Era olor a amores muertos. Hasta me parecieron apropiadas, las coronas. 


No sé por qué, uno tiene que mirar antes de irse. Mirar atrás, digo, a lo que se está por dejar. Sería mejor empezar enseguida el largo trabajo del olvido. Pero se mira, siempre. 

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