Si dejo la luz encendida ella va a saber que la espero. Todos los días cuando sale de trabajar, pasa
por la puerta de casa y me toca el timbre para dejarme el pedido.
Yo trato de estar a esa hora. Corro para llegar a esa hora a
casa. No puedo dejar de pensar en ella todo el día. Desde el bondi, llamo al almacén para pedirle
cualquier boludez y le digo si me lo pueden entregar en casa. Primero lo hacía
una vez por semana. Ahora llamo todos los días. Es como una obsesión: un cuarto
de galletitas, medio kilo de queso mantecoso, la leche, el pan lactal…
cualquier cosa. Cualquier cosa. Supongo que ella viene porque le dejo propina.
Debe pensar que soy un chiflado porque pobrecita, me entrega las cosas, mira el
piso me agradece y se va casi corriendo. Esos ojos tan negros, el pelo lacio,
es igual, te juro que es igual a Natalia.
No me animo a preguntarle nada. Parece tan frágil que tengo
miedo de romperla. Ni siquiera me animo a preguntarle el nombre. Mucho menos el
apellido. No sé. Me agarra pánico. No quiero lastimarla. Mirá si es? Que hago
si es? Mirá si ella no tiene ni sospechas?
No, no me animo. Pero lo peor,
lo peor sería averiguar que esa chica no es mi nieta. Y caer otra vez en la desesperanza
y el olvido. Prefiero seguir así, con la ilusión que finalmente la encontré.
Total, ya me falta poco. Tengo 90 años. No quiero buscar más. Por ahí algún
día, se apiada de este viejo y me deja ser su abuelo de prestado. Quiero llegar
a la tumba, con esta mentira cierta.
Total, que más da.
Sol
21/11/2013
Sol
21/11/2013