Publicación de los cuentos cortos que escribimos en el taller. Tu comentario nos ayuda a mejorar. Muchas gracias.
martes, 11 de junio de 2013
La cantante
Se llamaba Haydee, le decían la Gardela.
Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora. Se había comprado un vestido, el otro estaba tan gastado que era transparente, lustro los viejos zapatos con tacón muy alto, que habían pasado varias veces por el zapatero para que arreglara las marcas del tiempo.
El estaba acostado en el viejo camastro de su pieza en el conventillo, miraba el techo tratando de dormir agotado del dia e la fabrica limpiando los pisos y cargando bolsas, al menos la changa de ese día le había dado para comer a la noche un sanguche de milanesa completa y desayunar un mate cocido con pan a la madrugada siguiente antes del entrenamiento.
Esa noche ella cantaba en el viejo burdel de la Boca donde los jueves a la noche concurrían los niños bien. Dejaban buenas propinas, borrachos de alcohol, cigarros caros y mujeres baratas, con los labios pintados de rojo brillante, zapatos con taco aguja, que escondían su pobreza tras grandes sonrisas y vestidos gastados con remiendos disimulados en largas y llamativas bufandas. Las noches de jueves eran las mejores se aseguraban la comida de una semana con la guita que le esquilmaban a la muchachada que buscaba nuevas experiencias que las señoritas de sociedad no se las darían y esas mujeres les hacían creer que eran los mejores.
Los vecinos de la pieza de al lado no lo dejaban dormir, como tantas noches se trenzaban en una pelea interminable y comenzaban a los gritos cuando él llegaba borracho y al intentar abrir la puerta tratando de meter la llave en la cerradura de la pieza despertaba a su mujer y al crio que dormía en un colchón tirado al lado de la cama.
Cuando el piano comenzaba a sonar se hacía silencio en el burdel, era el preludio a que ella empezara a cantar con esa voz de zorzala que cautivaba a los presentes haciendo vibrar las fibras recónditas de los duros corazones de mujeres cansadas de acariciar y sonreír , fingiendo pasión para satisfacer las necesidades de los demandantes clientes. A esas mujeres, que noche a noche vendían su cuerpo y su alma, cuando la Gardela cantaba se les llenaban los ojos de lágrimas y recordaban que tenían un corazón, que alguna vez habían amado.
Terminaron los gritos de reproches, el llanto del niño, ahora podría dormir, el reloj sonaría a las cinco y quedaba poco tiempo, debía que descansar para enfrentar el día siguiente. Toda su vida había sido siempre igual, mendigando un poco de comida porque su madre con el trabajo de sirvienta no llegaba a alimentar a los nueve hijos que tenía. Dormían todos juntos en una pieza que su madre mantenía limpia y brillante. Ahora tenía la oportunidad de salir de esa vida y no la iba a desperdiciar por nada.
Haydee esa noche cantaba en el burdel de la boca, cuando él ganara esa pelea la sacaría de esa vida que ella odiaba pero era la que le daba de comer, le compraría una casita donde vivirían juntos. Hacía cuatro años la había conocido en el club, ella cantaba, lo había cautivado con su voz, durante un mes iba al club todos los sábado para escucharla cantar, era la única noche de la semana que se acostaba tarde. La miraba desde lejos con las manos metidas en los bolsillos, embelesado se olvidaba de todo lo malo que le había pasado en la vida. El último sábado de mayo cuando bajo del escenario se animo a hablarle porque había juntado unos mangos con las changas de la semana y podría invitarla a tomar un café. Ella le aceptó el café, se sentaron en una mesa del club alejada del gentío que danzaba y comenzaron a hablar, conversaron toda la noche, el no le dijo que tenía que volver a su pieza, que necesitaba dormir para estar descansado para el entrenamiento del día siguiente, y ella no le dijo que tenía que volver al conventillo porque la esperaba su hijo de siete años que lo dejaba durmiendo solo.
Cuando se separaron quedaron en encontrarse el sábado siguiente, ambos ansiosos esperaban ese día de la semana, el hizo lo imposible para juntar unos pesos para pagarle el café, esa vez le permitió que la acompañara hasta el lugar donde vivía, asi fue durante varios sábados hasta que se animó a darle un beso, fue un beso cariñoso, tranquilo, ese beso de dos personas que se conocen mucho y hace tiempo, ese beso con un abrazo desesperado, él le apoyo la cabeza en su pecho y ella se quedo ahí como descansando del cansancio del día, de la semana, de la vida. Se sintió protegida, cuidada, el era un hombre fuerte, de músculos entrenados, con una mirada triste, esa tristeza que da la pobreza. Ella nunca había sentido tanta calidez como en ese abrazo, quería que nunca terminara y el sintió una emoción que no sentía desde niño.
Porque recordaba esa noche en particular hoy?, el recuerdo no lo dejaba dormir y las horas pasaban.
Ella esa noche no canto como con la calidez habitual, estaba distraída, sería porque cantaba por primera vez en ese burdel?. Estuvo todo el día pensando en lo mismo, después de la pelea de Andrés esa vida terminaría, podría estudiar canto, perfeccionarse y cantar en los mejores clubes de Buenos Aires, se irían a vivir juntos a una casita que ya habían visto. Faltaba un mes. Habían esperado tanto esa pelea. Durante esos años charlaron, soñaron, imaginaron, no tenían dudas que ganaría y eso le cambiaría la vida a los dos.
Termino de cantar, salió a la calle apurada, quería llegar al conventillo lo más rápido posible, había ganado buen dinero, los jóvenes de la sociedad dejaban buenas propinas y el dueño del burdel pagaba bien la noche. Faltaba poco para no volver a ese lugar. Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora, no se dio cuenta que la seguían, sólo sintió un golpe muy fuerte en la cabeza y un dolor en el costado derecho donde están las costillas, se derrumbó en piso con un golpe sordo, le arrancaron la cartera, sangraba, se arrastró como pudo tratando de volver al burdel.
El se entero el sábado de lo que había pasado cuando fue al club para escucharla cantar y después tomar un café, cuando entro escucho otra voz cantando, le extraño, le preguntó al cantinero por ella. Salió desesperado y comenzó a correr a buscarla, llegó al conventillo agotado, golpeó la puerta llamando a Haydee con gritos desgarradores. Nadie le respondió. Estaban todos fuera velando a la Gardela.
jueves, 6 de junio de 2013
Decisiones - by Mery
Un golpe en la puerta que se cerraba, sonó como un disparo.
Aquel día había comenzado como otros tantos, se levanto temprano para ir a trabajar, desayuno, se cambio, el dormía, siempre había sido así, ella era la que se levantaba temprano y trataba de no molestarlo, en realidad también le gustaba estar sola por la mañana y disfrutar del silencio.
Salía temprano siempre a la misma hora, no sabía a que hora retornaba. Por la noche se encontraban en la casa donde vivían juntos, cenaban, se acostaban, miraban un rato televisión, ella se dormía y el continuaba despierto por unas cuantas horas mas.
Desde hacia unas semanas que lo veía raro, extraño, pero como siempre, cerrado, en un mutismo total, cuando ella se lo preguntaba se lo atribuía a razones laborales.
Aquel día llego más temprano que lo habitual, el estaba en casa, se sentó frente a ella, le dijo que hacia un tiempo que ya no se sentía cómodo con esa relación que quería separarse un tiempo y ver que le sucedía, que ya no sentía lo mismo, y todas las cosas que hombre le dice a una mujer cuando quiere dejarla.
Ella no quiso escucharlo, no podía entender que sucedía, lo miro, se sentó, pensó un rato que sería lo mejor, ese hombre al que tenía delante a quien amaba, no cambiaria de opinión, cuando quería algo lo hacía, no importaba lo que los demás pensaran.
Está bien, tomate el tiempo que consideres necesario y se fue al dormitorio, no pidió explicaciones, tampoco las quería, no necesitaba escuchar ,, en el fondo de su alma sabia que esto sucedería.
El también la conocía, sabía que ella no le pediría explicaciones, nunca pedía explicaciones de nada, dejaba que él le contara lo que quería contarle, nunca indago en sus cosas, nunca lo persiguió, nunca dudo, siempre creyó en todo lo que le decía, confiaba. Por eso se sentía tan mal, hacía mucho tiempo que la estaba engañando con otra mujer.
Una mujer distinta en todo, era lo que el necesitaba en ese momento de su vida, una mujer que no fuera tan independiente, que lo necesitara mas allá de lo afectivo, que su trabajo no fuese tan importante , que lo esperase con la cena , la mesa puesta. Ella no le daba ninguna de esas cosas, nunca se lo había dado, tampoco él se lo pidió, pero al conocer a Alicia todo eso se transformó en una necesidad y no quería dejar la oportunidad de tener lo que deseaba.
Estaba seguro de lo que estaba haciendo no dudaba.
Después de aquella corta conversación, cuando dejó su casa en la que habían vivido juntos durante quince años, no habían vuelto a hablar, él tenía que volver en algún momento a buscar sus cosas, se fue sin nada. No se animaba a volver a enfrentarla, decidió que lo mejor sería pasar por el departamento a la tarde, para no verla. Era una actitud cobarde, lo sabía, pero no tenía el coraje para enfrentarla.
A las tres de tarde llegó a la que fue su casa sabía que ella a esa hora no estaba, subió al ascensor sintiéndose culpable por lo que haría, pero estaba convencido, era lo mejor para los dos. Puso la llave en la cerradura intentó abrir la puerta, no pudo, había cambiado la cerradura?. Intentó nuevamente, efectivamente, cambió la cerradura. Sonrió, lo conocía tan bien, si quería sus cosas tendría que pedirlas, y volver a verla.
Se fue, sería difícil.
Cuando llegó a casa de Alicia, ella le preguntó, trajiste tu ropa? – . Le contó lo había sucedido, -que vas a hacer?, son tus cosas y tenes que traerlas – afirmó.
No entendía porque le costaba tanto llamarla, lo había intentado varias veces, pero cada vez que se enfrentaba al teléfono lo invadía un desasosiego que no podía explicar.
Alicia todas las noches insistía con lo mismo, era el único tema del que hablaban, insistía con mucho tesón que debía traer sus cosas y hacer la división de todo lo que tenían en común. –No puede ser que ella se quede con todo- repetía como un disco rayado.
Ella no había llamado ni una vez por teléfono. ¿Cómo estará?.
Al cabo de un mes había hartado de Alicia, no le alcanzaba todo lo que él había supuesto que lo haría feliz, no le alcanzaba, necesitaba otras cosas, extrañaba a su mujer.
Decidió ordenar su vida, alquiló un departamento donde vivir solo, tenía que recuperarla y para eso su vida debía estar en orden, ella no aceptaría otra cosa.
Dejar a Alicia no fue fácil, hubo llantos, crisis, desesperación, interminables llamadas por teléfono a cualquier hora, del día y de noche. No podía volver a Fernanda hasta no poder terminar con Alicia y eso no sabía cuándo sería, se presentaba a cualquier hora en su empresa, lo esperaba horas en la puerta. Si seguía así se volvería loco. El colmo fue el día que salía a una reunión con su secretaria y Alicia le hizo una escena de celos en plena calle a la luz de día en frente a varios de sus empleados que salían a almorzar.
Ese día, le dijo a la secretaria que suspendiera la reunión, tomo a Alicia del brazo , la subió al taxi que lo estaba esperando en la puerta, la llevó hasta su casa, cuando llegaron a la puerta la amenazó con pedir una orden de restricción si continuaba en la misma actitud, no podía seguir soportando a esa mujer.
Después de esa conversación con Alicia las cosas se fueron calmando de a poco no se presentó más en la oficina, ni en su departamento. Continuaba llamando, pero él no respondía a sus llamadas.
Habían pasado seis meses desde dejó a la que fue su mujer.
La llamó al celular varias veces, sin respuesta. Se lo merecía. Llamo a la oficina donde ella trabajaba. Lo sorprendió escuchar que no trabajaba mas ahí, ella amaba ese lugar.
Insistió en su casa al teléfono fijo, sin respuesta.
Finalmente decidió llamar a la mejor amiga de su ex, quedaron en encontrarse a la seis de la tarde. Se sentaron, pidieron una gaseosa cada uno, sin reparos le contó que estaba tratando de comunicarse con Fernanda. Lo que escuchó lo desbastó.
Después que él se fue, Fernanda se metió en la cama, lloró por horas, por días hasta quedarse sin aliento, le dolía el pecho, le dolía el alma. Un mes después de seguir viviendo y cumpliendo con todas sus obligaciones como un autómata, renunció al trabajo, canceló su celular, cerro las cuentas de mail, sacó un pasaje de avión, se fue, hacia meses que nadie conocía su paradero.
miércoles, 5 de junio de 2013
Cenizas para dos, by Sol
Son jóvenes. No les importa que el viento les desordene el
pelo y la ropa. Buscan un farol para iluminarse y se miran para reconocerse y
tranquilizarse. Hacen planes.
Lo único atemporal, es el amor.
Se enciende una luz: un hombre y una mujer llegan a su casa.
Él se frota las manos: está contento, ella lo mira y da vuelta la cara. Se
desnudan sin mirarse. Ella tiene los pechos fláccidos. Él se palpa el vientre
gordo. Viejos gladiadores.
Hace mucho que imaginan esa noche. Ella dejó ese trabajo en el local de lencería
que le consumía las mejores horas de sus veinte años. Él, vendió su guitarra,
renunció el reparto de diarios y se despidió de sus amigos. El futuro, por fin,
es hoy.
La cama, prólogo de pasiones, está deshecha. Ella evita el espejo. Él deja las medias debajo el cochón para más
tarde –después del amor, le da frío- se acuesta y por fin, la mira. Ella
suspira e improvisa una sonrisa cómplice un poco forzada.
Él la ayuda a cargar la mochila en su espalda y agarra la
suya con destreza. Se toman de la mano y empiezan a caminar los primeros
minutos de un sueño tejido a pulmón. Sonríen. Se abrazan. Hablan a la vez, se
pisan y vuelven a reír. Felices, como niños desenvolviendo regalos, se
descubren las intenciones.
Ella, por fin, se acuesta. Él le apoya la mano en el vientre
–detesta que haga eso, delata sus rollos- y la pellizca un poco. Se fastidia y
se pone de costado. Él la atrae hacia sí. Sabe lo que vendrá. Diez, quince
minutos de arrumacos cansados y por fin, lo vence el sueño. Ella se
queda despierta, revolviendo recuerdos.
Caminan hasta la estación de tren, rumbo al norte. Se sientan en un banco, aún es temprano y el
sol, apenas está despuntando. No durmieron en toda la noche. Un vendedor de
flores, les interrumpe el idilio. Él
compra un ramo de aromas en colores y le hace cosquillas en la nariz. Ella
saca un papel del bolsillo con el trayecto garabateado en lápiz: Rosario,
Tucumán, Salta y después La Paz. Piensan
trepar bien alto en el mapa. El tiempo es infinito y eterno. Ella saca una flor
del ramo y la guarda, dentro de su diario “para recordar cuando sean viejitos”.
Son las 6 de la mañana. Él todavía duerme. Tantos años y aún
no se acostumbra a sus ronquidos. De todas maneras, es hora de levantarse. Esta
mañana tiene que ir a hacer un trámite y necesita su libreta cívica. Se
levanta, y va al cuarto de “los chicos”.
Hace 16 años que Rodrigo, el menor, se fue de casa. Pero
ese siempre, seguirá siendo el cuarto de los chicos. Si hasta el empapelado de
barcos y los posters de Boca, están allí.
Como una autómata, se dirige al primer cajón. Lo abre, saca una pila de papeles
y los pone sobre el escritorio. Algo en el medio los desequilibra, se caen
hacia un costado y queda al descubierto un diario. Ella se queda un instante inmóvil. Sus ojos se
humedecen un poco. Sin pensar demasiado, lo abre. Una flor seca, cae al piso.
Con dulzura, la levanta, la huele profundamente, la besa y la vuelve a dejar en
su lugar.
Sol
02/06/13
lunes, 3 de junio de 2013
Cita a ciegas, by Mery
Su charla, su compañía, nada, una mezcla de inutilidades y disparates que podían alargarse horas, un encaje de palabras tan finas que solo contenían vacios, estas cosas pensaba sentada frente a él y seguía divagando en mis pensamientos imaginando en el viaje que haría ese fin de semana mientras el mantenía un monólogo.
Porque había aceptado esa cita a ciegas que mi querida amiga Ana insistió en generar?. Aún no lo sé, creo que lo hice para que no siguiese insistiendo con lo mismo diciendo –Dale es un tipo para vos- ese es el momento en que una mujer debería declarase con gripe A y en cuarentena. No, no es el tipo para mi, es el tipo que tus amigas creen que es para vos, y están a diez mil kilómetros de distancia de lo que vos queres. A esa frase, la rematan con un -es bueno-, y si.., pensas -es bueno porque no mató a nadie-.
En esos pensamientos discurría mi cabecita mientras que mi rostro mostraba una sonrisa interesada cuando me di cuenta que se había hecho un silencio, no sabía desde cuando él había dejado de hablar. Me preguntó ¿y vos que pensás de eso?, le mostré una sonrisa mas grande, tome la copa de vino y me la lleve a la boca para tener el tiempo necesario de pensar en algo, rápido, velozmente, que le digo? Ya se!! –y vos porque crees que es así?, - le pregunté con la mirada fija en sus ojos mostrándome muy interesada en sus disquisiciones.
No termine de pronunciar la pregunta que le sonó el celular, gracias a los dioses del Olimpo, pensé, se olvidará del tema en el que estaba tan interesado y del que no escuché una sola palabra en cuanto vuelva a sentarse a la mesa. Y si, ni que fuera bruja, cuando se sentó comenzó con otro discurso al que traté de prestar atención, pero fue difícil. Mientras hablaba, y hablaba, cada tanto largaba un –entendiste?- y continuaba sin esperar ninguna respuesta.
En el que supuse era el último, -¿entendiste?- , hice lo que siempre quise hacer con los que te hacen esa odiosa pregunta, le contesté – la verdad? No entendí nada de lo que me dijiste- y sonrió mirándome como si delante tuviese la rubia tarada, que entre paréntesis ya entendí, la rubia, no es tan tarada..
sábado, 1 de junio de 2013
Viaje de egresados, by Sol
Su charla se componía
de casi nada, una mezcla de inutilidades y disparates que podían alargarse
horas, un encaje de palabras tan fino que solo contenía vacíos.
Y justo a mí, me había tocado la desdicha, de tenerla como
compañera de cuarto, en el viaje de egresados de nuestros hijos.
Desde hacía un año atrás, cuando supimos quienes íbamos a ser
los padres acompañantes, yo venía tejiendo excusas para zafar de su compañía.
Seis madres fuimos las “afortunadas”, y sabíamos, de antemano, que habría tres
cuartos de dos.
Con diversos pretextos, invité meses antes a las otras
madres a casa, por separado, para conocernos mejor y llegado el momento, que el
pacto tácito, no fuera tan obvio… nada de eso dio resultado.
Llegó el día. Tenía planeado hasta el asiento del micro en
el cual iba a sentarme. Llegué bien temprano al colegio, para poder elegir ubicación.
Como nuestros hijos no se ponían de
acuerdo en cómo sentarse, el coordinador no tuvo mejor idea que proponer que las
madres nos ordenáramos alfabéticamente,
para dar el ejemplo.
Mi apellido es Zapata, y el de ella, Valle. Adiós planificación. Treinta horas, lo que
dura el viaje de Buenos Aires a Bariloche escuchando a Roxana hablar cosas sin
sentido.
Treinta horas, en las que mi mente se entretuvo pensando mil
formas sutiles de deshacerme de ella: envenenarla con el bidón de nafta que
había visto guardar al chofer en el buche de las valijas, con el laxante que
guardaba en mi cartera; incendiarle ese pelo queratínico con el zipo que abría y cerraba una y otra
vez de manera maníaca, tajearla con el cuchillo de plástico que nos habían dado
en el almuerzo, y después, cuando todos durmieran (TODOS dormían menos ella!)
dejarla encerrada en el baño de alguna de las paradas obligadas que hicimos en
el camino, amordazándola con la horrible chalina que llevaba puesta… en fin.
Inventé en esas horas tantas maneras horribles de matarla,
que temí convertirme en una asesina serial. Por supuesto, ella no se había percatado de
nada. Cuando volví a prestarle atención, seguía tan entusiasmada hablando
sinsentidos como cuando arrancamos. Era como una mala novela de la tarde.
Faltando 2 km para
destino, supuse que tenía al fin, el cielo ganado. Bajé corriendo del micro,
aduciendo ganas incontenibles de ir al baño del hotel y tardé menos de diez
segundos en entrar y salir para pararme firme, en el mostrador y “cazar” la
primera madre que se acercara para que sea mi compañera de cuarto.
Unos minutos después, entraron las demás. Alborozada, emocionada,
agradecida, casi en un ataque de histeria, como si fuera yo la egresada, las
abracé y besé, una por una. Me miraron un poco raro, debo admitirlo.
Pero antes que
pudiera emitir palabra, Amanda me ataja: “Ay Marta, estábamos conversando con “las chicas”, que suerte que te llevás tan
bien con Roxana, recién, nos pidió especialmente a todas estar en el cuarto con
vos… la verdad, es que, nos da un poco de vergüenza admitirlo, porque ya somos
gente grande, pero ninguna de nosotras
la soporta… tenés una paciencia de oro y no sabés el peso que nos sacás de
encima!”
Quedé pasmada. No podía soportar semejante tragedia con la
misma sonrisa estúpida con la que intenté disimular mis pensamientos las
últimas horas… diez días! DIEZ DÍAS CON
ESA MÁQUINA INFERNAL DEL HABLA AL LADO! Cualquier cosa, pero realmente
cualquier cosa era mejor que eso. Cinco
minutos, tardó mi entrenado cerebro
maquiavélico en reaccionar. Corrí aduciendo que había olvidado mi billetera en
el micro, a sabiendas que el hielo de la vereda podría hacerme resbalar. No me
importó. Es más, resbalé a propósito, con tan buena suerte que me esguincé.
Fue un recurso desesperado, irracional, un maltrato hacia mí
misma que preferí, antes de pasar una semana con esa cotorra enqueratinada en
un mismo cuarto.
Nadie entendió de mi risa
descontrolada, mi alegría incontenible y la aceptación inmediata cuando un par
de horas después, el traumatólogo indicó que el seguro médico, había autorizado
un vuelo inmediato, de regreso a casa.
Llegué al aeropuerto en
ambulancia. Hasta el ruido de la sirena me pareció una sinfonía de Beethoven .
No recordaba estar tan dolorida y feliz, desde el día que nació Leo. Leo!
Mi chiquito, confieso que me dio algo de culpa dejarlo en manos de esa
“cosa”. Pero bueno, tenía a sus compañeros y las otras madres. En diez minutos, él estaría disfrutando su
viaje y yo, en el avión.
La azafata me ayudó a acomodarme
en el asiento. Lo único que quería, era dormir. Cerré los ojos casi de
inmediato y entonces… sentí esa voz
chillona familiar… familiar dije? Naaa,
debía ser una pesadilla. Si, si, era eso.
Tranquilizate Marta –pensé para mis adentros- no puede ser, estás a
salvo. Estás obsesionada…
Alguien se sentó al lado mío,
parloteando como… como… Roxana!
¡Marta! Martitaaaaa!!!! Ay
querida, ni bien me enteré, le dije al médico que de ninguna manera iba a
permitir que te mandaran de vuelta sola! Viste que siempre el seguro médico
paga un acompañante. Pero querida, no te pongas así, vos harías lo mismo por
mi… o no?
Nooooooooooooooooooooo! Grité
con todas mis fuerzas y algo se estrelló contra el piso. Abrí los ojos y todo
estaba oscuro. Solo escuchaba los latidos de mi corazón. Estaba empapada.
De golpe, se abre la puerta. Era
Leo.
Mamá estás bien? Acaba de llamar
Roxana, la mamá de Juan que nos están esperando en el colegio. Nos quedamos
dormidos!
Sol
27/05/2013
Sol
27/05/2013
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