sábado, 1 de junio de 2013

Viaje de egresados, by Sol

Su charla se componía de casi nada, una mezcla de inutilidades y disparates que podían alargarse horas, un encaje de palabras tan fino que solo contenía vacíos.

Y justo a mí, me había tocado la desdicha, de tenerla como compañera de cuarto, en el viaje de egresados de nuestros hijos.

Desde hacía un año atrás, cuando supimos quienes íbamos a ser los padres acompañantes, yo venía tejiendo excusas para zafar de su compañía. Seis madres fuimos las “afortunadas”, y sabíamos, de antemano, que habría tres cuartos de dos.

Con diversos pretextos, invité meses antes a las otras madres a casa, por separado, para conocernos mejor y llegado el momento, que el pacto tácito, no fuera tan obvio… nada de eso dio resultado.

Llegó el día. Tenía planeado hasta el asiento del micro en el cual iba a sentarme. Llegué bien temprano al colegio, para poder elegir ubicación.  Como nuestros hijos no se ponían de acuerdo en cómo sentarse, el coordinador no tuvo mejor idea que proponer que las madres  nos ordenáramos alfabéticamente, para dar el ejemplo.

Mi apellido es Zapata, y el de ella, Valle.  Adiós planificación. Treinta horas, lo que dura el viaje de Buenos Aires a Bariloche escuchando a Roxana hablar cosas sin sentido.  

Treinta horas, en las que mi mente se entretuvo pensando mil formas sutiles de deshacerme de ella: envenenarla con el bidón de nafta que había visto guardar al chofer en el buche de las valijas, con el laxante que guardaba en mi cartera; incendiarle ese pelo queratínico  con el zipo que abría y cerraba una y otra vez de manera maníaca, tajearla con el cuchillo de plástico que nos habían dado en el almuerzo, y después, cuando todos durmieran (TODOS dormían menos ella!) dejarla encerrada en el baño de alguna de las paradas obligadas que hicimos en el camino, amordazándola con la horrible chalina que llevaba puesta… en fin.

Inventé en esas horas tantas maneras horribles de matarla, que temí convertirme en una asesina serial.  Por supuesto, ella no se había percatado de nada. Cuando volví a prestarle atención, seguía tan entusiasmada hablando sinsentidos como cuando arrancamos. Era como una mala novela de la tarde.  

Faltando  2 km para destino, supuse que tenía al fin, el cielo ganado. Bajé corriendo del micro, aduciendo ganas incontenibles de ir al baño del hotel y tardé menos de diez segundos en entrar y salir para pararme firme, en el mostrador y “cazar” la primera madre que se acercara para que sea mi compañera de cuarto.

Unos minutos después, entraron las demás. Alborozada, emocionada, agradecida, casi en un ataque de histeria, como si fuera yo la egresada, las abracé y besé, una por una. Me miraron un poco raro, debo admitirlo.

Pero antes  que pudiera emitir palabra, Amanda me ataja:  “Ay Marta, estábamos conversando con  “las chicas”, que suerte que te llevás tan bien con Roxana, recién, nos pidió especialmente a todas estar en el cuarto con vos… la verdad, es que, nos da un poco de vergüenza admitirlo, porque ya somos gente grande, pero  ninguna de nosotras la soporta… tenés una paciencia de oro y no sabés el peso que nos sacás de encima!”

Quedé pasmada. No podía soportar semejante tragedia con la misma sonrisa estúpida con la que intenté disimular mis pensamientos las últimas horas… diez días!  DIEZ DÍAS CON ESA MÁQUINA INFERNAL DEL HABLA AL LADO! Cualquier cosa, pero realmente cualquier cosa era mejor que eso.  Cinco minutos, tardó mi  entrenado cerebro maquiavélico en reaccionar. Corrí aduciendo que había olvidado mi billetera en el micro, a sabiendas que el hielo de la vereda podría hacerme resbalar. No me importó. Es más, resbalé a propósito, con tan buena suerte que me esguincé.

Fue un recurso desesperado, irracional, un maltrato hacia mí misma que preferí, antes de pasar una semana con esa cotorra enqueratinada en un mismo cuarto.

Nadie entendió de mi risa descontrolada, mi alegría incontenible y la aceptación inmediata cuando un par de horas después, el traumatólogo indicó que el seguro médico, había autorizado un vuelo inmediato, de regreso a casa.

Llegué al aeropuerto en ambulancia. Hasta el ruido de la sirena me pareció una sinfonía de Beethoven . No recordaba estar tan dolorida y feliz, desde el día que nació Leo.  Leo!  Mi chiquito, confieso que me dio algo de culpa dejarlo en manos de esa “cosa”. Pero bueno, tenía a sus compañeros y las otras madres.  En diez minutos, él estaría disfrutando su viaje y yo, en el avión.

La azafata me ayudó a acomodarme en el asiento. Lo único que quería, era dormir. Cerré los ojos casi de inmediato y entonces…  sentí esa voz chillona familiar… familiar dije?  Naaa, debía ser una pesadilla. Si, si, era eso.  Tranquilizate Marta –pensé para mis adentros- no puede ser, estás a salvo. Estás obsesionada…
Alguien se sentó al lado mío, parloteando como… como…  Roxana!

¡Marta! Martitaaaaa!!!! Ay querida, ni bien me enteré, le dije al médico que de ninguna manera iba a permitir que te mandaran de vuelta sola! Viste que siempre el seguro médico paga un acompañante. Pero querida, no te pongas así, vos harías lo mismo por mi… o no?

Nooooooooooooooooooooo! Grité con todas mis fuerzas y algo se estrelló contra el piso. Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Solo escuchaba los latidos de mi corazón. Estaba empapada.
De golpe, se abre la puerta. Era Leo.

Mamá estás bien? Acaba de llamar Roxana, la mamá de Juan que nos están esperando en el colegio. Nos quedamos dormidos!

Sol
27/05/2013

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Puedes dejar aqui tu comentario