Y justo a mí, me había tocado la desdicha, de tenerla como
compañera de cuarto, en el viaje de egresados de nuestros hijos.
Desde hacía un año atrás, cuando supimos quienes íbamos a ser
los padres acompañantes, yo venía tejiendo excusas para zafar de su compañía.
Seis madres fuimos las “afortunadas”, y sabíamos, de antemano, que habría tres
cuartos de dos.
Con diversos pretextos, invité meses antes a las otras
madres a casa, por separado, para conocernos mejor y llegado el momento, que el
pacto tácito, no fuera tan obvio… nada de eso dio resultado.
Llegó el día. Tenía planeado hasta el asiento del micro en
el cual iba a sentarme. Llegué bien temprano al colegio, para poder elegir ubicación.
Como nuestros hijos no se ponían de
acuerdo en cómo sentarse, el coordinador no tuvo mejor idea que proponer que las
madres nos ordenáramos alfabéticamente,
para dar el ejemplo.
Mi apellido es Zapata, y el de ella, Valle. Adiós planificación. Treinta horas, lo que
dura el viaje de Buenos Aires a Bariloche escuchando a Roxana hablar cosas sin
sentido.
Treinta horas, en las que mi mente se entretuvo pensando mil
formas sutiles de deshacerme de ella: envenenarla con el bidón de nafta que
había visto guardar al chofer en el buche de las valijas, con el laxante que
guardaba en mi cartera; incendiarle ese pelo queratínico con el zipo que abría y cerraba una y otra
vez de manera maníaca, tajearla con el cuchillo de plástico que nos habían dado
en el almuerzo, y después, cuando todos durmieran (TODOS dormían menos ella!)
dejarla encerrada en el baño de alguna de las paradas obligadas que hicimos en
el camino, amordazándola con la horrible chalina que llevaba puesta… en fin.
Inventé en esas horas tantas maneras horribles de matarla,
que temí convertirme en una asesina serial. Por supuesto, ella no se había percatado de
nada. Cuando volví a prestarle atención, seguía tan entusiasmada hablando
sinsentidos como cuando arrancamos. Era como una mala novela de la tarde.
Faltando 2 km para
destino, supuse que tenía al fin, el cielo ganado. Bajé corriendo del micro,
aduciendo ganas incontenibles de ir al baño del hotel y tardé menos de diez
segundos en entrar y salir para pararme firme, en el mostrador y “cazar” la
primera madre que se acercara para que sea mi compañera de cuarto.
Unos minutos después, entraron las demás. Alborozada, emocionada,
agradecida, casi en un ataque de histeria, como si fuera yo la egresada, las
abracé y besé, una por una. Me miraron un poco raro, debo admitirlo.
Pero antes que
pudiera emitir palabra, Amanda me ataja: “Ay Marta, estábamos conversando con “las chicas”, que suerte que te llevás tan
bien con Roxana, recién, nos pidió especialmente a todas estar en el cuarto con
vos… la verdad, es que, nos da un poco de vergüenza admitirlo, porque ya somos
gente grande, pero ninguna de nosotras
la soporta… tenés una paciencia de oro y no sabés el peso que nos sacás de
encima!”
Quedé pasmada. No podía soportar semejante tragedia con la
misma sonrisa estúpida con la que intenté disimular mis pensamientos las
últimas horas… diez días! DIEZ DÍAS CON
ESA MÁQUINA INFERNAL DEL HABLA AL LADO! Cualquier cosa, pero realmente
cualquier cosa era mejor que eso. Cinco
minutos, tardó mi entrenado cerebro
maquiavélico en reaccionar. Corrí aduciendo que había olvidado mi billetera en
el micro, a sabiendas que el hielo de la vereda podría hacerme resbalar. No me
importó. Es más, resbalé a propósito, con tan buena suerte que me esguincé.
Fue un recurso desesperado, irracional, un maltrato hacia mí
misma que preferí, antes de pasar una semana con esa cotorra enqueratinada en
un mismo cuarto.
Nadie entendió de mi risa
descontrolada, mi alegría incontenible y la aceptación inmediata cuando un par
de horas después, el traumatólogo indicó que el seguro médico, había autorizado
un vuelo inmediato, de regreso a casa.
Llegué al aeropuerto en
ambulancia. Hasta el ruido de la sirena me pareció una sinfonía de Beethoven .
No recordaba estar tan dolorida y feliz, desde el día que nació Leo. Leo!
Mi chiquito, confieso que me dio algo de culpa dejarlo en manos de esa
“cosa”. Pero bueno, tenía a sus compañeros y las otras madres. En diez minutos, él estaría disfrutando su
viaje y yo, en el avión.
La azafata me ayudó a acomodarme
en el asiento. Lo único que quería, era dormir. Cerré los ojos casi de
inmediato y entonces… sentí esa voz
chillona familiar… familiar dije? Naaa,
debía ser una pesadilla. Si, si, era eso.
Tranquilizate Marta –pensé para mis adentros- no puede ser, estás a
salvo. Estás obsesionada…
Alguien se sentó al lado mío,
parloteando como… como… Roxana!
¡Marta! Martitaaaaa!!!! Ay
querida, ni bien me enteré, le dije al médico que de ninguna manera iba a
permitir que te mandaran de vuelta sola! Viste que siempre el seguro médico
paga un acompañante. Pero querida, no te pongas así, vos harías lo mismo por
mi… o no?
Nooooooooooooooooooooo! Grité
con todas mis fuerzas y algo se estrelló contra el piso. Abrí los ojos y todo
estaba oscuro. Solo escuchaba los latidos de mi corazón. Estaba empapada.
De golpe, se abre la puerta. Era
Leo.
Mamá estás bien? Acaba de llamar
Roxana, la mamá de Juan que nos están esperando en el colegio. Nos quedamos
dormidos!
Sol
27/05/2013
Sol
27/05/2013
No hay comentarios :
Publicar un comentario
Puedes dejar aqui tu comentario