Se enciende una luz: un hombre y una mujer llegan a su casa.
Él se frota las manos: está contento, ella lo mira y da vuelta la cara. Se
desnudan sin mirarse. Ella tiene los pechos fláccidos. Él se palpa el vientre
gordo. Viejos gladiadores.
Hace mucho que imaginan esa noche. Ella dejó ese trabajo en el local de lencería
que le consumía las mejores horas de sus veinte años. Él, vendió su guitarra,
renunció el reparto de diarios y se despidió de sus amigos. El futuro, por fin,
es hoy.
La cama, prólogo de pasiones, está deshecha. Ella evita el espejo. Él deja las medias debajo el cochón para más
tarde –después del amor, le da frío- se acuesta y por fin, la mira. Ella
suspira e improvisa una sonrisa cómplice un poco forzada.
Él la ayuda a cargar la mochila en su espalda y agarra la
suya con destreza. Se toman de la mano y empiezan a caminar los primeros
minutos de un sueño tejido a pulmón. Sonríen. Se abrazan. Hablan a la vez, se
pisan y vuelven a reír. Felices, como niños desenvolviendo regalos, se
descubren las intenciones.
Ella, por fin, se acuesta. Él le apoya la mano en el vientre
–detesta que haga eso, delata sus rollos- y la pellizca un poco. Se fastidia y
se pone de costado. Él la atrae hacia sí. Sabe lo que vendrá. Diez, quince
minutos de arrumacos cansados y por fin, lo vence el sueño. Ella se
queda despierta, revolviendo recuerdos.
Caminan hasta la estación de tren, rumbo al norte. Se sientan en un banco, aún es temprano y el
sol, apenas está despuntando. No durmieron en toda la noche. Un vendedor de
flores, les interrumpe el idilio. Él
compra un ramo de aromas en colores y le hace cosquillas en la nariz. Ella
saca un papel del bolsillo con el trayecto garabateado en lápiz: Rosario,
Tucumán, Salta y después La Paz. Piensan
trepar bien alto en el mapa. El tiempo es infinito y eterno. Ella saca una flor
del ramo y la guarda, dentro de su diario “para recordar cuando sean viejitos”.
Son las 6 de la mañana. Él todavía duerme. Tantos años y aún
no se acostumbra a sus ronquidos. De todas maneras, es hora de levantarse. Esta
mañana tiene que ir a hacer un trámite y necesita su libreta cívica. Se
levanta, y va al cuarto de “los chicos”.
Hace 16 años que Rodrigo, el menor, se fue de casa. Pero
ese siempre, seguirá siendo el cuarto de los chicos. Si hasta el empapelado de
barcos y los posters de Boca, están allí.
Como una autómata, se dirige al primer cajón. Lo abre, saca una pila de papeles
y los pone sobre el escritorio. Algo en el medio los desequilibra, se caen
hacia un costado y queda al descubierto un diario. Ella se queda un instante inmóvil. Sus ojos se
humedecen un poco. Sin pensar demasiado, lo abre. Una flor seca, cae al piso.
Con dulzura, la levanta, la huele profundamente, la besa y la vuelve a dejar en
su lugar.
Sol
02/06/13
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