Se llamaba Haydee, le decían la Gardela.
Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora. Se había comprado un vestido, el otro estaba tan gastado que era transparente, lustro los viejos zapatos con tacón muy alto, que habían pasado varias veces por el zapatero para que arreglara las marcas del tiempo.
El estaba acostado en el viejo camastro de su pieza en el conventillo, miraba el techo tratando de dormir agotado del dia e la fabrica limpiando los pisos y cargando bolsas, al menos la changa de ese día le había dado para comer a la noche un sanguche de milanesa completa y desayunar un mate cocido con pan a la madrugada siguiente antes del entrenamiento.
Esa noche ella cantaba en el viejo burdel de la Boca donde los jueves a la noche concurrían los niños bien. Dejaban buenas propinas, borrachos de alcohol, cigarros caros y mujeres baratas, con los labios pintados de rojo brillante, zapatos con taco aguja, que escondían su pobreza tras grandes sonrisas y vestidos gastados con remiendos disimulados en largas y llamativas bufandas. Las noches de jueves eran las mejores se aseguraban la comida de una semana con la guita que le esquilmaban a la muchachada que buscaba nuevas experiencias que las señoritas de sociedad no se las darían y esas mujeres les hacían creer que eran los mejores.
Los vecinos de la pieza de al lado no lo dejaban dormir, como tantas noches se trenzaban en una pelea interminable y comenzaban a los gritos cuando él llegaba borracho y al intentar abrir la puerta tratando de meter la llave en la cerradura de la pieza despertaba a su mujer y al crio que dormía en un colchón tirado al lado de la cama.
Cuando el piano comenzaba a sonar se hacía silencio en el burdel, era el preludio a que ella empezara a cantar con esa voz de zorzala que cautivaba a los presentes haciendo vibrar las fibras recónditas de los duros corazones de mujeres cansadas de acariciar y sonreír , fingiendo pasión para satisfacer las necesidades de los demandantes clientes. A esas mujeres, que noche a noche vendían su cuerpo y su alma, cuando la Gardela cantaba se les llenaban los ojos de lágrimas y recordaban que tenían un corazón, que alguna vez habían amado.
Terminaron los gritos de reproches, el llanto del niño, ahora podría dormir, el reloj sonaría a las cinco y quedaba poco tiempo, debía que descansar para enfrentar el día siguiente. Toda su vida había sido siempre igual, mendigando un poco de comida porque su madre con el trabajo de sirvienta no llegaba a alimentar a los nueve hijos que tenía. Dormían todos juntos en una pieza que su madre mantenía limpia y brillante. Ahora tenía la oportunidad de salir de esa vida y no la iba a desperdiciar por nada.
Haydee esa noche cantaba en el burdel de la boca, cuando él ganara esa pelea la sacaría de esa vida que ella odiaba pero era la que le daba de comer, le compraría una casita donde vivirían juntos. Hacía cuatro años la había conocido en el club, ella cantaba, lo había cautivado con su voz, durante un mes iba al club todos los sábado para escucharla cantar, era la única noche de la semana que se acostaba tarde. La miraba desde lejos con las manos metidas en los bolsillos, embelesado se olvidaba de todo lo malo que le había pasado en la vida. El último sábado de mayo cuando bajo del escenario se animo a hablarle porque había juntado unos mangos con las changas de la semana y podría invitarla a tomar un café. Ella le aceptó el café, se sentaron en una mesa del club alejada del gentío que danzaba y comenzaron a hablar, conversaron toda la noche, el no le dijo que tenía que volver a su pieza, que necesitaba dormir para estar descansado para el entrenamiento del día siguiente, y ella no le dijo que tenía que volver al conventillo porque la esperaba su hijo de siete años que lo dejaba durmiendo solo.
Cuando se separaron quedaron en encontrarse el sábado siguiente, ambos ansiosos esperaban ese día de la semana, el hizo lo imposible para juntar unos pesos para pagarle el café, esa vez le permitió que la acompañara hasta el lugar donde vivía, asi fue durante varios sábados hasta que se animó a darle un beso, fue un beso cariñoso, tranquilo, ese beso de dos personas que se conocen mucho y hace tiempo, ese beso con un abrazo desesperado, él le apoyo la cabeza en su pecho y ella se quedo ahí como descansando del cansancio del día, de la semana, de la vida. Se sintió protegida, cuidada, el era un hombre fuerte, de músculos entrenados, con una mirada triste, esa tristeza que da la pobreza. Ella nunca había sentido tanta calidez como en ese abrazo, quería que nunca terminara y el sintió una emoción que no sentía desde niño.
Porque recordaba esa noche en particular hoy?, el recuerdo no lo dejaba dormir y las horas pasaban.
Ella esa noche no canto como con la calidez habitual, estaba distraída, sería porque cantaba por primera vez en ese burdel?. Estuvo todo el día pensando en lo mismo, después de la pelea de Andrés esa vida terminaría, podría estudiar canto, perfeccionarse y cantar en los mejores clubes de Buenos Aires, se irían a vivir juntos a una casita que ya habían visto. Faltaba un mes. Habían esperado tanto esa pelea. Durante esos años charlaron, soñaron, imaginaron, no tenían dudas que ganaría y eso le cambiaría la vida a los dos.
Termino de cantar, salió a la calle apurada, quería llegar al conventillo lo más rápido posible, había ganado buen dinero, los jóvenes de la sociedad dejaban buenas propinas y el dueño del burdel pagaba bien la noche. Faltaba poco para no volver a ese lugar. Caminaba sola por aquella calle oscura, la noche fue dura, lenta, sinuosa, agotadora, no se dio cuenta que la seguían, sólo sintió un golpe muy fuerte en la cabeza y un dolor en el costado derecho donde están las costillas, se derrumbó en piso con un golpe sordo, le arrancaron la cartera, sangraba, se arrastró como pudo tratando de volver al burdel.
El se entero el sábado de lo que había pasado cuando fue al club para escucharla cantar y después tomar un café, cuando entro escucho otra voz cantando, le extraño, le preguntó al cantinero por ella. Salió desesperado y comenzó a correr a buscarla, llegó al conventillo agotado, golpeó la puerta llamando a Haydee con gritos desgarradores. Nadie le respondió. Estaban todos fuera velando a la Gardela.