En ese entonces, San Justo era campo y los disgustos duraban
poco. Lo único predecible, eran los ocasos y los amaneceres. Los animales andaban por ahí y eran muchos. A
veces había luz, y a veces no.
Cierro los ojos y puedo oler la dama de noche en verano, que
florecía a borbotones después de las ocho, cuando la primera estrella le
guiñaba el ojo desde arriba.
Y si me concentro, puedo escuchar el arroyo que ahora corre
bajo el asfalto de la avenida.
Pero en esa época… ay! Se oía apenas en los días
lindos, pero cuando llovía… cuando llovía era una fiesta. No te miento si te
digo que rugía igual que una catarata. Cuando veíamos las nubes negras mi viejo
nos decía: prepárense. Ahí nomás, salíamos corriendo con mi hermano a buscar a
la vacas… las vacas son así, miedosas, igual que mi madre. Se atontan en las
emergencias. Así que íbamos con Azabache, un perro cuzco y ladrador que las
ponía en vereda
enseguida para guiarlas a la parte más alta del monte.
Vos no habías nacido. Y ya sé. Ni te importa lo que te estoy
contando.
Tampoco recordás que soy tu abuelo. Acabás de tirar todas las fotos
viejas que guardó mi hijo –tu viejo- en ese baúl durante tanto tiempo.
Removés recuerdos con la misma dejadez de quien barre un
basural. Soy un espíritu viejo, ya sé.
Viejo como esta casa que vas a demoler junto con mi memoria.
Esperá. Espera un poco. Antes, dejame
oler por última vez esa flor blanca, que brota ahí en esa herida abierta en la
pared… justo a la ocho.
Sol
18/03/2014
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