miércoles, 19 de marzo de 2014

El perfume - by Sol

En ese entonces, San Justo era campo y los disgustos duraban poco. Lo único predecible, eran los ocasos y los amaneceres.  Los animales andaban por ahí y eran muchos. A veces había luz, y a veces no.

Cierro los ojos y puedo oler la dama de noche en verano, que florecía a borbotones después de las ocho, cuando la primera estrella le guiñaba el ojo desde arriba.

Y si me concentro, puedo escuchar el arroyo que ahora corre bajo el asfalto de la avenida. 

Pero en esa época… ay! Se oía apenas en los días lindos, pero cuando llovía… cuando llovía era una fiesta. No te miento si te digo que rugía igual que una catarata. Cuando veíamos las nubes negras mi viejo nos decía: prepárense. Ahí nomás, salíamos corriendo con mi hermano a buscar a la vacas… las vacas son así, miedosas, igual que mi madre. Se atontan en las emergencias. Así que íbamos con Azabache, un perro cuzco y ladrador que las ponía en vereda
enseguida para guiarlas a la parte más alta del monte.

Vos no habías nacido. Y ya sé. Ni te importa lo que te estoy contando.

Tampoco recordás que soy tu abuelo. Acabás de tirar todas las fotos viejas que guardó mi hijo –tu viejo- en ese baúl durante tanto tiempo.

Removés recuerdos con la misma dejadez de quien barre un basural. Soy un espíritu viejo, ya sé.


Viejo como esta casa que vas a demoler junto con mi memoria.  

Esperá. Espera un poco. Antes, dejame oler por última vez esa flor blanca, que brota ahí en esa herida abierta en la pared… justo a la ocho. 



Sol
18/03/2014

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