Entonces Juana miró a su hombre que dormía, miró la cama que
compartían. Miró por decir así, a su vida, y pensó: lo estoy siguiendo como una
perra.
No siempre fue así. La foto enmarcada en la pared decía otra
cosa. Y en cada discusión, ella se refugiaba en ese instante atrapado en papel,
como si mirándola pudiera contagiarse de ese testigo mudo de que la felicidad
existe.
Nadie retrata la violencia y la cuelga en las paredes. La
mentira, en una casa, es necesaria. No así los espejos. Hace tiempo que los
guardó en el placard como trapos arrugados. Ella también… ella también estaba
arrugada. Lo sentía cuando se secaba las lágrimas con las manos y las muy putas
se escabullían por las grietas donde se acumula el rimmel.
La maleta olía a rancio. Se dio cuenta cuando esa mañana la
sacó a ventilar. Nico ni se molestó en preguntar que hacía aquel armatoste
abierto en el patio. Tampoco preguntó cuando vio la ropa apilada y prolija
arriba la cama. Solo la hizo a un lado para acostarse.
Solo un hueco blanco en la pared, perfectamente dibujado
justo debajo de un clavo desnudo y gris.
Sol
18/03/2014
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