martes, 18 de marzo de 2014

Fotografía (by Sol)

Entonces Juana miró a su hombre que dormía, miró la cama que compartían. Miró por decir así, a su vida, y pensó: lo estoy siguiendo como una perra.

No siempre fue así. La foto enmarcada en la pared decía otra cosa. Y en cada discusión, ella se refugiaba en ese instante atrapado en papel, como si mirándola pudiera contagiarse de ese testigo mudo de que la felicidad existe.

Nadie retrata la violencia y la cuelga en las paredes. La mentira, en una casa, es necesaria. No así los espejos. Hace tiempo que los guardó en el placard como trapos arrugados. Ella también… ella también estaba arrugada. Lo sentía cuando se secaba las lágrimas con las manos y las muy putas se escabullían por las grietas donde se acumula el rimmel.

La maleta olía a rancio. Se dio cuenta cuando esa mañana la sacó a ventilar. Nico ni se molestó en preguntar que hacía aquel armatoste abierto en el patio. Tampoco preguntó cuando vio la ropa apilada y prolija arriba la cama. Solo la hizo a un lado para acostarse. 

Los perros no avisan cuando se van. Asi que ni siquiera, le dejó una carta.


Solo un hueco blanco en la pared, perfectamente dibujado justo debajo de un clavo desnudo y gris.



Sol
18/03/2014

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