“Soy una mujer sin problemas. Todos lo saben. Y entonces, buscan mi compañía para charlar por las noches.”
Cortinas de terciopelo bordeaux, como un telón. Luz tenue, sutil, aquella que abraza y esconde nuestras imperfecciones. Ceniceros llenos de eso. Hay una cama, pero bien podría ser un diván. Y yo espero ahí, tirada, con una pose ya automática: las piernas cruzadas, mi cabeza- aturdida de tantas confesiones- descansando sobre mi mano.
Entran, salen, entran, salen. Gordos, viejos, petizos, pelados. Ricos, pobres. Desesperados, todos. Siempre se cae en lo mismo. No buscan pasión; saben que acá el amor no está, que los eludirá. Todo pasa muy rápido: es un trámite para los dos. Y, es que quieren llegar con ansias a ese momento donde ya no hay misterios y entonces, pueden hablar. Vomitar lo que está escondido en su laberinto mental. Soledad. Frío. Infelicidad. Soledad. Desempleo. Soledad. Amigos que no contestan, familiares hipócritas, amores que no supieron ser. Soledad.
Yo escucho, pero no aconsejo; no necesitan más. Les doy ese espacio donde pueden, al menos por un rato, tranquilizar aquel grito desesperado.
Nadie me pregunta cómo estoy, cuáles son mis problemas. La realidad es que nadie quiere indagar en la soledad en la que está inmersa una puta.
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