lunes, 21 de octubre de 2013

Leon Arellano - By Cloe

León Arellano se sentía el dueño del mundo, el más gigante, él
"elegido", si bien no era religioso. Era el líder indiscutido de lo
que denominaba su imperio: una casa modesta, los caballos, las vacas,
y su hijo. Su mujer había muerto hace unos años y su recuerdo no había
tardado en marchitarse junto a ella. Será que su corazón, el de León
digo, enfrío repentinamente, pues para su hijo ella era un refugio
para tanto dolor. Jaime vivía en la penumbra, detrás de los telones,
asegurándose de que todo estuviese impecable. Y aunque todos sabían
que él era el artífice de tanta maravilla, pues el campo se mantenIa
estupendamente,  todos hacían ojos ciegos y elogiaban a León, quien
solo sabía usar sus palabras en pos de un mando
déspota.
Supongo yo que todos eran muy sumisos.  O le tenían miedo: de aquellos que
paralizan, que logran que uno asiente la cabeza automáticamente ante
cualquier decisión. Mi padre decía: "la ignorancia es como la anestesia; solo nos duerme
momentáneamente".
Y fue así como todos se movieron hacia el costado y dejaron que León
tomara de a poco el control total del pueblo. Comenzó a codearse cn
los de más arriba, y eventualmente logró que los desplazaran uno por
uno. Y así, bàsicamente se autodenominó alcalde.  No le gustaba el
título de rey; sentía que era anticuado, y al no tener una reina,
pensaba que todo iba a ser un gran circo. Pero mansión no le faltaba, y
dinero menos.  Los impuestos crecían y nosotros, nada.  Se estableció
un absurdo toque de queda, pero nadie se quejó.  Recordaban allá, hace
setenta años cuando un borracho le mató la mitad del ganado a una familia,
y bueno, aquel recuerdo lejano los convencía.  También
estableció que debíamos entregar un 20% más de nuestra producción.
Nuevamente, mutis por el foro. Era León un líder impulsivo, violento, quien no pensaba en la manada.
Hacía grandes promesas que eran de aire.  Ya nadie las creía, pero
tampoco se esforzaban por reclamarlas.  Mi padre también me había
dicho tiempo atrás que desconfiara de alguien que tratara a su hijo
así, como si fuese un animal más.  Y recuerdo que también se lo había
comentado a quienes integraron la asamblea directiva, pero nadie le
prestó atención porque ellos, en el poder, tenían cosas más
importantes que hacer, aún más que restablecer la justicia.
Pero todos sabían la verdad, todos sabían que Jaime sufría muchísimo y que su bondad se había ido apagando hasta terminar preso del
anonimato, la inseguridad.
Pasaron tan solo unos cuantos meses, las estaciones se reprodujeron,
las agujas se marearon, y todo cambió. Las cosechas murieron, había
hambre, inseguridad, miedo.  Los animales eran huesudos y caminaban con
cuidado, temiendo hacer un paso en falso que terminara siendo fatal.
El pueblo había perdido su brillo, su inocencia, y las puertas de la
Asamblea se encontraban cerradas con un candado habitado por telas
arañas.
Todo había cambiado menos nosotros. Sumisos, miedosos, ignorantes. Y
así, la culpa caía más pesadamente sobre nosotros que sobre León.

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