miércoles, 29 de mayo de 2013

Pelotas de papel, by Sol

A mí, desde siempre, me gustaron los papelitos, las lapiceras y lápices, el olor de los cuadernos, las revistas de chistes, y mi papá estimulaba mis gustos.

Recuerdo que tenía que hacer un esfuerzo por ocultar mi alegría cada marzo, al comienzo de clases. A la mayoría de los niños, no les gusta el colegio, y yo no era la excepción. Pero comenzar, significaba también tener que ir a comprar útiles nuevos: un lápiz entero para gastar, con la punta bien filosa. Cuadernos llenos de hojas en blanco, de renglones definidos e inmaculados, libros de texto que al abrirlos, largaban ese aroma a tinta seca. Era un placer secreto, que solo compartía con mi padre.

Yo era un bicho raro y lo sabía, pero trataba por todos los medios, de ocultar mis preferencias. Ser diferente, nunca fue tarea sencilla. Mi padre, que intuía la vergüenza que sentía por mi adicción a la tinta y el papel, hacía todo lo posible por fortalecer la confianza en mí mismo. Nunca habíamos hablado del tema, pero él lo sabía. Lo supe poco después de los ocho.

No teníamos demasiado dinero. Nuestra casa era sencilla, en el pueblo de Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires. Mi hermano, dos años mayor y yo, dormíamos en el mismo cuarto. A Esteban, le encantaba el fútbol y era el goleador del barrio. No es fácil tener un hermano crac. Además, ya sabía que el fútbol no era lo mío. Lo peor, era que los demás también lo habían notado.

Una de esas tardes, en que no logré tocar ni una vez la pelota, mis amigos votaron porque saliera del equipo. Volví a casa llorando de vergüenza y me refugié, como siempre, en las ramas del limonero del jardín para escribir mis desventuras en un diario.

Mi padre era carpintero y tenía un pequeño taller en el fondo de casa. Muy reservado y respetuoso, jamás nos obligó a aprender su oficio, ni hacía mención de las obvias diferencias futbolisticas que había entre mi hermano y yo. Ese día, me llamó para que fuera a su taller. Bajé del árbol, me limpié la nariz y las lágrimas con la manga del buzo, y entré. Él estaba lijando una mecedora. Mientras la limpiaba con una franela, me preguntó que me pasaba. Le dije que nunca más tocaría una pelota. Por un momento, creí que lo había decepcionado, pero no me importó. Jamás sería como mi hermano. Jamás. Él sonrió y me invitó a sentarme.

Con mucha calma y ceremonia, como quien honra a un santo ante un altar, sacó de uno de los estantes, una caja, prolijamente pintada. Dentro, había un montón de libros que yo nunca había visto.

Según me contó, una viejita a quien hacía muchos años iba a repararle las puertas y postigos que en invierno se le hinchaban con la humedad, insistió en regalarle toda su biblioteca, en compensación por su trabajo. “Nunca supe muy bien qué hacer con todos estos libros” dijo, señalando un montón de cajas pintadas apiladas prolijamente a un costado de los estantes de su taller de carpintero, “Pero cuando comenzaste a escribir ese diario, supe que había encontrado el destinatario correcto”.

Comenzó a acomodar los libros prolijamente, en lo que ahora me daba cuenta, era una biblioteca. Siempre me llamó la atención esas filas de estantes vacíos del taller de mi papá, pero nunca me hubiera imaginado que estaban esperando ser llenadas con libros.

Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne; El Banquete, de Platón; Las mil y una noches; El Aleph de Borges y hasta un ejemplar de Rayuela, de Cortázar iban dando color a los estantes. Yo estaba emocionado. Salvo en la biblioteca del pueblo, nunca había visto tantos libros juntos.

Desde ese día, cada tarde, mientras mi hermano se lucía jugando al fútbol, yo me sentaba en la mecedora y le leía en voz alta alguna historia a mi padre. Mi infancia, que hasta allí había sido una tortura, convirtió a cada día, en una aventura diferente.

Años después, le pregunté a mi padre por qué había esperado tanto tiempo en darme todo ese tesoro, si él ya sabía de mi pasión secreta. “Era necesario que vos solo te dieras cuenta, que no podías vivir bajo la sombra de tu hermano y que el fútbol, por más que fuera la pasión de todos los demás, no era la tuya. Renunciar es parte de crecer. Además, debía dejar que tu amor por tu propio talento se fortaleciera. Un talento no viene listo para usar. Es necesario trabajar en él, quitarle la maleza, cuidarlo, cultivarlo, verlo crecer y mientras tanto, disfrutar el camino.

Un hombre, debe tomar sus propias decisiones, porque si otros las toman por él, no será dueño de sus aciertos y seguro, encontrará culpables para sus fracasos. Y yo no quería que eso sucediera con vos.” 

Sol
26/05/2013

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